11¿Crees en Dios?
¿Crees en Dios?
Salí de la librería y me interné en las calles del rione Sant’Eustachio, a medio camino entre piazza Navona y el Panteón.
Iba con un libro bajo el brazo y eché a andar sin prisa.
No había quedado con Elia en un punto concreto.
Nunca lo hacíamos. La piazza Navona era su territorio y, si le avisaba con suficiente antelación, él acabaría encontrándome mucho antes de que yo consiguiera localizarlo.
El trasiego de gente a aquella hora se lo ponía especialmente fácil.
Turistas que caminaban mirando más hacia las fachadas que hacia delante, parejas consultando mapas en mitad de la acera, camareros entrando y saliendo de los locales y algún despistado con el teléfono en la mano que, de cruzarse con Elia en un mal día, probablemente llegaría al hotel con tres pertenencias menos y sin saber en qué momento las había perdido.
Me ajusté el abrigo y continué hacia la calle sin buscarlo abiertamente. Conocía las normas. A los confidentes no se los esperaba mirando el reloj en una esquina y mucho menos se los saludaba desde veinte metros de distancia.
—Ese libro es una mierda. Creo que no te conviene leerlo.
Ni siquiera me sobresalté.
Elia apareció caminando a mi lado como si lleváramos juntos desde que había salido de la librería. Hundió las manos en los bolsillos de una chaqueta demasiado fina para el frío de febrero y avanzó con esa tranquilidad despreocupada.
—Buenas tardes a ti también. —Me aparté el pelo suelto de la cara.
Esa tarde me había vestido de paisana y me encontraba fuera de onda con aquel vestido a media altura de los muslos y las medias. Lo más habitual en mí era ponerme unos pantalones y cualquier jersey calentito, y no aquella ropa más arreglada. Parecía una guiri en mitad de mi ciudad.
—Te estoy haciendo un favor. —Señaló el libro con la barbilla—. Así no pierdes el tiempo y te evitas disgustos.
—¿Lo has leído? —le pregunté dejando atrás a un grupo de turistas, aunque siguiendo la conversación con aquel código.
—Hasta la mitad.
Fruncí el ceño, confusa.
—Entonces tu opinión no me resulta útil.
Sonrió de medio lado y seguimos caminando sin observarnos demasiado.
Para cualquiera que se cruzara con nosotros, éramos dos conocidos que habían coincidido por casualidad.
Elia era especialmente bueno consiguiendo que pareciera casual.
Supuse que pasar media vida metiendo las manos en bolsillos ajenos sin terminar con los dedos rotos te obligaba a desarrollar ciertas habilidades sociales.
—Por lo menos estoy dándote las advertencias de contenido anticipadas. Deberías escucharlas. —Su sonrisa desapareció—. Si lo hago, es por el aprecio que te tengo.
—Los años te han vuelto demasiado blando. ¿Tan duro es el libro?
No se detuvo, pero redujo ligeramente el paso y eso me bastó para saber que había tocado donde debía. Bajó dos tonos y miró a ambos lados con disimulo.
—Hay gente que prefiere quedarse sin lengua antes que hablar del sitio donde se ambientó. Necesito más tiempo para terminar de leerlo.
Elia soltó aire por la nariz y volvió a mirar al frente. Aquello consiguió que se me tensara el estómago.
—¿Por el personaje del libro? —Me refería a Valentino.
Tardó unos segundos en responder.
—Por el apellido.
Continuamos caminando y levanté la vista hacia el edificio que se alzaba unos metros más adelante.
La fachada de San Luigi dei Francesi apareció entre las construcciones de aquella parte del centro de Roma y supe que nuestra conversación estaba a punto de terminar.
Era el último punto que había elegido antes de separarnos.
Dejé a un lado el tema del libro, bajando todavía más el tono:
—Averigua qué entra y qué sale, quién trabaja allí, qué hacen cuando cierran las puertas y por qué pasa tanto tiempo en un negocio que no tiene absolutamente nada que ver con lo que estamos investigando.
—Me pides mucho y me pagas poco, Costa —musitó—. Pero tengo un avance.
Sonreí por primera vez desde que había salido de casa cuando me quitó el libro de las manos. La situación con Gennaro había estado regular, pese a que le había prometido que llamaría a su madre para ultimar los detalles de mi vestido de novia.
—Pero sigues acudiendo a mí.
—Porque me caes bien —aseguró mientras guardaba una tarjeta SD entre las páginas.
—Mentiroso.
—Carterista —me corrigió—. Hay que respetar los oficios.
Elia disminuyó el paso cuando nos topamos con la entrada de la iglesia. No necesitábamos despedirnos. Tampoco convenía hacerlo.
—Dame unos días y ten cuidado —murmuró.
Asentí, abrí el bolso, guardé el libro y continué caminando. Cuando volví la cabeza, ya no había rastro del hombre alto de ojos oscuros y extrema delgadez.
Me quedé unos segundos observando la zona antes de mirar hacia San Luigi dei Francesi.
Y entré con la confianza de que nadie nos había visto, pero siempre precavida ante lo que pudiera ocurrir.
