8El palo
El palo
Aterrizar en Catania, al lado de la casona familiar, era cuanto menos reconfortante.
Hasta que atravesabas el helipuerto privado de los Sabello, dejabas el bosque y los acantilados a un lado, te metías de lleno en el casi castillo que se ocultaba en las montañas de la isla y veías la figura de un ser todopoderoso con un traje de tres piezas, las manos entrelazadas por delante del vientre y la mirada aniquilante en tu dirección.
Il papà.
La conversación acalorada que tenía con Alessandro se cortó de raíz. Sobre todo cuando nos miró con cara de «Nos la vamos a comer». No mostré ningún gesto.
Claudio Sabello mantenía su pelo negro repeinado hacia atrás, la postura firme de un hombre curtido en años y sus ojos, tan verdes, relucían como el cristal de una botella rota.
—Es el nuevo comité de bienvenida —gruñó Enzo.
Il papà no le respondió. Adiviné lo que venía, sin necesidad de hacer preguntas. Ni siquiera me dio tiempo a fijarme en las obras casi terminadas de la casona, como nosotros acostumbrábamos a llamarla. A la mamma se le había ido la cabeza.
—Llegáis tarde. Y no debo recordaros que la puntualidad es una virtud que pocos tienen.
Su tono duro provocó que alzase las cejas.
—¡Son las cinco en punto! —berreó Enzo.
—Taaardeee —canturreó una voz familiar por detrás.
Aguanté la sonrisa cuando vi a nuestro capu, con mi cuñada sujeta por los hombros y una enorme barriga que no recordaba tan gigante.
Esta traía cara de circunstancia. Tiziano estaba casado con Adara.
Ambos vivían cerca de la casona familiar, en una especie de castillo alejado de Catania, en las montañas y cercano al mar, con mis dos sobrinas de dieciséis meses: Valentina y Galena.
Y qué orgulloso me sentía cada vez que miraba a aquella pequeña, pues sabía que llevaba su nombre por mí.
Adara siempre me había tenido en alta estima, y yo a ella, aunque no se lo hubiera demostrado desde el principio.
Y ahora iba a ser tío de nuevo.
En dos meses se suponía que nacería Idara, la tercera de aquellos dos.
Era tío por cuarta vez porque mi hermano Romeo, el cuarto en la dinastía, era padre de Elisabetta. Una bebé mulata de solo seis meses que nos tenía locos a los ocho. Vi al nombrado asomarse con su mujer por la puerta de la casa. Movieron la mano a modo de «Os va a caer la del pulpo».
Pensándolo bien, ni siquiera sabía cómo era capaz de haber creído en una maldición con la familia que estábamos montando. Oí de fondo la voz de Enzo, quien no paraba de renegar con Tiziano:
—... ¡Me vas a decir que llego tarde! ¡Anda y que te la pele un mono, tronco!
Adara trató de mediar:
—Bueno, yo creo que es mejor que vayamos dentro y... —Miró a Tiziano; más bien lo pellizcó en el antebrazo para que dejara de cizañar .
Il papà continuaba imperturbable. Quizá la mitad de mi carácter había salido un poco a él, aunque nunca hubiéramos sido demasiado afines.
—No has contado con imprevistos, con que podrías haberte partido la otra pierna —Adara le pegó en el pecho con mala leche—. ¡Oye! ¡Que tu marido soy yo, bambina!
—Eres un picón —le susurró.
—Y tú eres la mujer más bonita que ha visto Italia y este hijo de puta. —Mi padre gruñó, sin desviar los ojos de mí—. Vámonos, que por aquí tienen para rato, y yo le cedo el puesto de capu a il papà durante el tiempo que quiera.
Y se marchó, tan campante como había llegado. Adara se volvió a medio camino y me pidió calma con una mano. Eso quería decir que la bronca era íntegra mía.
—¿Cómo desconectaste el localizador?
Y ahí estaba.
No separé los labios. Alessandro me contempló desde atrás, con las manos cogidas a la espalda y la mirada suplicante para que no metiera la pata.
Ni siquiera teníamos un plan, pero aquel interrogatorio era como otro cualquiera: si no contestabas, no había delito.
Y el silencio era la mejor arma que existía.
—¿Quién te dijo cómo se desconectaba? —insistió.
—No sé de qué me hablas —le dije despacio, dándole una señal de confianza que no se creyó.
Dio unos pasos firmes, casi sin hacer ruido por el césped, y se detuvo cuando estuvo a mi altura. Era solo dos dedos más bajo que nosotros.
—¿Tampoco sabes por qué has estado una noche entera en el calabozo?
Cerré la boca. Advertí la figura de Piero desde el otro extremo de la casa. Me observó, claro. Ese cabrón sí lo había contado, imaginé que porque no le había quedado más remedio.
Cuando la policía vino a mi casa pulsé dos veces el localizador. Aquello lo habrían visto todos.
—Me hicieron un registro en mi casa.
Enarcó una ceja.
—Y te llevaron al calabozo, lo sé. Me lo ha contado Piero, que es quien te sacó. —Se hizo un largo silencio que pesó más que nosotros—. Pero ese cabrón me miente. Y tú. Y tu hermano —cabeceó hacia Enzo y se giró hacia Alessandro—. Y este hijo de puta también.
—Con la mamma, no... —lo advertí, muy en mis trece de que nadie se pasara con la madre que me parió.
