11¿Crees en Dios? #2
Busqué ayuda en los ojos del sacristán cuando pasó por el centro del pasillo. Miró hacia el suelo. Y las puertas de la calle se cerraron con un golpe seco, como si el último turista acabase de marcharse del sitio sagrado. ¿Cómo era posible que...?
Contuve el aire ante el desagradable escozor cuando sentí el filo clavarse más.
—Valentino... —Su nombre me salió como una súplica.
—No me gusta repetir las cosas. —No me atreví a respirar—. Siéntate.
Empujó más y me dio un escalofrío al pensar en el enorme boquete que iba a hacerme en la espalda. Miré el banco de mi derecha: el segundo de la primera fila.
No quedaba un alma en la iglesia.
Clavé mis ojos en la figura de Cristo crucificado intentando concentrarme en ella y no en la presión del cuchillo contra mi piel. «Dios, ayúdame», le pedí. Creyendo o rezando, quizá, todo lo que no había rezado en años.
—Podré sentarme cuando apartes eso de mí. —Apreté los dientes con intención de que notara mi furia.
Iba a matarlo. Si no lo hacía él, iba a matarlo yo con mis propias manos.
—Eso sería saltarte tus principios.
Me quedé en shock. ¿Tanto se me notaba? ¿Cómo podía saber lo que pensaba?
Me senté y reparé en el cuchillo. Oh, joder.
¿Cómo podía llevar aquel enorme cuchillo y pasar desapercibido?
Mis ojos se fueron a los suyos con asombro y, aunque estaba serio, contenía una sonrisa ante mi sorpresa. Le aparté la mirada con rapidez.
—¿Esto es para ti una conversación civilizada? —ironicé.
Se apoyó en el banco, con el cuchillo entre las manos.
—Dame tu arma.
—¿Qué me has hecho en la espalda? —me interesé. Notaba cómo la sangre continuaba cayéndome.
Y me dolía.
—¿Quién era ese tío con el que hablabas?
Elia. «No». Intenté que la vista no se me fuera al bolso, que no encontrara la SD que me había dado, o probablemente estaría muerta y aquel Cristo sería lo último que viese. Pensé, velozmente, en cómo sacar la tarjeta del libro y esconderla.
Era imposible. Las posibilidades se me reducían a... ¡Joder, joder, joder!
—No puedes retenerme, no puedes abusar de mí cada vez que te dé la gana... —Empecé con rabia y me interrumpió:
—Soy Valentino Sabello, puedo hacer lo que quiera —repitió la condenada frase que se reproducía en bucle en mi cabeza.
Iba a partirme los dientes de tanto apretarlos.
« Piensa, piensa, piensa ». ¿ Cómo sacaba la SD del bolso ? ¡ Estaba a mi lado! Busqué todas las opciones posibles mientras lo distraía con mi verborrea, sin apartar la vista del altar .
—Y te crees que esa frase te librará del peso de la ley.
Giró el rostro de manera intimidante hacia mí.
—De la cárcel se sale, del cementerio, no.
Sellé los labios, conteniendo el burbujeo de ira que subió por mi garganta. ¿Hasta cuándo podría provocarlo? Debía separarme de él para conseguirlo.
—Lo mismo te digo.
—Estás evadiendo mis preguntas. Y no voy a repetirme. —Miró al frente y sujetó el mango del cuchillo contra el banco.
—Eso hiciste tú en el cuartel, ¿no? —Me fui por la tangente notando el nerviosismo en una de mis piernas.
—Quizá lleguemos a un acuerdo y consigas más respuestas.
—Pero para eso tengo que hacer lo que Valentino Sabello quiera, imagino —le dije con sarcasmo.
« Beatrice, céntrate en la SD ». ¡ No me dejaba pensar ! ¡ Joder, joder, joder ! ¿ Cómo iba a contestarle sobre quién era Elia ? ¡ Lo matarían sin pensar ! ¿ Cómo le decía que no llevaba armas para que lo aprovechase también? ¿Cómo...?
—Estás pensando demasiado. —Sus ojos se clavaron con más intensidad en mí; yo no aparté los míos del altar.
Conté los metros de distancia desde el asiento hasta el otro extremo del banco. Las probabilidades que tenía de llegar a la salida eran nulas, pero si corría lo suficiente..., quizá habría una posibilidad de esconder la tarjeta en alguna parte de la iglesia .
No le di espacio a mis pensamientos durante más tiempo: actué.
Arrastré el culo sin que se percatara de ello.
« Dios, ayúdame ».
Me impulsé, elevé el codo y lo golpeé en la mejilla con una fuerza bestial.