Empujé una de las puertas y el bullicio del centro de Roma quedó amortiguado a mi espalda casi de inmediato.
El cambio siempre me había resultado extraño.
Bastaba con atravesar unos centímetros de madera para pasar del ruido de los turistas, los pasos sobre el adoquinado y las conversaciones atropelladas a aquella quietud solemne que parecía exigir silencio incluso a quien no tenía intención de rezar.
Me detuve unos segundos mientras mis ojos se acostumbraban a la luz del interior.
La iglesia era mucho más imponente de lo que su fachada dejaba imaginar.
La nave se extendía entre columnas y arcos, cubierta de mármoles dorados y una cantidad casi indecente de ornamentación que obligaba a levantar la cabeza.
Sobre ella, el techo abovedado parecía alejarse varios metros, recargado de pinturas y relieves que atrapaban la escasa claridad que entraba desde el exterior.
A ambos lados se sucedían pequeñas capillas, altares, esculturas y cuadros oscurecidos por los siglos, mientras algunas personas permanecían sentadas en los bancos y otras avanzaban despacio, con esa mezcla de devoción y curiosidad que convertía las iglesias de Roma en templos y museos al mismo tiempo.
El olor también era distinto. Olía a cera, piedra antigua y ese rastro tenue de incienso que parecía haberse quedado impregnado para siempre en las paredes.
Caminé por uno de los laterales procurando que mis pasos no resonaran demasiado sobre el suelo de mármol y observé las llamas diminutas de las velas temblando frente a una imagen religiosa.
Me aparté de la capilla Contarelli, donde se encontraban los Caravaggio que habían convertido la iglesia en parada obligatoria para medio mundo.
Había algunas personas delante, aunque conseguí hacerme un hueco y alcé la mirada hacia los lienzos.
La oscuridad dominaba las escenas y, sin embargo, la luz aparecía exactamente donde tenía que hacerlo, arrancando rostros, manos y gestos de las sombras con una precisión que me mantuvo inmóvil durante unos segundos.
Siempre me había fascinado que Caravaggio necesitara tanta oscuridad para enseñar algo. Me desabroché el abrigo debido al sofocón momentáneo.
Quizá por eso aquella tarde me costó apartar la vista.
Porque yo llevaba días intentando hacer exactamente lo mismo.
—¿Crees en Dios, agente Costa?
Me tensé.
Las alarmas resonaron todas a la vez en mi cabeza y tragué saliva con un nudo invisible en la garganta cuando giré el rostro una milésima.
Allí estaba.
El hijo de puta que me quitaba el sueño.
El que me tenía obsesionada, con una camisa negra que se ceñía a sus músculos y unos pantalones vaqueros que acentuaban aquellas largas y fuertes piernas.
«Deja de mirarlo así», me regañé, y creí percibir un atisbo de gracia en sus ojos.
Como si se hubiera dado cuenta del efecto que causaba su simple apariencia.
—¿Crees en Dios tú? —escupí con desdén.
No cambió su gesto tranquilo. Envidiaba eso. A mí me era imposible no perder los estribos cada vez que lo tenía cerca y, de hecho, en ese instante deseé lanzarme a su cara para asestarle golpes hasta molerlo a palos.
—Sí.
Nos miramos.
Demasiado.
El corazón me retumbaba en los oídos con una frecuencia inusual, y fue entonces cuando decidí que había llegado el momento de apartarme. De alejarme de ese aroma a tentación; de no contemplar más aquellos ojos verdes y brillantes que parecían leerme el alma.
Fui a dar un paso para continuar entre las columnas, sin embargo, una fuerza descomunal me lo impidió. Me había sujetado del codo derecho y sus dedos se habían clavado como garras.
—No tan rápido, lupina.
—Suéltame —le ordené entre dientes.
—Vamos a mantener una conversación civilizada.
Su tono no era neutral, era una orden impuesta. Y no solo era la potencia de su voz, era aquella fuerza arrolladora, sumada a la presión de la mano. Lo miré con coraje y conseguí zafarme de su mano. La gente nos contempló. Yo me sentí más valiente por estar rodeada. Por no encontrarme sola con él.
Con el demonio.
Me acerqué a su rostro y bisbiseé:
—Que te den, calvorota.
Un sonido irónico parecido a una risa salió de su garganta.
Fue breve. Amenazante. Volví a girarme, los nervios me jugaron una mala pasada y, en vez de tomar la dirección de la salida, me equivoqué y fui hacia el altar.
No me dio tiempo a marcharme cuando advertí que el sacristán apremiaba a los turistas para que abandonaran la iglesia.
Ni siquiera me pregunté el motivo. Iba a unirme a ellos cuando el abrigo se me movió hacia arriba y algo afilado se me clavó en la parte alta de la espalda.
Abrí los ojos como platos y, al intentar girarme, tenía aquellos labios del inframundo pegados a la oreja:
—¿Sabes qué ocurre cuando una hoja alcanza la médula espinal?
—¿Qué estás haciendo? —le pregunté con miedo en la voz. ¡Estaba loco!
Sentí un hilo de sangre descender por mi espalda.
—Podría impedir que volvieras a caminar.