Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 7El astillero #3
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7El astillero #3

En una inmensa instalación excavada bajo el puerto, sostenida por pilares de hormigón capaces de soportar el peso de miles de toneladas de agua y acero.

El techo se perdía entre vigas metálicas y potentes focos industriales que bañaban el lugar con una luz blanca y fría.

El eco de los motores, las órdenes de los hombres y el chapoteo constante del agua componían una melodía que siempre me había resultado reconfortante.

A veces, más incluso que los motores y la grasa del taller.

Frente a nosotros se extendía un enorme canal interior comunicado con el mar a través de galerías inundables. Allí descansaban nuestras lanchas, alineadas como soldados esperando una orden. Eran rápidas, silenciosas y preparadas para desaparecer en cuestión de segundos.

En ocasiones permanecían en fila, listas para zarpar, y otras veces se encontraban ocultas tras los enormes portalones de hormigón armado a ambos lados del canal. Y todo ello por un motivo de peso.

A veces, la bestia parda debía salir.

Más al fondo, oculto tras un gigantesco portón estanco, se encontraba el acceso reservado para la joya de la corona.

Solo unos privilegiados sabían que existía.

Cuando aquel dique se abría, el agua inundaba la cámara y permitía la entrada o salida del que llamábamos Kraken.

Un submarino del que nadie desde el exterior podría imaginar que se escondía allí.

Y ese submarino ya había navegado los mares en más de una ocasión, con Tiziano al mando de la operación. Ahora había mejorado. Ahora era imparable.

El mundo conocía a los Cantieri Navali Sabello, pero no el imperio que había bajo sus pies. Ni siquiera la lerda de Beatrice Costa y, allí, a aquella zona, no permitiría que llegase.

Antes la destrozaría.

—Para que luego digan que mucho músculo y poco cerebro —musitó Enzo, tan absorto como cada vez que bajaba—. Es impresionante, colega.

Los ojos me brillaron con la tranquilidad del agua y la inmensidad del lugar.

—Los ingenieros construyeron un submarino, y el capitano lo ha convertido en el Kraken —chuleó Donna, con una mano apoyada en su cintura.

Dio dos golpes en la barandilla y movió la cabeza para que siguiéramos hacia abajo.

—¿Lo ha visto Tiziano? —preguntó Enzo, sin dejar de mirarlo. Seguí a Donna.

—No. Cuando lo haga, le dará una de esas embolias suyas.

—Es para correrse —murmuró.

—Intenta no manchar el suelo —me burlé y avancé hacia él.

Donna nos esperó detrás, ejecutando las órdenes que vio pertinentes con el resto de los hombres que trabajaban allí.

No solo estaban los empleados del astillero profundo —diferentes de los de arriba—, allí abajo había más personal con grandes armas, dispuesto a matar si alguien se saltaba las normas.

Sobraba decir que toda esa gente conocía perfectamente para quiénes trabajaban y cómo debían mantener los labios sellados si querían seguir respirando.

Apoyé la mano sobre el casco negro del Kraken y dejé que los dedos recorrieran lentamente el acero. Estaba frío. Vivo. Casi podía sentir el latido de cada una de las modificaciones que había incorporado con mis propias manos.

Era una obra de ingeniería, pero, sobre todo, era mi obra. Le había dedicado tantas horas que había perdido la cuenta y quizá un poco el sentido.

Lo había desmontado hasta dejarlo reducido a un esqueleto desnudo y, pieza a pieza, había vuelto a darle forma.

Sustituí motores, reforcé el casco, rediseñé los compartimentos, mejoré los sistemas hidráulicos y transformé cada rincón hasta convertirlo en algo que ningún ingeniero habría imaginado jamás.

El Kraken ya no pertenecía a quien lo había construido.

Me pertenecía a mí.

Su casco mate absorbía la luz de la inmensa nave subterránea, haciendo que pareciera surgir de las profundidades como la criatura mitológica de la que había heredado el nombre.

No era especialmente elegante. Tampoco pretendía serlo.

Cada remache, cada soldadura y cada plancha de acero estaban ahí por una razón. La belleza residía en su funcionalidad.

Recorrí con la mirada la torreta, los mástiles retráctiles y las hélices carenadas que apenas emitían ruido bajo el agua. Había invertido años perfeccionando aquel monstruo hasta convertirlo en un fantasma. Apenas dejaba firma acústica. Apenas dejaba rastro.

Como yo cada vez que entraba en el mar.

Sonreí con orgullo al observar la enorme compuerta estanca que comunicaba el dique con el túnel submarino.

Bastaba una orden para inundar la cámara, abrir el paso al mar y dejar que el Kraken desapareciera bajo las aguas del Tirreno sin que nadie imaginara que, a escasos metros del puerto de Fiumicino, dormía semejante bestia.

Muchos hombres soñaban con dejar un legado.

El mío tenía cuarenta metros de acero, olía a aceite de motor y era capaz de cruzar el mar sin que nadie supiera que había existido. El Kraken no era una máquina.

Era el único ser al que había llegado a admirar casi tanto como a mí mismo.

Y estaba preparado para una de las mayores operaciones clandestinas de nuestra historia.