Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 12Seguridad emocional
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12Seguridad emocional

Seguridad emocional

Me observé en el enorme espejo de tres cuerpos que ocupaba buena parte de la pared y tuve que hacer un esfuerzo para reconocer a la mujer de delante.

La dependienta acababa de colocarme el último alfiler en la espalda y se había apartado unos pasos para contemplar el resultado junto a la madre de Gennaro, quien llevaba varios minutos con las manos entrelazadas sobre el pecho y una sonrisa tan emocionada que me hizo sentir todavía peor.

La boutique se encontraba en Prati, a escasos minutos de via Cola di Rienzo, y había sido ella quien insistió en que fuéramos allí.

Conocía a la dueña desde hacía años y yo me llevaba tan bien con ella que, después de varias pruebas, había terminado permitiéndole hacer lo que quisiera con el vestido.

Y había acertado. Era precioso.

Aunque mi mente estuviera muy lejos de allí. A tres días de distancia, más bien.

La tela blanca se ajustaba a mi cuerpo hasta las caderas antes de caer con suavidad hacia el suelo, sin demasiado volumen, como había pedido.

El escote dejaba los hombros al descubierto y las mangas de encaje se adherían a mis brazos con pequeñas transparencias que continuaban por parte del corpiño.

No llevaba pedrería exagerada ni adornos.

Era elegante, sencillo y bonito como para que cualquier mujer estuviera deseando que llegara el día de ponérselo.

Cualquier mujer menos yo.

—¿Me permites un segundo? —me solicitó la dependienta.

Asentí como una autómata.

—Oh, querida mía. Tienes unas ojeras tremendas. Voy a llamar a mi amiga para que rebaje esa profundidad —opinó Lucia, la madre de Gennaro—. ¿No estás durmiendo?

Me giré un poco para comprobar el perfil y la tela siguió el movimiento de mis piernas.

La dependienta dijo algo sobre ajustar unos centímetros de la cintura, la madre de Gennaro respondió que estaba perfecta y automáticamente olvidó lo que me había preguntado, más pendiente de que el vestido fuera excepcional que de mí.

Cogió una copa de champán de la mesa auxiliar y le dio un trago.

Mi seguridad emocional estaba tambaleándose tanto que temí volverme loca.

Hacía tres días que no conseguía escuchar a nadie.

Tres días desde San Luigi dei Francesi.

Bajé la mirada hacia mi reflejo y durante un instante dejé de ver el vestido.

Volví a sentir el frío de aquella iglesia, el olor a cera, la dureza del mármol bajo mis rodillas y aquella sensación insoportable de no reconocer las reacciones de mi propio cuerpo.

Había conseguido esconder la tarjeta. Había salido de allí.

Estaba viva. Eso era lo importante, ¿no?

Sin embargo, mi cabeza regresaba una y otra vez a todo lo demás.

A Valentino. A mí. Y a lo que aquello decía sobre la mujer que iba a casarse en dos semanas y poco.

—Beatrice...

Parpadeé. La madre de Gennaro me contemplaba a través del espejo.

—¿Qué?

—Te he preguntado si te gusta. —Movió la mano en dirección al vestido.

Volví a mirar a la mujer vestida de blanco que tenía delante. Iba a casarme con su hijo. Debería haber sido capaz de responder sin pensarlo. Sin pensar en la vergüenza que me carcomía cada vez que Gennaro me llamaba para preguntarme cómo estaba.

Encima daba gracias a que se encontraba en un operativo que lo mantenía ocupado desde hacía día y medio, y que por eso no se había presentado en Roma.

Mi estado era deplorable. Cardenales en un montón de sitios por los que mi cuerpo se había golpeado camino al altar, las rodillas moradas, la enorme herida que tenía en la espalda, y ya no sumábamos los dos primeros días con la garganta irritada y casi sin poder hablar del daño que me hacía y... , y...

—Sí. —Mentí, dibujando una sonrisa—. Me encanta.

Aprecié desde el cristal cómo la dependienta y mi futura suegra se miraban. Lucia sujetó la copa con más fuerza, la apretó contra la tela de su pecho y me contempló con dulzura. Con aquella sonrisa con la que te mira una madre orgullosa de su hija.

La que yo no merecía.

—Creo que necesitas unos minutos a solas con tu vestido. ¿A que sí?

La dependienta asintió a su comentario. Lucia pasó por mi lado, me dio un leve apretón en el brazo y se marchó de allí con la elegancia que la caracterizaba. Era hermosa, cuidada y delicada, aunque no se parecía en nada a Gennaro, por lo menos en apariencia.

Me giré de nuevo, sin verme. Los ojos me ardían. Las lágrimas apelotonadas me impedían distinguir mi reflejo. Me sentía... sucia.

Tragué saliva recordando más de lo que habría querido.

Cómo me había penetrado la boca. Cómo había tomado las riendas para no lastimarme.

Para hacerlo bien. La sujeté con las dos manos, sin dar abasto, y chupé y chupé mientras mis lágrimas caían silenciosas en su pantalón, aunque al mismo tiempo le dedicara unas lamidas que distaban mucho de mi disgusto al encontrarme así.

