9El mapa #2
El timbre de la puerta nos sacó del mutismo en el que nos sumimos, todavía abrazados y sin intenciones de soltarnos.
De repente, las alarmas sonaron en mi cabeza como punzones incesantes.
Me temí lo peor.
¿ Y si era él ? ¿ Y si venía a terminar lo que había empezado en la celda, con otra de sus coacciones? Ni siquiera sabía qué sería lo siguiente, qué habría querido decir con aquella frase.
La puerta volvió a sonar con dos golpes más fuertes.
Creí que me ahogaba con mi propio temor.
¿ Qué excusa le pondría a Gennaro cuando Valentino apareciera allí ?
¿ Cómo iba a tener el valor de afrontar esa conversación ?
¡ Dios ! ¡ Estaba juzgándome por algo que ni siquiera había provocado yo !
« Pero te ha gustado, zorra ». Me golpeé mentalmente, tratando de sacar a esa bruja malvada de mi cabeza .
Tragué saliva cuando Gennaro me preguntó:
—¿No vas a abrir?
Cogí una buena dosis de aire y me preparé para enfrentarme a quien fuera que estuviera al otro lado de la puerta, no sin antes rezarle a todos los santos conocidos para que no fuese el mismísimo demonio.
« No puedes hacerme esto ».
« Soy Valentino Sabello, puedo hacer lo que quiera », recordé , y su voz se me clavó en las sienes, como llevaba haciéndolo una semana.
Di un brinco del susto cuando oí con claridad la voz desde detrás de la puerta:
—¡Vamos! Sé que estás en casa. ¡Tienes todas las luces encendidas!
Los hombros me cayeron a plomo por segunda vez y caminé a toda velocidad.
Mis pasos acelerados podrían pasar perfectamente desapercibidos para Gennaro, pues conocía la historia de la persona que había al otro lado y no sospecharía jamás del miedo —deseo— que me corroía por dentro al pensar que Valentino pudiera presentarse en mi casa.
Abrí de golpe, la sujeté del brazo y la metí de un tirón. No era seguro que estuviera allí. No conmigo, y ahora no podía contarle el motivo ni mucho menos.
—¿Qué haces aquí, Noa?
Noa Wood. La única amiga que había tenido de verdad desde que empecé en el mundo de locos de la policía, o, más bien, desde que me reclutaron en la brigada secreta de espías de Reino Unido.
El tiempo y los acontecimientos de la vida nos habían separado bastante, pero habíamos mantenido el contacto en la medida de lo posible.
Si mi vida era arriesgada..., la suya era como andar sobre una cuerda a veinte metros de altura.
Noa era la típica rubia explosiva de infarto, guapísima a reventar, con una altura envidiable para muchas modelos y unos ojos azules que te encandilaban en la distancia.
Continuaba siendo esa señorita refinada pero letal que vestía con tacones altísimos, pese a su metro setenta y cinco, con sus uñas largas y en pico perfectamente decoradas, y aquel estilo tan característico y elegante que solo Noa poseía.
Y sobre su pecho llevaba una mochila portabebés por la que yo sufría día y noche desde que nació, pese a que ella había tenido tanto cuidado que asustaba.
Asustaba, porque el bebé que se escondía en aquella mochilita se llamaba Gabriele, tenía once meses y era el hijo secreto de Dante.
De Dante Sabello.
El hermano psicópata de Valentino.
—Hola, ¿qué tal? ¿Habéis comido? —Olfateó el ambiente—. ¿Huele a lasaña?
Gennaro me adelantó por la izquierda. A mí todavía me latía el corazón muy acelerado.
—Sí. —Le dio un beso en la mejilla—. Y la he hecho yo. ¿Quieres quedarte a comer?
—¡Oh, sí! Me rugen las tripas. —Comenzó a quitarse la mochila, y yo me apresuré a coger a aquel bebé precioso y rechoncho.
El problema no era que Dante se encontrase a Noa con un bebé.
Él ya sabía que estaba embarazada, aunque no de quién.
Eso no se le había ocurrido contárselo. El problema era que, a pesar de que ahora Noa y mi anterior jefe, Aarón, compartían algo más que una relación de trabajo, Gabriele destacaba por algo muy particular.
No se parecía a Noa.
No se parecía a Dante.
Pero sí a otro miembro de los Sabello. De hecho, era exactamente igual.
—¿Se te ha ido la cabeza? ¿Pasas dos días en Italia y pierdes el cuidado? —le reproché.
Puso los ojos en blanco.
—¿Para qué te piensas que llevo toda esta mierda? —Se quitó el gorro y las gafas falsas. Las lanzó al recibidor. A ese donde Valentino había dejado su pistola—. ¿Te crees que me gusta disfrazarme?
—Pueden reconocerte —gruñí y me coloqué a Gabriele en la cintura, que ya me hacía fiestas para que le prestara atención.
—Voy a poner la mesa. —Gennaro nos dejó discutir alegremente.
— No —enfatizó—, va a reconocerme nadie, porque mañana nos marchamos a Castle Combe, ¿recuerdas?
Sí. Lo recordaba y me fastidiaba lo indecible.
Era consciente de que mi mejor amiga, una de las pocas personas que podía considerar familia, no estaría el día de mi boda.
De que ni siquiera podría tener una despedida de soltera porque estaba más sola que la una, y de que los únicos que me habían cuidado durante ese tiempo en la brigada de espías desaparecían como sombras que no podían ser vistas.