Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 10Los aspirantes a #2
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10Los aspirantes a #2

Me giré hacia ella, resoplé y seguí caminando mientras le decía:

—Supongo que hasta los monstruos necesitan un lugar donde recordar que siguen siendo humanos.

El sonido del aire al salir de su boca me mostró su abatimiento. Supe que debía ser más discreto con aquel tema. De ninguna manera pretendía hacerle daño. No a ella, que siempre me lo había dado todo sin pedirme nada a cambio.

—Hemos puesto bastantes plantas y, ¡ha quedado perfecto!

Hizo un giro con las manos abiertas, abarcando todo el invernadero. Sonreí con verdadera devoción y me acerqué a ella cuando me tendió una mano.

—Y te ha quedado tan bonito porque lo has hecho con amor —puntualicé.

—Siempre, caruso 6 . Siempre con amor. —Me observó con los ojos brillantes y comprendí que me había llevado allí para sacarme información. No me molestó—. Te he preparado tu café favorito.

Me invitó a sentarme en un banco que había en un lateral, frente a una mesa blanca decorativa. La imaginé allí pasando la tarde con un libro y una infusión, muy a su estilo. Asentí, me senté y esperé paciente mientras ella se movía resuelta preparando las dos tazas.

—Aquí tienes, bambino. Un ristretto con poco volumen, sin azúcar y en taza de porcelana. Ardiendo, como a ti te gusta.

Me fijé en la elegancia con la que portaba la taza diminuta.

A ella le quedaba bien. En realidad, a Antonella Sabello le quedaba bien cualquier cosa.

A mí me encantaba verla con el mandil que solía ponerse para cocinar.

Podría parecer una horterada para muchos, pero para mí era el mandil de la mamma.

Ella en sí era increíblemente bella y punto.

La mamma no atesoraba un corazón en el pecho. Ella había recogido un océano de amor y lo había escondido para amar a una panda de psicópatas que se merecían la horca. Incluido yo, aunque ella me tuviera también en un pedestal.

Su sonrisa tranquilizadora mientras depositaba la taza en la mesa me transportó al rostro que me encontré con trece años, cuando desperté en el hospital sin saber por qué.

Después recordé que me habían metido la cabeza en el váter del instituto y me habían apaleado hasta hacerme sangrar en los baños, donde nadie podía verte ni acudir en tu ayuda.

Con esa edad era un niño con sobrepeso que llevaba sufriendo acoso escolar algunos años de manera aislada; sin embargo, la situación se volvió más violenta cuando ese año varios de los integrantes de una pandilla del centro se enteraron de a qué se dedicaba mi padre.

«Es un camello y un matón», me decían, aunque por aquel entonces lo que esos niñatos desconocían era que il papà llevaba gobernando la mafia siciliana más años de los que tenían los muchachos.

Habladurías que solo necesitaban a un niño gordo y cobarde para cebarse con él.

Yo no quería problemas ni aprender a defenderme tan rápido.

No como el resto de mis hermanos que habían deseado coger una pistola o una navaja demasiado pronto.

Yo deseaba seguir en mi mundo de legos, piezas para arreglar y silencios que me regalaban los mejores momentos.

Y en vez de eso, mi padre me había obligado a defenderme —o por lo menos intentarlo—, a coger armas y a hacer lo que habíamos mamado desde bien pequeños.

Habría deseado infinidad de veces que mi padre me hubiera sentado en aquel huerto, en el suelo, simplemente para admirar unos calabacines mientras él labraba la tierra.

Miré a mi madre, sumido en mis pensamientos aunque escuchándola cuando me habló de los beneficios de las hierbas que crecían en su nuevo invernadero, compartido con Adara.

El olor intenso del ristretto me embriagó, pero más allá de eso, la devoción por la mamma se hizo más presente cuando a mi mente llegaron los dos vengadores de mi triste historia.

Estuve una semana en el hospital.

Ella no se separó de mí ni un solo día. Ni un minuto, pese a haber perdido a mi hermana Lionetta hacía muy poco.

Tiziano cometió su primer asesinato con el jefe de los abusones.

Y mi padre jamás se pronunció.

Permití que los recuerdos amargos se disolvieran para poder disfrutar plenamente de la mamma. En unas horas estaría volando en el avión privado de Tiziano hacia Roma. Avión que parecía el metro de Roma, solo que de los Sabello. Hacíamos uso de él cuando nos daba la gana.

—... El romero ayuda a la digestión y estimula la circulación —me explicó mientras rozaba una de las ramas con los dedos.

Cogió su taza y llegó a mi lado—. La lavanda sirve para relajarse y dormir mejor, la tengo en un roll-on como aceite esencial.

Y esa, la salvia, es buena para aliviar algunas molestias de la garganta.

—¿Y esa? —le pregunté señalando otra.

Alargué la mano para tomar la taza minúscula de café.

—El aloe vera. Para pequeñas quemaduras e irritaciones de la piel. Tiene muchas propiedades. —Me señaló con un dedo y cogió su infusión—. Te prepararé un bote antes de que te vayas.

—¿Tienes alguna para soportar a Alessandro? —Sonreí con la taza pegada a los labios.

Mi madre me miró de reojo y rio.

—Para eso necesitaría un invernadero mucho más grande.

Un silencio se instauró entre los dos. Fue agradable, preciso para la gran conversación.

Conocía a mi madre, igual que ella me conocía a mí.

Y no me molestó que lo hiciera. Siempre ocurría y me sentía con la libertad de contarle algunos secretos.

No todos, pero sí los que no ponían en riesgo su salud mental.

—¿Te apetece contármelo?

Ahí estaba la diferencia entre la exigencia y la delicadeza de quien sabe escucharte. El cambio que movía cualquier tipo de relación. Asentí con una caída de ojos. Le di un sorbo al café. Estaba delicioso.