A ella sí le rezaba. Era una bendita que no nos merecía a ninguno.
Il papà acercó la cabeza hasta casi rozar mi frente, me atravesó con la mirada y sentenció:
—Al palo.
Ni lo cuestioné.
Mientras resoplaba, yo mantenía los labios sellados y perdía de vista a mi padre con un último vistazo torcido. De esos que los hijos no deben echar a sus padres si pretenden conservar todas las partes del cuerpo.
—¿Qué? Pero ¡¿no hemos venido para algo importante?! ¡Qué pollas de palo y palo! ¡Yo no he hecho nada!
La amenaza del patriarca no tardó en sobreponerse a las quejas de Alessandro.
—Una mirada más, Valentino, y te vacío las cuencas de los ojos.
Sabía Dios que con él tenía que armarme de paciencia.
Y eso era algo que llevaba mal. Muy mal.
Apreté los puños y caminé dando largas zancadas hasta llegar a la parte trasera de la casona, sin echar la vista atrás cuando oí que un coche derrapaba en la entrada, junto a la fuente de las sirenas y más criaturas que a veces imponían con solo contemplarlas.
—¡Perdón, perdón! Ayer me lie a trabajar hasta tarde, y mamma mia! ¡Que se me han pegado las sábanas a las cinco de la tarde!
—A trabajar... —rumió Enzo por lo bajini, siguiéndome el paso.
Si a Tiziano le faltaba un tornillo, a Dante le faltaba una ferretería entera.
Ya de por sí estaba como una regadera, y con los años iba a peor.
No había persona más histriónica que él.
Bien era cierto que habíamos empezado a cuestionarnos que la coca lo estaba dejando tocado del ala, pero no había manera de que se desenganchara de aquella mierda.
Solo nos quedaba contárselo a nuestros padres. Y eso podía suponer una guerra.
—Al palo.
No me giré para ver la cara de horror de Dante, pero la intuí por el tono.
—Pero ¡¿yo qué he hecho?!
—Pues llegar tarde, cipollo —le contestó Alessandro, llegando a su poste de madera.
El palo. Dícese de un enorme tronco de madera que nuestros padres tenían en la parte trasera del jardín como si fuera una figura de mármol decorativa, solo que con la diferencia de que ahí ataban a sus hijos, algunos con cuarenta tacos largos, durante lo que podían ser minutos, horas o días.
Sí, días, y daba igual que estuviéramos en pleno invierno y se nos fueran a quedar los huevos como dos canicas, tal y como decía Romeo, el más renegón en lo que al palo se refería.
Porque lo más gracioso de todo era que nos ataban en pelotas, indistintamente de que ya hubiera mujeres en la casa que no debían ver todos los rabos de los Sabello.
Deseé con todas mis fuerzas poder atar a mi padre a un poste. Aunque solo fuera una vez y por resarcirme. Iba a tenerlo dos días a la intemperie.
Me deshice de la camiseta, me bajé los pantalones con los calzoncillos sin rechistar y me quité los zapatos. Aparté el montón de ropa a un lado, me giré y esperé a que llegara el susodicho que puso su esperma para que yo naciera.
Fui el primero, claro.
—Hay ola de frío y esta noche llegaremos a dos grados bajo cero. —A alguien se le cortó la respiración, no identifiqué a quién—. Así que, piénsalo bien.
Sujetó las cuerdas gruesas y rasposas con saña, me ató las manos por detrás de la espalda y después los pies. Enarqué una ceja al observar la puerta de la cocina, que era la que daba a esa parte de la casa.
Allí, como acostumbrábamos a hacer desde bien pequeños, se encontraban el resto de mis hermanos en el marco de la puerta, cotilleando. Adara y Mia no estaban. Y entonces conté que me faltaba uno: Claudio. ¿Dónde estaba Claudio?
La puntualidad era uno de los fuertes del todoterreno de esa familia, pese a que últimamente no hablaba mucho con él y lo veía más disperso que de costumbre. No atravesaba una buena racha, e imaginé que el motivo se llamaba Dom y su paradero desconocido.
Terminó de atarnos a los castigados en menos de un pestañeo, como si llevara toda la vida haciéndolo. Véase la ironía. Se giró sin mirarnos y desapareció por la puerta de la cocina, donde segundos antes el resto había escondido sus cabezas para que no los pillara.
—¿Qué habéis liado ya? —se interesó Dante.
—¿Has dormido con un polvorón? —Enzo se metió con él.
—¡No jodas! —Me observó suplicante. Yo continué mirando al frente, aunque lo veía de reojo—. ¡Valentino! ¡Macho, hazme caso! Dime que es mentira.
Giré el rostro lentamente.
—Tú sabrás si has acabado la época navideña.
Puso los ojos en blanco e intentó volverse hacia Alessandro. Los oí de fondo. Muy de fondo. Como cuando Piero me hablaba. Y no quería ponerlo de ejemplo siempre, porque parecía el ignorado. No era así. Simplemente me sumergía en mi mundo, en mis pensamientos y en mis planes.
Debía llevar a cabo tantas cosas que se me amontonaban que, en ese momento, estar perdiendo el tiempo atado a un palo, en Catania, no era la mejor opción. Solo le había contado mi plan a Enzo y, hasta el momento, ahí debía quedar. Cuanta menos gente lo supiera, mejor saldría todo.