Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 10Los aspirantes a
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10Los aspirantes a

Los aspirantes a

Romeo y yo caminábamos con calma por la zona B de la casona. Esa parte que nuestros padres habían dejado abandonada hacía mucho tiempo porque nunca habían hecho uso de ella, y la que ahora tomaba otra forma bien distinta desde que la mamma había empezado con las obras hacía unos meses.

Estaba quedando habitable y espectacular, ya que meterse en ciertas habitaciones por la noche podría provocarte como mínimo pesadillas.

Nosotros siempre habíamos vivido en la parte principal de la casona, junto a la entrada.

Ella había argumentado que teníamos espacio suficiente con ese ala, y la planta de abajo estaba equipada con un gran comedor, la cocina, el baño y la puerta que daba al sótano de las torturas, como Adara lo había bautizado, y la otra daba acceso al ala oeste de la casa, que estaban a punto de terminar.

La familia crecía, y en la primera planta ya no cabíamos.

A lo largo de aquella zona se extendía un enorme pasillo ancho de moqueta rojiza con habitaciones a ambos lados, como si fuera un hotel. Y ahí cada hermano disponía de la suya propia, con baño privado y, lo más importante, sin cerrojo. Eso siempre había estado terminantemente prohibido.

Al fondo, y como únicos extras a las habitaciones, se encontraba la sala de descanso, compuesta por una enorme bañera que a la mamma se le antojó, y su habitación de vestidos. También era la nuestra, pues guardábamos todos los trajes antiguos allí.

—¿Crees que esto nos afecta de alguna manera? —me preguntó Romeo, deteniéndose.

Apreté los puños y contemplé el espacio. La mamma estaba convirtiendo aquello en un verdadero castillo de cuento.

De cuento perverso, mafioso y oscuro.

—¡Aquí estáis! Hostia, que parece esto un laberinto de andamios.

Dante apareció por el otro extremo, con un cigarro en la boca, sus numerosas pulseras de oro tintineando en la muñeca derecha —como las que solían llevar Tiziano y Alessandro— cuando la levantó en alto. La movió con grandes aspavientos y encaminó sus pasos histéricos hasta llegar a nosotros.

Dante era el hiperactivo sin diagnosticar. En ocasiones me daban ganas de pegarle un puñetazo para que se tranquilizara, y mejor no mencionaba la de veces que lo había atado il papà a una silla con cinta adhesiva ancha.

—Me ha dicho un pío pío que hay una mafia al norte de Italia que está actuando con fuerza.

Llegó hasta nosotros y continuamos avanzando, como quienes se daban un paseo por un museo.

—¿Y ese pío pío te ha dicho el nombre? —se interesó Romeo.

—Se apellidan Brambilli. Y lo más interesante es que la gobierna una donna 4 .

« Brambilli » .

¿ De qué me sonaba a mí aquel apellido? Estaba seguro de haberlo escuchado en algún sitio, y ahora no recordaba dónde . ¿ Era posible que hubieran sido miembros tocapelotas? Haría memoria .

—¿Y el nombre de la donna ?

—Ni idea —resolvió Dante a Romeo.

—Pues vaya un pío pío de mierda que tienes —repuso Enzo a nuestra espalda. No advertí en qué momento había llegado ni por qué aparecía detrás de nosotros.

—¡Oye, mamonazo! Que no por nada llevo dos días en Catania buscando información —se quejó Dante.

—Pues te informas de pena —repuso Enzo colocándose a mi lado—. La donna se llama Fiorella, y es la hermana de la mamma.

Lo miré con estupor. Entonces me percaté de que Romeo estaba muy fijo en Enzo. El primero le tocó la mejilla con el dedo índice y maldad. Romeo estaba serio. ¿Por qué lo inspeccionaba como si ocultara algo? Enzo lo apartó de un manotazo y siguió con su argumento, obviando la inspección del otro.

—Dominan el norte de Italia con otros negocios que no son los nuestros.

—Respiré, porque no quería disgustar a la mamma a la primera de cambio con las muertes de su familia—.

Blanqueo de capitales, fraude financiero, compra de empresas que van a la quiebra y las que no, moda y joyería... En fin. Rollos que no nos van.

—¿Quieres decir que no pueden ser los aspirantes a mafiosos? —preguntó Dante.

—No —aseveró Enzo—. La droga no es su negocio, aunque eso no quita que puedan tener redes criminales de perfil bajo que autoricen esas operaciones. Sería cuestión de investigarlo. —Me contempló, a la espera de una orden.

Asentí en silencio. Enzo me imitó.

Romeo continuaba mirándolo. ¿Qué le ocurría a este?

—Yo no he encontrado componentes de la familia. ¿Tendremos primos?

—O primas —puntualizó Romeo.

—Qué pereza me da esto de socializar —renegó Enzo.

—Estás metido en el bucle del ermitaño, fratello 5 . De ahí se sale. ¿Te apuntas a una fiestecilla esta noche, que volvemos a Roma?

Enzo aniquiló con una mirada a Dante. Este frunció los morros y yo entendí que en ese gesto iba implícito algo más. ¿Qué se le había escapado?

—Vosotros seguid con las fiestecillas, que verás como os cace uno que yo me sé. —Romeo se refirió a il papà.