Tuve los dos segundos justos para saltar el banco de delante, escuchar el grito gutural de su garganta y agacharme justo en el instante en el que el enorme cuchillo rozaba mi oreja derecha y se clavaba en uno de los enormes velones. Abrí los ojos al máximo.
Miré hacia atrás un segundo para ver cómo saltaba del mismo banco sabiendo que la única salida era luchar a muerte y esconder la puñetera tarjeta. Todo eso sumado a los nervios que me carcomían por dentro y a la urgencia de arrastrarme a gatas para tomar un nuevo impulso.
—Estás muerta.
Corrí.
No fue una amenaza, fue una sentencia certera y me la creía a todas luces. Eché a correr hacia uno de los laterales del altar con el bolso golpeándome la cadera a cada zancada.
Distinguí una puerta casi escondida entre la ornamentación del presbiterio y me lancé hacia ella sin tener ni puñetera idea de adónde conducía.
Solo necesitaba perderlo de vista unos segundos.
Bajé el picaporte, entré y cerré de un empujón a mi espalda cuando su mano casi me alcanzaba, con el tiempo justo de echar el pestillo interior.
—¡Mierda! —bramé con el pulso a mil y la espalda pegada a la puerta.
No me detuve a pensar que quizá iba a darme un infarto.
Aceleré todo lo que pude y más, escuchando sus gritos y los golpes que hacían retumbar la entrada por la que había accedido.
—¡¡Beatrice!! ¡Abre la puta puerta!
Mi nombre sonó en su boca como el de un orangután endiablado. Como el demonio con enormes fauces que estaba dispuesto a devorarme desde lo más profundo.
Como quien iba a despedazarme si me alcanzaba.
El espacio se estrechaba en un corredor que comunicaba con las dependencias interiores de la iglesia, mucho más sobrias que la nave que acababa de abandonar.
La luz era escasa y el silencio se volvió extraño allí dentro, roto únicamente por el sonido acelerado de mis pasos y mi propia respiración.
Me fijé en los respiraderos. ¡Joder, joder, joder!
¡Por allí no podría escaparme ni aunque quisiera!
Había unas putas rejas que taponaban los accesos.
Encontré otra puerta más adelante y seguí hacia ella mientras forcejeaba con el cierre del bolso. Tenía ganas de vomitar, la vista comenzó a nublárseme del estrés al que estaba sometiendo a mi cuerpo y las manos no me respondían.
—Vamos, vamos, vamos... —murmuré.
Metí la mano sin dejar de correr, aparté la cartera, las llaves y todo cuanto encontraba hasta que mis dedos rozaron el libro que había comprado en la librería. Era lo más importante.
Lo saqué y continué avanzando mientras intentaba abrirlo con una sola mano. La tarjeta SD que Elia me había entregado permanecía escondida entre sus páginas, tan diminuta que Valentino podría registrar mi bolso entero y no encontrarla si conseguía deshacerme de ella antes de que me alcanzara.
Necesitaba un sitio. Cualquiera.
Busqué entre las paredes, los muebles y las puertas algún rincón donde esconderla y poder regresar a por ella después. No sabía cuánto tiempo había ganado con el codazo, pero conocía lo suficiente a Valentino para saber que cada segundo que pasaba jugaba en mi contra.
Encontré un hueco entre los ladrillos, la metí y guardé todo a prisa y corriendo en el bolso. Entonces me di cuenta de algo peor.
No lo escuchaba.
Retomé el paso, ahora más lento. Encima, había salido ese día sin ningún arma que pudiera protegerme. Agarré una cruz procesional con asta que había sobre una mesa y continué por el corredor en completo silencio.
Ni una carrera detrás de mí. Ni el golpe de la puerta. Ni siquiera una maldición.
El pasillo permanecía vacío.
Y aquel silencio me dio muchísimo más miedo que escuchar a Valentino persiguiéndome.
Tragué saliva, avancé con cautela y busqué mi teléfono en el bolso, con el fin de llamar a emergencias, a la policía o al primero que descolgara.
Ese fue el mayor error que cometí. El despiste que no debí tener, pues una mano me sujetó del pelo y me tiró de la cabeza hacia atrás provocando que el teléfono y la cruz cayeran de mis manos.
Iba a separarme la cabeza del cuerpo.
—¿Vas a alguna parte, zorra?
Grité. Grité tanto que mis pulmones se quedaron entre aquellas paredes cuando me arrastró sin delicadeza por el suelo del corredor, de vuelta a la sala principal de la iglesia. No dijo nada y, al contrario de lo que podía parecer, aquello me causó más terror de lo imaginado.
—¡¡Suéltame!! ¡¡Que me dejes!! ¡Valentino, suéltame! —vociferé y le clavé las uñas en la muñeca hasta hacerlo sangrar.
Ni siquiera se inmutó.