Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 9El mapa
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El mapa

Lo difícil de descubrir que te has obsesionado con algo es asumirlo.

Y yo caí una semana después, en mi propia casa, cuando me vi inundada de papeles y chinchetas por todo el salón.

« Acabas de firmar tu sentencia de muerte, lupina ».

No conseguía quitarme su voz de la cabeza. La había escuchado tantas veces dentro de mí que empezaba a preguntarme si aquel desgraciado me había dejado una amenaza o una maldita marca.

Suspiré y me dejé caer sobre el sofá, rodeada por mi propio delirio. Draco se subió encima para darme un lametón.

Había convertido el salón en una sala de investigación.

Las paredes estaban llenas de fotografías impresas de Valentino desde todos los ángulos posibles.

Algunas las había sacado de noticias antiguas; otras, de redes sociales, de revistas, de páginas italianas traducidas a medias y de vídeos cuya calidad era tan pésima que apenas se distinguía su rostro.

Había unido unas con otras mediante hilos rojos, negros y blancos, como si aquello fuese un caso sin resolver.

Y en el centro presidía una fotografía suya. No la más reciente. La más peligrosa.

Una en la que sonreía.

A partir de ahí, todo se ramificaba: su familia, con una ficha de cada miembro; los negocios que tenían repartidos por Italia y que yo suponía que eran tapaderas; otra pared dedicada exclusivamente a Sicilia.

Mapas, fotografías aéreas de la finca familiar, posibles entradas, equipos enormes de seguridad similares a los de un puñetero Gobierno...

Y después, preguntas. Muchas preguntas sin contestar.

¿ Estaba obsesionada? Sí , y lo peor de todo era que nuestro último encuentro me había puesto al límite . A ese en el que ya no distinguía la realidad del límite que no debía cruzar.

Me había humillado, me había callado para que se detuviera...

, y él... «Acabas de firmar tu sentencia de muerte, lupina».

¿Qué había querido decir con eso? No lo sabía, pero no iba a permitir que me matase antes de intentar meterlo entre rejas.

Debía limpiar la memoria de mis padres, hacer que descansaran en paz, vengarme y destruir todo lo que había creado.

Era irritante. Porque no importaba cuánto trabajara, cuántos informes leyera o cuántas horas estuviera revisando expedientes.

Siempre acababa regresando a lo mismo. ¡Y nada tenía sentido!

Si no había conseguido sacarle una confesión por las malas, tendría que intentarlo con todas las pruebas que pudiera.

—¿Preparada para la lasaña Capone?

Levanté la vista y sonreí brevemente.

—Siempre. Creo que me crujen las tripas.

—Normal. Llevas ahí tres horas. —Se miró el reloj de la muñeca—. Más o menos las tres que llevo yo en la cocina.

Mentiroso. Estaba muy guapo con aquellos guantes de horno puestos y sin camiseta, pese al frío que asolaba Italia esos días.

Gennaro se había escapado de sus competencias en Palermo hacía dos días, que eran los mismos que llevábamos encerrados en mi casa los tres.

Lo que venía siendo todo el fin de semana.

Se acercó a mí en silencio, sin quitarme aquellos ojos oscuros de encima. Yo miré el mapa que ocupaba prácticamente toda la pared.

Había empezado siendo una simple cartulina con cuatro nombres escritos a bolígrafo. Ahora parecía el tablón de un homicida obsesionado con su víctima, y no el de una policía justiciera. Si es que se me podía llamar así.

—Por más que lo intentemos, no nos lo aprobará. Lo sabes, ¿verdad? —Me abrazó por la cintura y besó mi cuello desde atrás.

—Pero si conseguimos algo más grande, quizá no le quede más remedio que hacernos caso.

—No hemos conseguido nada de La Nostra Famigghia. ¿Qué te hace pensar que van a tener algún cabo suelto del que podamos tirar?

Me quedé en silencio unos instantes, contemplando el mapa. Las chinchetas. Las uniones. Los hilos.

—No me cuadra… —murmuré—. Algo no me cuadra, Gennaro.

Llevábamos meses siguiendo sus movimientos en el estrecho de Mesina. Sabíamos cuándo aparecían sus lanchas. Cuándo desaparecían. Cuándo regresaban. Habíamos organizado vigilancias, controles, inspecciones sorpresa y registros judiciales.

Y nunca encontrábamos nada. Ni un solo kilo de droga. Ni una sola prueba.

Era como perseguir un imperio fantasma, algo que se había inventado el mundo para que los Sabello dieran verdadero miedo en Italia, pero que en realidad no era así.

Los registros mostraban una cosa; sin embargo, la lógica me decía otra.

No era posible.

Y Valentino seguía paseándose delante de nosotros como si disfrutara viendo cómo nos estrellábamos una y otra vez contra un muro. Sabiéndose intocable. Como todos, pese a que a mí el resto no me importaba. A mí solo me importaba él.

—Algo se nos escapa.

—Y estoy de acuerdo en ello, pero creo que estos días deberíamos haber aprovechado el tiempo para mirar los menús de la boda, confirmarlos...

Continué fija en la pared. Me acerqué, cogí otra chincheta y la clavé junto a una fotografía del puerto.

—Podemos verlo el lunes —le contesté como si nada y resopló.

