Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 9El mapa #3
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9El mapa #3

Noa y Aarón se marcharían a Reino Unido, al pueblo donde residían los padres y la hermana de mi amiga con Gabriele.

Evidentemente era más importante la protección de mi sobrino postizo que mi boda.

Eso era algo que habíamos hablado, aunque no quitaba que me doliese con la misma intensidad.

Y Klaus, el último componente de aquella brigada antes de que la deshicieran, seguía afincado en Mánchester junto a sus amigos Edgar y Enma, recomponiéndose tras un largo tiempo sabático después de todo lo sucedido en Italia.

—¿Cuándo volveremos a vernos? —le pregunté apartándole la mirada y centrándola en el pequeño.

Los ojos me ardían. Noa se tomó unos segundos para contestarme.

Era una tía de hierro; no obstante, la maternidad había cambiado algo en ella.

Yo le decía que parecía más humana y menos robótica, y Noa me amenazaba con meterme esa ganzúa que siempre llevaba en el bolsillo por el culo.

Quizá eso era lo que nos hacía diferentes del resto.

Que no teníamos nada que ver. Que nos queríamos igual.

Y ahora ni siquiera podía contarle lo que me había ocurrido.

—Siempre puedes venirte un tiempo al pueblo encantado.

Gennaro se asomó por el quicio de la cocina y me contempló. Me conocía y sabía que mi estado de ánimo había cambiado.

—Sí, claro. Tal vez cuando termine con las investigaciones podamos...

Noa me dejó con la palabra en la boca cuando frunció el ceño, me apartó con una mano despacio y dio dos pasos para salir del recibidor y acercarse al salón.

—¿Qué coño es eso, Beatrice...?

Gabriele puso sus manitas en mi rostro y las besé, contemplando de reojo la barbaridad que había montado en casa.

—Sé que parece el panel de un psicópata, pero...

Se giró como un vendaval y me miró con los ojos muy abiertos.

—¿Estás investigando a los Sabello?

—Mmm..., no exactamente.

—Beatrice, ¿me pides que extreme las precauciones con el niño, y tú tienes este cuartel montado en casa? ¿Te has vuelto loca?

Gennaro pasó por delante de nosotras, colocó la lasaña en la mesa y se giró para mirarme. En sus ojos iba implícito el «Te lo dije».

Draco pareció caer en la cuenta de que había alguien más en la casa, pero, como cada vez que venía alguna visita a quien no sentía como una amenaza, se levantó, estiró sus largas patas con tranquilidad y vino a nuestro encuentro para chupetear las manos de Noa y las botitas minúsculas del bebé.

—Deberíamos comer —rumió Gennaro para calmar el ambiente.

Me encaminé hacia el salón mientras veía cómo Gennaro se colocaba una camiseta que había dejado sobre el sofá. No tenía dudas de mi trabajo, de lo que hacía, pero aquellos ojos inquisidores me habían hecho pensar. ¿Estaría equivocándome?

¿ Sería yo una de las cientos de víctimas encontradas en una cuneta ?

¿ Me colgarían como hicieron con Lorenzo Soracco ?

Recordarlo me generó un escalofrío difícil de explicar, y eso que yo había formado parte de la caza de aquel engendro, ordenada por mis superiores. El Gobierno siempre mandaba más que la propia ley para no manchar su nombre, y mucho menos el del país.

De justicia hablaba yo, que pensaba tomarme la licencia de enmarronar a Valentino de la manera que fuese. ¿Eso significaba que era corrupta también?

« No. Eso significa que vive la misma oscuridad en ti ».

Me negaba a creerlo.

—Beatrice, dime que no es verdad. ¿Esta es la investigación que te tiene horas y horas sin dormir? —La señaló.

No contesté y buscó ayuda en mi futuro marido.

—¿Gennaro?

El nombrado asintió, con aquel porte chulesco y desenfadado que lo caracterizaba, comenzando a cortar la lasaña para servirla. Me senté a la mesa y coloqué a Gabriele en una de mis piernas.

—¿Por qué no aprovecháis esta comida para no discutir? —cuestionó intentando quitarle hierro al asunto.

—¡¿Discutir?! ¿Sabéis quiénes son los Sabello?

Bufé con sarcasmo. Y eso que no quería entrar al trapo.

—Mmm. Esto me ha quedado de vicio —comentó Gennaro, cuando se metió un trozo de comida en la boca.

—Tengo hambre. —La ignoré.

La rubia abrió los ojos en toda su amplitud.

—¡Estáis compinchados...! ¡No me lo puedo creer! —Miró el mapa de nuevo—. ¡Y tu cabeza de turco es Valentino! ¡Te has vuelto loca!

Solté el aire de manera ruidosa y golpeé la mesa con el tenedor que acababa de sujetar. Gabriele me miró con sus enormes ojos y le pedí perdón dándole un beso en la frente.

—¿Me lo dice la tía que se pasea con el hijo de uno de ellos?

—¡Yo estoy siendo cuidadosa! ¡Me voy del país! ¡Estoy en otro sitio! —se desesperó—. ¡Tú lo estás siguiendo! ¡Gennaro, di algo!

Mi prometido se metió un trozo de lasaña en la boca y sonreí. Él podría estar muy enfadado porque no le prestaba atención con el tema de la boda, a tan solo tres semanas de casarnos, pero me apoyaba de manera incondicional .

Y eso no se podía pagar con nada.

Masticó con tranquilidad, bajo la estupefacción de Noa, y dijo:

—Algo.

Aguanté otra risa.

—Como se entere Valentino de esto, te matará —murmuró, clavando la mirada en el mural.

Me mordí el labio inferior. Si no se había enterado ya... Preferí cambiar de tercio. No quería que nuestra última comida, de momento, terminase hablando de ellos, aunque sí me vi en la tesitura de devolvérsela, como siempre hacía:

—Como se entere Dante de que tienes un hijo suyo, te matará.