Pero se volvió un neurótico y comenzó con aquellas embestidas endiabladas, con su pistola incrustada en mi sexo, sin sacarla. Rememoré con precisión cómo me sujetó la cabeza con ambas manos, cómo me sacudió de arriba abajo como si fuera una simple tela.

Me ahogó. Y en medio del caos de martirizar mi garganta, me corrí con la pistola en mi interior y con el vaivén de su mano moviéndola.

Llevé una mano al vestido de novia, justo a la altura del vientre.

¿Cómo había podido ocurrirme aquello? ¡No tenía explicación!

O quizá sí la tenía y yo me negaba a buscarla.

Había pasado suficientes años rodeada de policías, médicos y víctimas para saber que el cuerpo podía reaccionar por su cuenta.

Que una respuesta física no siempre obedecía a lo que gritaba la cabeza.

Pero saberlo era una cosa. Aceptar que me hubiera ocurrido a mí era otra muy distinta.

Porque no había querido que sucediera. Y, aun así, mi cuerpo había reaccionado. Esa contradicción era la que me estaba destrozando.

Pero lo peor no fue eso. Lo más dañino fue que, después de esa primera vez, llegó otra más y quise que me matara allí mismo.

Traté de controlarla, de que no la notara; sin embargo, Valentino era un hombre experimentado y me demostró que conocía muy bien el cuerpo de una mujer. Dejó de presionarme la garganta, sacó la pistola de mi sexo y comenzó a masturbarme con sus dedos como un desquiciado.

No fui capaz de recriminarle ni una sola vez que se apartara de mí.

Ni una.

A continuación fue su boca la que se posó con ferocidad sobre mi abertura, la lamió de manera descarada, la mordió y la llevó al límite, hasta que me corrí por segunda vez, casi ahogándome en mi propio llanto miserable.

Se rio.

Lo hizo mientras me soltaba frases que no quería escuchar, pero que me ponían más mojada.

«Vas a ser mi putita, lupina». «Mira cómo te chorrea el coño, agente Costa».

Y eso lo único que provocó fue que la humedad fuera cada vez mayor.

Tras aquello, me separó, me clavó de rodillas en el suelo y únicamente se dedicó a observarme mientras se masturbaba, con una mano sujetándome el pelo.

No supe por qué no sentí dolor en el momento.

Aunque lo que más daño me hizo fue no poder apartar los ojos de su mirada verde endemoniada.

No me vi, pero imaginé mi rostro, lleno de rímel, mocos y saliva.

Y a él no le importó que estuviera al borde del colapso, porque ni siquiera me respondían las manos, laxas a ambos lados de mi cuerpo.

Cuando estuvo tan hinchado que supe que iba a correrse, me la metió de una simple embestida en la boca. Y me quedé hipnotizada por su mentón fuerte, apretado y contenido mientras bombeaba como un loco mi garganta.

Hasta que su miembro estalló en mi interior.

Y fui yo la que se tocó cuando llegué a casa para paliar la humedad incesante entre mis piernas. Era una desgraciada.

Cerré los ojos. Deseaba dejar de mirarme en el espejo, deseaba que todo se apagase por un momento para poner orden en mi cabeza.

No estaba devastada, estaba perdiendo mi estabilidad emocional, y yo era una tía fuerte que iba a ponerle solución.

Había comenzado un plan del que ahora no sabía salir victoriosa, del que no sabía cómo ganar.

Y encima me cuestionaba cosas que... ¿Cómo había podido dejarme llevar de aquella manera?

« Porque en realidad te gusta », me dijo mi bruja malvada, como llevaba haciendo tres días. Y no solo hablaba de la rudeza del sexo. Hablaba de Valentino Sabello en todo su esplendor . « No, por favor, no », le rogué . Ella se rio de mí .

Tras tragarme toda su esencia sin que cayera ni una gota, tal y como me había ordenado, me soltó a plomo, de nuevo como si no valiera nada, y salió de la iglesia sin mirar atrás.

Yo me quedé con las manos ancladas al suelo, ausente.

Intentando controlar el desajuste emocional de lo que había sucedido.

No me dio tiempo, porque el muy cabrón abrió las puertas para que los turistas entraran, y gran parte de los primeros me vieron en un estado deplorable.

Recogí mi chaquetón, abandonado en el banco, y recuperé del corredor el bolso, el móvil y la tarjeta SD. Todo eso amenazando al sacristán con meterle un paquete más grande que la iglesia por lo que había consentido. No se inmutó. Intuí que se sabía protegido por los Sabello y su poder.

Tuve que aunar todas las fuerzas posibles para lavarme en el primer aseo de una cafetería sin llamar demasiado la atención.

El sonido de las campanas de la entrada de la tienda me sacó de mis pensamientos recriminatorios y me devolvió a la realidad. Un vuelco en el estómago amenazó con otras náuseas peores que las que había tenido hacía solo tres días cuando oí:

— Buongiorno, signore 7 . ¿La agente Costa se encuentra aquí todavía?

No recobré el aliento. Tampoco las dos damas que había fuera, imaginé que por la magnitud del hombre que acababa de poner los pies en el local.

Me bajé de la tarima rauda, sostuve el vestido para no estamparme contra el suelo y ni siquiera lo pensé cuando abrí la cortina que me separaba de la sala principal de la tienda.