Si por encima de todo se nos había inculcado algo desde bien pequeños, era no llamar la atención, no dejarse ver más de lo necesario en público, no acudir a fiestas, no hacerlas y no dar el cante.

Y otra cosa no, pero Dante había sido también el más rebelde en ese aspecto.

Por supuesto, todos los hermanos habíamos tenido nuestras aventuras, unos más que otros, e il papà nos había tenido que ir borrando del mapa cada cagada.

El comentario de Romeo fue una distracción.

Y la distracción iba para mí.

—No tiene que salir de aquí. —Dante enseñó todos los dientes—. ¿Te apuntas, san Valentino? Puedes traerte algún porrete de los tuyos. Que tabaco no fumarás ya, pero los canutos te los metes doblados.

Enarqué una ceja con la tontería del santo. Lo de los porros no era completamente cierto.

Me giré como un depredador hacia Enzo cuando llegamos al final del pasillo.

—¿En qué bucle estás metido ahora? ¿Es por lo de las peleas? —le pregunté con hosquedad.

Dudó. Fueron milésimas de segundo. Las suficientes para verificarme que Enzo me mentía. Dante y Romeo se mantuvieron en un silencio incómodo que me lo reafirmó, cuando el rubio contestó:

—¿Yo? Simplemente no me apetece.

¿ Por qué Enzo me mentía ? ¿Por qué me mentía a mí?

No le aparté la mirada. No hasta que la mamma apareció y anunció con un suspiro:

—Oh, Valentino. Estás aquí. ¿Puedes acompañarme? Quiero enseñarte la parte del invernadero que he terminado con Adara.

Di un paso adelante, todavía sin quitarle los ojos de encima al rubio mentiroso. De reojo pude apreciar cómo Romeo se mordía el interior del labio, con cara de haberla cagado. Y solo tuve que separarme unos pasos y afinar el oído para asegurarme de que sí. De que algo me ocultaba.

Los tres comenzaron a cuchichear mientras se alejaban; el más enfadado, Enzo.

Atravesamos los metros de pasillo que separaban la zona B del resto de la casa familiar.

Justo enfrente estaba la escalera que subía a la segunda planta, a la izquierda la gran cocina y después el jardín, y si mirabas a la derecha nos metíamos en el enorme salón comedor.

Los ojos me brillaron un poco al ver la joya de la casona como recibimiento.

Una diana corriente, solo que en vez de usar dardos, nosotros lanzábamos los cuchillos más grandes que teníamos. Y ya la habíamos usado unas cuantas veces desde nuestra llegada, hacía dos días.

—Estás feliz —le dije a la mamma, al verla con una sonrisa permanente en la cara.

Su atención se fue hacia los sonidos dulces del exterior, muy cerca de donde íbamos. Mis tres sobrinas habían llegado el mismo día que aterrizamos todos allí, pues se habían quedado las tres con la madre de Adara y su pareja, que era el actual segundo al mando de Tiziano.

—Os tengo en casa desde hace dos días. ¿Cómo no voy a estar feliz? —Sonrió y se acercó a mí para enganchar su brazo del mío—. Aunque me falte uno —musitó con tristeza.

Llevábamos sin saber nada de Claudio desde que llegamos, y el único que aseguró que se encontraba bien fue Romeo. También nos dijo que no hiciéramos más preguntas .

Abrió la puerta acristalada del fondo del salón y una bocanada de aire templado, cargada del olor húmedo de la tierra recién regada, nos envolvió al instante. Aquel pequeño invernadero siempre había sido su refugio.

No era especialmente grande ni lo pretendía.

Bastaban unos pocos metros para albergar decenas de macetas de barro, estanterías de madera repletas de plantas aromáticas y flores de todos los colores, mientras las enredaderas trepaban por la estructura metálica hasta abrazar los cristales del techo.

La luz de la tarde se filtraba entre las hojas, proyectando sombras irregulares sobre el suelo de piedra, y el silencio solo se rompía por el tenue goteo del sistema de riego y el zumbido perezoso de alguna abeja que se había colado sin pedir permiso.

La mamma conocía el nombre de cada planta como si todas formasen parte de la familia. Las acariciaba al pasar con la misma delicadeza con la que sujetaba a sus nietas.

Al fondo, una puerta de madera permanecía entreabierta y dejaba ver el pequeño huerto que il papà cultivaba con una paciencia que nadie le habría atribuido al hombre más temido de Sicilia.

No eran más que unos cuantos bancales perfectamente alineados, donde crecían tomates, calabacines, berenjenas, albahaca, romero y algún limonero joven que todavía luchaba por hacerse un hueco entre la tierra volcánica.

Ahí se encontraba él, con Galena en un brazo y Valentina sentada sobre un mantel improvisado.

Mi padre pasaba allí más tiempo del que admitiría delante de cualquiera.

Decía que cultivaba verduras, pero todos sabíamos que, en realidad, sembraba silencio.

Cuando quería ordenar la cabeza, desaparecía entre aquellas plantas con las manos manchadas de tierra y regresaba horas después con una decisión tomada.

Quizá como lo hacía yo al sumergirme en cualquiera de mis máquinas, en el astillero.

Sentí la mirada de la mamma clavada en mí cuando me detuve. El olor a café recién hecho me inundó las fosas nasales. Era el que más me gustaba. Y ella era consciente de ese detalle.

—No es un mal hombre —murmuró para que no lo escuchara.