10Los aspirantes a #3
—Me dejé llevar en el estrecho de Mesina. En el último porte al que fuimos. —Mi madre asintió, sin apartarme la mirada. Mantuvo aquella pose relajada, con las manos sobre su regazo—. ¿Recuerdas a Beatrice?
Entrecerró los ojos un poco y giró la cabeza, haciendo memoria.
—¿La policía que ayudó a Enzo?
—Sí —murmuré con asco—. Estaba allí. Esperándome.
No tardó en dejarme ver su confusión.
—¿Esa mujer no estaba del lado de tu hermano? —Se refirió a Tiziano.
—Imagino que de Tiziano sí, pero de mí no —continué con el tono huraño.
Se movió hacia delante para contemplarme mejor.
—No te entiendo.
—El caso es que disparé al compañero que iba con ella y ha sido la excusa para entrar en mi casa y hacerme un registro. Pero después, cuando me llevaron a un cuartel extraoficial de los que tiene la poli —ironicé—, me hizo referencias a la Mano di Caino.
Su atención era íntegra y me lo demostró cuando añadió:
—Tú no tienes nada que ver con ellos desde hace años.
—Pero yo había pertenecido a la banda que meses después masacró a los integrantes de la trigésimo tercera promoción de los Allievi Agenti della Polizia di Stato.
La mamma abrió la boca en una gran exclamación. Golpeó su pierna con dos leves toques y cabeceó de nuevo.
—E intuyo que ella estaba en esa promoción.
—Por lo que hemos averiguado, sus padres aparecían en la lista de las setenta y dos personas asesinadas.
—Y esa mujer te culpa de ello.
Alcé una ceja, puse la taza sobre la mesa y negué.
—Esa zorra no me culpa. Tiene la certeza absoluta de que he sido yo, mamma. Si no, no estaría tocándome los huevos.
—Entiendo... Entiendo. —Miró hacia un lateral y después regresó la vista a mí—. ¿Quién está ayudándote a buscar información? ¿Se lo has contado al capu?
Negué con la cabeza.
—Tiziano no sabe nada. No quiero que se distraiga con los equipos de seguridad, ahora que la red está siendo más grande. —Enfaticé mi mirada en ella—. La vamos a necesitar, y no queremos más sustos.
Recordar cómo habían conseguido entrar en la finca de la casona y cómo dispararon a la mamma todavía me provocaba un trauma.
Por ella quemaba Italia.
—Lo comprendo, caruso . —Tocó mi rodilla—. Pero no te olvides de que es el capu. Debe saberlo, y más si tienen buena relación y quiere fastidiarte.
—Enzo está conmigo. Lo resolveré —la tranquilicé.
—Y por eso desactivaste el localizador. Para que no supieran que habías ido a por ella.
La contemplé fijamente. Fue un segundo en el que no quise mentirle, pero tampoco contarle la verdad. ¿Cómo iba a decirle que había ido con el afán de joderle la vida por zorra y que iba a provocarle un daño irreparable?
—Sí.
Sonrió con los labios apretados. No me creyó ni de lejos, aunque por algún motivo prefirió mantener la mentira a raya.
Su rostro dulce y apacible cambió a uno más sobrio, más de madre, de las que te echaban broncas con fundamento.
Porque yo la amaba por encima del mundo, pero la mamma era la mamma y había que tener cuidado.
—No vuelvas a hacerlo, Valentino. Está prohibido.
Y está prohibido para todos. —Esperó unos instantes para que aceptara su orden—.
Prefiero que me mientas después, que me digas que has estado cenando en un restaurante y que luego me des los motivos por los que me engañaste —sabía que me había pillado—, pero no vuelvas a desconectarlo. No si quieres que no nos dé un infarto.
—Procuraré preservar tu salud, mamma —le dije con media sonrisa, rebajando aquella tensión que se había instalado entre los dos.
Se acercó a mi mejilla y me dio un beso con todo el amor que sentía.
—Nuestra, bambino. Nuestra. Aunque no te lo creas —miró hacia atrás, buscando a il papà—, él sufre muchísimo cada vez que le haces un desprecio.
Alcé ambas cejas en plan «Ya». No se lo dije ni tampoco rebatí que no me lo creía.
Simplemente acabamos nuestras tazas con otra conversación banal sobre el fin de las obras y la familia recién descubierta.
Le eché un poco en cara que nunca nos hubiera confesado que tenía dos hermanos más y, aunque intentó esquivar el tema, le di coba durante un rato hasta que Beatrice cayó en el olvido.
O eso quise creerme, porque las madres sabían disimular muy bien, y ella me lo había demostrado durante toda la vida.
La hora de marcharnos llegó, y algunos como Alessandro, que parecía vivir de manera permanente en Catania, prefirieron quedarse allí, como Romeo y Tiziano.
Dante lo picó un poco más para que fuera a la dichosa fiestecilla que le había comentado al otro, pero Alessandro lo que quería era quedarse cerca de su calcamonía: del capu.
Me senté en el asiento del avión, al lado de Enzo, y aproveché que Dante fue a la cabina para hablar con el piloto que nos llevaría al aeropuerto de Roma.
—¿Puedes localizar a una persona de cualquier manera?
—Mmm... ¿Claro? Hoy en día dejamos rastro con todo. Si lleva el teléfono encima, encontraré la manera de localizarla. ¿Y quién no tiene móvil en el siglo veintiuno? —Se guaseó.
—Bien. —Bufé—. Pues búscame a la zorra y encuentra la manera de que pueda seguirle el rastro desde mi teléfono.