Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 8El palo #2
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8El palo #2

Tenía las pruebas de Romeo. Lo que había encontrado.

Beatrice solo conocía que nuestra red en Roma traficaba con algo, pero no con qué.

Ella imaginaría que era con droga, aunque nada más lejos de la realidad.

No sabía que debajo del puerto había miles y miles de litros de gasolina de contrabando que podrían reventar el puerto entero y gran parte de Roma.

Aprovecharía muy bien el vídeo de las grabaciones de su casa.

Había ubicado perfectamente la posición para que no pareciera un abuso, sino una mamada en toda regla.

Por supuesto, Enzo se había quedado con la parte que quería, la que no me incriminaba y la justa en la que yo apartaba la pistola de su cabeza.

Había pensado hasta el último detalle. También había dispuesto de tiempo de sobra en la celda.

Y ahora Beatrice estaría atada de pies y manos.

La fecha de su boda era muy próxima. Me habían bastado dos llamadas y una búsqueda fructífera de Enzo para averiguar hasta el número de pie de Gennaro Caputo.

¿Qué supondría para una persona descubrir lo mucho que le ponían aquel tipo de situaciones?

¿Qué supondría, mejor dicho, para su prometido, descubrir que había estado en los brazos de otro hombre?

Me relamía con solo imaginarlo.

De aquella zorra lo sabía todo desde hacía mucho tiempo. Concretamente, desde que la vi por primera vez en la dichosa fiesta de los Rinaldi, cuando estalló una de las mayores guerras entre familias italianas.

Aquello era la punta del iceberg, pues cuando hubiera conseguido someterla hasta que sangrara, pensaba destruirle la vida para que no tuviera intenciones de meterse conmigo de nuevo.

Una mano se movió frente a mí, de un lado a otro. Enfoqué la vista. Ni siquiera sabía en qué momento había llegado Tiziano.

—A veces te quedas tan ido que me asustas.

Los demás seguían con su particular parloteo detrás. No me enteré de nada. Cabeceé en dirección a Tiziano, a la espera de que hablase o repitiese lo que me había dicho. Se sentó en el césped, sacó su particular navaja y comenzó a moverla entre los dedos.

—¿Por qué nuestra poli amiga te ha metido en el calabozo?

—Es tu amiga. Pregúntaselo.

Sonrió perverso.

—¿Seguro que quieres que se lo pregunte yo?

Era un cabronazo de los grandes. Sus ojos, tan iguales a los de la mitad de los Sabello, marrones y profundos, se quedaron clavados en mí como si me estuvieran leyendo. ¿Era posible engañar al capu? ¿Al hermano que siempre había ido un paso por delante del resto?

—Si te hace especial ilusión, adelante —esquivé la respuesta.

Cabeceó quedo y cogió aire.

—Confío plenamente en tus capacidades, siempre lo he hecho. —No apartó la mirada psicótica de mí. Se fue levantando cuando la mamma salió—. No te metas en problemas que después tenga que resolver yo con una bala aquí.

Me tocó la frente. No se refería a mí, se refería a ella y no lo comprendí. ¿Qué iba a importarme a mí que acabara con su vida? No entonces, por supuesto; en aquel momento quería destriparla yo. Se separó para dejarle espacio a la verdadera reina de los Sabello.

—Os pido que vengáis a casa, ¡y esto es lo que me encuentro!

Aquella sí que era la mujer de mi vida, mi ejemplo a seguir. Antonella Sabello era la más especial de mi mundo. La que mejor me comprendía en cualquier circunstancia, aunque era cierto que no podía contarle lo maquiavélica que estaba siendo la mente de su hijo.

No iba a asustarse. Ella había sobrevivido y se había enfrentado a situaciones peores. Convivía con un demonio de la mafia, y prefería no saber cómo aconteció esa unión. Habían ido soltando detalles a lo largo de nuestras vidas. Innecesarios y nada aptos para mis oídos.

A la mamma la tenía en un pedestal. Todo el que le hubiera hecho daño, incluido il papà, como mínimo tendría que estar con la cabeza clavada en una pica.

Se aproximó determinante hasta que llegó a mí. Sobraba decir que a ninguno nos daba vergüenza que nos viera como nos trajo al mundo.

—¿Dónde está tu cadena?

Un nudo me constriñó el pecho.

« La cadena ».

De repente me faltó el aire, como si aquella cruz que pendía del cuello de los ocho me fuese imprescindible para respirar. ¿Dónde estaba?

—La he dejado en mi casa.

—¿Te la has quitado? —Se extrañó con razón.

No nos quitábamos la cruz ni siquiera para dormir. Una costumbre que nos había inculcado desde pequeños, pues la mamma nos aseguró que nos protegería de los monstruos, del infierno y de las personas que quisieran hacernos daño.

De los monstruos me lo creía: éramos nosotros.

Y el infierno lo sembrábamos por donde pasábamos.

—Sí. La limpié y me la dejé en la mesita.

No lo dijeron, pero en el fondo todos me llamaban mentiroso en silencio.

¿ Dónde estaba mi cruz?... Entonces , como un fogonazo, regresó el recuerdo. La lancha, la pelea, yo quitando la anilla de la granada y... la muy puta arrancándome la cadena del cuello antes de saltar por los aires.

