Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 11¿Crees en Dios? #3
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11¿Crees en Dios? #3

Tampoco noté la herida de la espalda, porque los golpes que fue propinándome según salíamos parecieron interminables.

Se encargó de ir tirando libros, estanterías, velas, candelabros...

, todo lo que pudiera golpearme y herirme.

Y yo ya no sabía si era más acertado cubrirme con las manos o intentar soltarme, pese a patalear como una energúmena.

No había movimiento que consiguiera que aquella manaza se apartara de mi pelo. No había nada que pudiera alcanzar para librarme de él, y ahí sí llegué a preguntarme si tantos años de entrenamiento habrían servido para algo, porque con él, desde luego que estaba todo sobrevalorado.

Iba a arrancarme la cabeza.

Pero aquello no fue lo peor.

Después de golpearme contra todo lo que encontró a su paso, llegamos al altar, me puso de rodillas y tiró de mi pelo hacia atrás para que lo contemplara. Era imponente. Le hacía sombra al mismísimo Señor, situado sobre su cabeza.

—No tendría que haber sido así, pero lo pides a gritos. —Sus ojos me atravesaron—. Espero que estés a la altura, o cuando venga la científica, será desagradable que se lo expliquen a tu prometido.

El hijo de su madre caminó con tranquilidad, se dejó caer en la sede del celebrante y me arrastró como si fuera su lastre. Me fallaron las fuerzas cuando se desabrochó el pantalón y sacó su enorme miembro.

—Valentino... —Fue una súplica y no me importó.

La cabeza me ardía, el pelo me dolía horrores y estaba tan mareada que pensé que iba a vomitar.

—Si sacas una puntuación inferior a ocho —hizo una pausa—, te vuelo el coño.

Dejé de respirar. ¿Qué había querido decir con eso?

Ni siquiera me dio tiempo a cuestionármelo ni a abrir la boca, porque tiró con una fuerza descomunal de mi cabeza, hizo que apoyara los pies en el suelo y me colocó delante de él.

Me sujetó de la cintura, me aplastó contra su pecho y me quedé a escasos milímetros de su boca.

La respiración se me cortó.

Mis ojos no parpadearon, fijos en los suyos.

Y entonces me giró como si fuera una muñeca de plástico y me puso bocabajo. ¿Qué estaba haciendo? El corazón se me fue hacia la garganta y las ganas de vomitar aumentaron.

« No, por favor, no ».

Apoyé las manos en sus rodillas al pensar que iba a caerme y casi me morí de la vergüenza al sentir que colocaba mis rodillas entre sus axilas para que mi sexo quedara completamente expuesto ante él en una postura demasiado comprometida. ¡Por Dios bendito!

—¡Bájame de aquí! ¡¡Valentino!! —le imploré, con las lágrimas asomando a mis ojos.

Noté el filo punzante entre mis piernas y me temí lo peor. ¿Iba a cortarme? Los ojos se me abrieron, elevé la cabeza lo justo para ver el frontal del altar y separarme de su enorme verga, la cual ya me taladraba la garganta por fuera. ¿Cómo podía ser tan tan... grande?

Rasgó mis medias con el cuchillo. También mis bragas.

Tragué saliva, histérica. Iba a vomitar.

Me revolví sin saber si el arma estaba lejos de allí, con las mejillas ardiendo y su falo golpeándome ahora en la barbilla cada vez que me movía. La situación era, cuanto menos, rocambolesca.

Y estábamos en una iglesia. Y de nuevo abusaba y me utilizaba a su antojo.

Y yo... y yo... «Estás mojada», me dijo la bruja mala. Dos lágrimas gruesas salieron despedidas de mis ojos cuando la imagen de Gennaro apareció en mi cabeza.

—¡¡Valentino!! —enfaticé su nombre notando que la sangre no me llegaba a la cabeza y que las fuerzas comenzaban a fallarme.

Entonces me detuve. De golpe y sin previo aviso. Lo hice cuando sentí algo gélido, redondo y duro entrar sin piedad en mi sexo. El aire se me cortó y creí que me moría de verdad. ¿Me estaba..., me había metido la...?, ¿de dónde había sacado su pistola?

—Mi putita chorrea.

Aquel tono... ¿Por qué usaba ese tono ronco? ¿Por qué yo estaba cachonda con esa situación? «¿Por qué, por qué, por qué?». Sollocé.

—Me estás violando... —susurré con congoja.

Lo más lastimoso de todo era que aquel sentimiento no era por el abuso.

En mi fuero interno me negaba a aceptar que era porque estaba empapada.

Que era porque mi boca salivaba como una verdadera zorra al ver su falo, al contemplar aquella cabeza rosada y dispuesta para que me la metiera hasta el fondo de la garganta.

Hasta que me ahogara de nuevo.

Hasta que se corriera en mi boca.

En un jodido lugar sagrado.

¿ Cómo podía tener esa mente tan sucia ? ¿ Esos pensamientos tan impuros ?

—Si te quejas, te disparo. Si no me la comes bien, te disparo. —Presionó la pistola dentro de mi sexo y no conseguí que el aire llegara a mis pulmones—. Si se te cae una gota, zorra —hizo una pausa—, te vuelo el coño.

Hundió el arma con precisión en mi interior. El movimiento del acero me provocó un escalofrío, me hizo cerrar los ojos y que... apretase los muslos por el placer que me ocasionó.

Lloré en silencio.

No fue por miedo, ni siquiera por encontrarme en aquella situación.

Valentino no dijo nada, no en ese momento, pues se encargó de sujetarme la cabeza con la mano libre, dirigirla hacia su erección y clavármela sin anestesia hasta la campanilla. No me advirtió. Para cuando llegó ese brusco movimiento, yo ya estaba preparada para su intromisión.

Ya la esperaba.

La... deseaba.