—Bea. —El tono me indicó su molestia.

—Mira esto, Gennaro. Creo que tengo una pista.

Tracé una nueva línea hasta una empresa que había encontrado la noche anterior: «Cantieri Navali Sabello». Ahí lo había visto entrar solo dos veces, y nunca había salido. Fruncí el ceño.

—Bea. —El segundo toque de atención fue más contundente.

—Es un astillero... —murmuré confusa y me giré para ver a mi prometido con los brazos en jarra, el morro torcido y el gesto huraño—. ¿Qué demonios hace un narcotraficante con un astillero especializado en embarcaciones de lujo?

No me contestó. Insistió con el tema de la boda:

—Ni siquiera has llamado a mi madre para ir a por tu vestido de novia.

Me giré de nuevo hacia el tablón.

—He investigado durante horas todas las empresas y parece limpio. Demasiado limpio —musité y lo oí suspirar con fuerza.

En el caso de los Cantieri Navali, la facturación era impecable, tenía las licencias en regla, clientes reales, superyates, reparaciones de todo tipo, construcción naval.

Ni un solo movimiento sospechoso. Y, sin embargo, Valentino no parecía la clase de hombre que invirtiera millones en algo únicamente por capricho.

¿O almacenaba tantísimo dinero que no sabía dónde invertirlo?

No. Nada tenía sentido cuando él se dedicaba a meterse en los estrechos con aquellas lanchas.

Apreté los labios y me llevé los dedos a la boca en un tic nervioso.

Di gracias a que la pupa había desaparecido, al igual que el resto de mis magulladuras, de las cuales apenas quedaban marcas, gracias también a las enormes dosis de crema para los morados y gasas cicatrizantes para los cortes.

Sobre ellas, Gennaro había hecho algún que otro comentario y, de nuevo, tuve que mentirle.

Le dije que había tenido una reacción alérgica que había terminado provocándome aquellas pequeñas heridas en el cuello.

Y sus ojos me confirmaron que tampoco se lo había creído.

—Nos casamos en tres semanas, Bea.

Su tono abatido me hizo cerrar los ojos y girarme para mirarlo. No me gustó encontrarme con que del enfado había pasado a la tristeza y a una posible decepción. Hundí los hombros y me acerqué a él. Cogí sus manos, le quité los guantes del horno y se las besé con ternura.

—Me estoy convirtiendo en una de esas polis que salen en las series, ¿verdad?

—¿Te refieres a las insoportables psicóticas con su trabajo? —No cambió el tono. Asentí con una caída de ojos—. Correcto. Acabas de ganar en la tómbola.

Me mojé los labios y traté de disculparme.

—Lo siento. No quiero que discutamos, y mucho menos por ese miserable.

—Y yo no quiero que sigas haciéndote daño, Bea. —Tiró de mí para arroparme entre sus brazos. Me besó el pelo—. Sabes que voy a apoyarte. Hasta el final. Pero hay veces en la vida que tenemos que parar.

—Eso es rendirse. Tú me lo enseñaste —lo contradije.

Nos separamos para mirarnos demasiado cerca. Tanto que mi atención se marchó a esos esponjosos labios que acababa de saborear solo unos instantes antes, en la misma mesa donde repartía cuatro cuadernos con diferentes informaciones.

—Rendirse no es lo mismo que luchar en una guerra que no podemos ganar.

Me negaba a creerlo. Me negaba a tirar la toalla y a que todo ese tiempo no hubiera servido para nada. A tener que aceptar que aquel malnacido me hubiera... «No lo pienses».

No podía recordarlo, pues el simple hecho de que apareciese en mi cabeza incluso cuando me acostaba con Gennaro me mataba.

El astillero tenía que esconder algo. No sabía qué. Mi mirada descendió hasta otra de las cartulinas. En ella solo había escrito un nombre: la Mano di Caino.

Nada encajaba. Pues, debatiéndolo con Gennaro, haber encontrado aquel expediente en la carpeta de la banda no significaba que Valentino fuera quien la presidía, pero ¿no era del todo factible, siendo los líderes de la mafia en Italia?

¿Había dado por ciertas, quizá, más conclusiones de las que debía?

Y eso era precisamente lo que más me inquietaba.

Porque Valentino Sabello nunca daba un paso sin saber exactamente dónde iba a caer el siguiente.

Me giré y mis ojos se clavaron en el astillero como si tirara de mí ese hilo invisible, esa intuición que te susurra y te dice que es el camino acertado.

—Quiero saber qué demonios hacen ahí.

Gennaro siguió la dirección de mi mirada, dándose por vencido.

—¿En el astillero?

Asentí despacio.

—Si miramos solo hacia las lanchas, hacia la droga..., quizá el secreto nunca haya estado en el mar.

Hice una pausa tras esa meditación en voz alta.

Sentí esa punzada en el estómago que aparecía cada vez que estaba a punto de tirar de un hilo importante y supe a quién recurrir.

Porque, si alguien conocía los rumores que corrían por los muelles, los talleres y los callejones de Roma mejor que cualquier base de datos policial, era Elia Ferrante.

Y, por primera vez desde que había empezado aquella investigación, tenía la sensación de que las respuestas no las iba a encontrar en aquel laberinto en el que se había convertido mi salón.