8El palo #3
—Te ha ganado, san Valentino. El amor siempre gana.
Me mordí la lengua para no decirle que iba a rajarle el cuello, sobre todo porque mi padre estaba con la antena puesta y también lo había escuchado. El muy cabrón sonreía como el gran canalla que era mientras permanecía a la espera de que el resto saliera al jardín.
Tiziano fue el primero en poner un pie en el césped.
Iba con una silla y una manta en la mano para Adara, quien, muerta de la vergüenza como siempre, avanzó con los ojos cerrados y sujeta de la mano de Piero.
El abogado me miraba mal. ¿Por qué le había dado aquella tontería ahora?
¿Se habría coscado de mi escapada en mitad de la noche?
¿O se habría molestado por haber llamado a Enzo y no a él?
Otra pregunta siguió rondándome la cabeza: ¿dónde estaba Claudio?
—¡Dios santo! ¿A nadie le da miedo eso? —Mia provocó que volviera a la realidad y que el resto enmudeciera.
—¡Oye, pervertida! ¿Por qué le miras el cipote a mi hermano? —Romeo salió escupido del interior.
Mia lo contempló con las cejas enarcadas y le preguntó como si fuera idiota:
—¿Están todos en bolas?
—Por algo su sobrenombre es Anaconda —constató Dante con gracia y yo cerré los ojos con hastío.
La situación no me alteraba, era algo más sencillo: me daba igual que Mia me viera el nabo, me daba igual que los demás se cabrearan, que yo solo quería meterme en el salón y disfrutar de mi café caliente de la tarde, en silencio, mientras el resto hablaba.
Sí, el silencio y la soledad me acompañaban constantemente. Las personas calladas en grupo eran las más inteligentes.
—Deberías acostumbrarte a esto, bambina. El día que te toque a ti ponerte en el palo... —Vi las mejillas de Adara ardiendo y Tiziano cortó su discurso al saber que podría provocarle un infarto con solo pensarlo—: Il papà no te haría eso. ¡Claro que no!
Rio con falsedad buscando al susodicho, quien se encontraba con cara de todo lo contrario.
El capu siguió a lo suyo, diciéndole a su mujer que sería incapaz de atarla desnuda, y le susurró algo como que entonces sí tendría que enfrentarse a sus cuchillos.
El resto empezó a cacarear, incluido el patriarca de la casa. Lo dicho: aquello era una escuela.
Entonces la mamma se sobrepuso por encima de todos con tono autoritario:
—Viene la abuela.
« La abuela », me dije con el mismo hartazgo que reflejaba la cara de mi padre.
Y no, no se habían llevado bien nunca y nunca había aprobado que mi madre se mezclara con un gitano callejero que, encima, vendía como un camello .
El punto de vista de la vieja cambió cuando Claudio Sabello se convirtió en el hombre más temido de Italia .
Sin embargo, la relación volvió a torcerse y se tornó mucho más reacia cuando mi abuelo, Benedetto Rossi, murió a manos de Luciano Rinaldi. El enemigo más grande que mi padre tuvo en sus tiempos.
—¿Qué abuela? —Fue la primera pregunta absurda que escuché. No teníamos más abuelas.
Il papà suspiró mirando a Romeo.
—¿Cómo que qué abuela? —cuestionó la mamma.
—Ay, Antonella... —Ahí estaba. Ese tono de mi padre, tan egocéntrico y cabrón como el que teníamos todos los Sabello—. De los ocho hijos que tenemos, ocho son subnormales.
Tiziano y Dante rompieron en una carcajada. Muy en su línea. Enzo mal disimuló que iba a reírse y Romeo resopló y dijo:
—¡No me lo puedo creer! ¿Qué quiere ahora? ¿Cómo que viene?
—Está mayor.
—Mayor mis cojones —la interrumpió il papà y se ganó una mirada reprobatoria. Le pidió perdón con una mano alzada para que siguiera.
No comprendí ese temor en la mirada de la mamma hasta que comentó:
—El caso es que..., bueno, me ha pedido que, como va a pasar unos días aquí —il papà rugió. Eso no eran días, eran meses—, lo mismo estaría bien intentar juntar a la familia.
Y eso último lo musitó.
Todos nos miramos. Los que pudimos, porque a Dante y a Alessandro no los veía.
—¿Qué familia? —Fue la única pregunta que hice durante toda la conversación.
Nuestros progenitores se miraron con pesar; los hermanos lo hicimos entre nosotros, incluyendo en esa tanda a Mia y a Adara, que había abierto los ojos y solo contemplaba a los que estaban vestidos.
—Os conté hace años que tenía cinco hermanos —comentó il papà y se rascó la nuca.
—Y también dijiste que eran todos unos hijos de puta —puntualizó Tiziano.
—Y que si te los volvías a encontrar, como mínimo les sacabas las tripas —atizó Alessandro.
—Exacto. Pues esos hijos de puta no son.
Solté el aire contenido cuando el patriarca respondió. El resto también lo hizo. Lo que me faltaba era otra reyerta familiar cuando ni siquiera los conocíamos.
El suspiro de la mamma se llevó toda mi atención, también la del resto cuando anunció:
—Yo nunca os he hablado de que en casa siempre hemos sido tres hermanos. —El silencio podía cortar el aire—. Fiorella, yo y Paolo. En ese orden.
Mi padre exhaló con fuerza por la nariz y dictaminó:
—Y ha llegado el momento de hacer una reunión familiar. Porque esos cabrones también son mafiosos y operan en Italia.