Si se había caído al mar, la habría perdido para siempre .

Eso me ocasionó un nudo más grande en el pecho. Uno, porque la había perdido; y dos, porque le estaba mintiendo a mi madre.

—Ah, pues... —pareció confusa. Me dio unos golpes suaves en el pecho—, no te olvides de ponértela. Dios, estás helado.

Sonreí con ternura cuando Dante se quejó:

—Como todos, mamma, como todos.

—Es que ella solo tiene ojos para su Valen —dijo con tono infantil resabiado Alessandro.

De reojo vi que Enzo, que era quien estaba a mi derecha, se reía. A Dante y Alessandro les había tocado en los palos de atrás. Mi madre levantó una mano de uñas verdes perfectas, al igual que el conjunto de dos piezas que llevaba ese día, y añadió:

—Siempre estáis igual. —Las protestas continuaron, pero ella retomó su atención íntegra en mí—. Valentino, no le pongas las cosas tan difíciles a tu padre. Hazlo por mí.

—No he hecho nada —le contesté con la mirada fija en ella.

—¿Y por qué apagaste el localizador? Fue la única norma que pusimos: prohibido apagarlo.

—Es posible que le diera sin querer —le mentí usando su mismo tono suave.

Suspiró y me contempló con devoción, ahora pasándome las manos por los antebrazos, intentando quitarme el frío.

—Pues habérselo dicho en vez de quedarte callado.

—No deja que nadie se explique —rebatí.

—Y tú acostumbras a callarte demasiadas cosas. Y mira cómo estás. —Movió la mano señalando el poste.

—¡Estamos, mamma! Es-ta-mos —recalcó Dante.

La risa de Enzo se hizo eco de manera ronca. No tardó ni un segundo en rebatirle:

—Tú has llegado tarde, así que ¡cierra la bocaza! —Negó con la cabeza y regresó su atención a mí—. Me tiene contenta este también. A ver si vienes más a casa, ¿vale? Quizá si pasarais más tiempo juntos ...

Il papà, que permanecía en el quicio de la puerta de la cocina, como el resto de los hermanos que faltaban, salió hecho una furia y enfiló sus pasos al galope para ladrar, como le gustaba hacer de vez en cuando:

—¡Te está mintiendo en la cara!

La mamma puso los ojos en blanco y lo miró.

—No empecemos —le pidió ella.

—¡¿Es que no lo ves?!

Un «No, no lo ve», de Alessandro, se escuchó en la parte trasera. Quise ahogarlo. Gracias que tenía las manos y los pies ocupados con las cuerdas.

La mamma colocó los brazos en jarra, elevó un dedo amenazante y sentenció:

—Bueno, si el bambino dice que le ha dado sin querer, habrá sido sin querer, digo yo.

—A mi padre casi se le salen los ojos de las órbitas.

Aguanté la compostura cuando fue a intentar interrumpirla y ella lo amenazó con los ojos de manera directa—.

Además, hoy hace mucho frío para que esté...

estén —se corrigió y apreté los labios conteniendo la sonrisa— en la calle.

Tenemos que hablar de cosas más importantes.

—Se piensa que soy gilipollas y que he nacido ayer —gruñó.

—No, cariño. Tú has nacido hace muchos años. Lo que pasa es que Valentino es especial —le dijo la mamma, sobándole el brazo. Se lo estaba llevando por donde le daba la gana.

Desde la cocina, Piero me contemplaba con los brazos cruzados en el pecho y los subtítulos saliéndole por la frente.

Fue Tiziano el que hizo un comentario por lo bajo que escuché: «Vilintini is ispiciil».

Adara y Mia se taparon la boca para ocultar la risotada que escuché, de espaldas a la puerta y sin mirar hacia fuera.

Romeo negaba con la cabeza, dándome a entender que como siguiera enredando la bola iba a terminar mal.

Éramos un puto patio de colegio cada vez que nos juntábamos .

—¡No me manipules, mujer! —Il papà me fulminó con la mirada. Observé a Enzo de refilón, quien no perdía detalle—. Se piensa que por estar callado va a conseguir más.

Puse cara de pasa arrugada y mi padre entrecerró la mirada y el puño. Iba a atizarme. Lo olía en el ambiente, como decía Tiziano.

La mamma sujetó ese puño.

—No lo comprendes. No haces por entenderlo y te comportas así. —Señaló nuestras posiciones en los palos.

Il papà se echó un poco hacia delante, intimidante. La mamma arqueó una ceja con advertencia. Su carácter de matriarca iba a hacer aparición de un momento a otro.

—¿Estás diciendo que no apruebas mis castigos?

—Claudio Sabello... —Sujetó las solapas de su chaqueta y las colocó con un poco más de fuerza. Deseé que lo estrangulara con la tela—. Yo siempre voy a aprobar lo que hagas. ¡Así que todos fuera, que tengo que hacer la cena!

Tras ese último grito, que avisó de que el resto de los habitantes saliera, hundí los hombros y mi padre me contempló victorioso. Entrecerré la mirada y escuché a Dante, picón: