7El astillero #2
—Igual que sé que hay una zorra que quiere buscarte problemas y que es la misma que te ha metido en ese calabozo. —Se acercó de manera peligrosa. Todavía no estaba de frente a ella, sino de medio lado. Me tocó la mejilla, justo donde tenía un pequeño cardenal—. ¿Esa puta te ha hecho esto?
La miré con seriedad. Sin moverme.
No se inmutó.
—Tus gaviotas hablan mucho.
—Mis gaviotas son rápidas, como el viento —murmuró, sin apartar la mano de mi mejilla.
La atrapé con fuerza de la muñeca y tiré de ella hasta acorralarla entre mi cuerpo y la mesa. ¿Quizá Enzo habría olido su deseo desde que me vio? Eran los gestos. La delataban.
—Pues espero que las tengas bien adiestradas para saber a quién le dan la información.
Sonrió con malicia, se soltó de mi agarre con un tirón suave y paseó la mano por mi pecho.
—Mis gaviotas no quieren despertar con un tiro en la frente. ¿Te han fallado alguna vez? —cuestionó, susurrante—. Y a esa poli me la cargo en cuanto me des permiso, mi capitano.
Sujeté esa mano trepadora con más fiereza, me acerqué a ella y, cuando estaba a un palmo de su rostro, le advertí con una amenaza clara:
—Esa poli es mía, Donna.
«Mía».
La palabra resonó en mi mente como si tuviera un martillo. Fue entonces cuando una pierna se estampó contra mi culo y me pegó a ella. Esbozó una sonrisa perversa al ser consciente de lo duro que estaba. Me ponía mucho, sí. ¿A quién no le pondría una mujer como ella?
—Pues que aparte sus manazas de ti, o se las corto. —Sobrevoló mis labios.
—Donna... —Fue una segunda advertencia.
—Solo estoy protegiendo a mi jefe —se excusó.
—Tu jefe sabe protegerse solo —le dije serio.
—Mmm... —Paseó la punta de su lengua por mi labio inferior y lo mordí.
La solté, con la sangre acumulada en la polla y, como cada vez que echábamos un polvo, le repetí:
—No podemos seguir con esto.
Me dio otra patada en el trasero, esa vez más fuerte. El tirante se le cayó hasta el codo.
—¿El qué? —se interesó con voz ronca, comenzando a deslizar la lengua por mi mentón.
Contuve el aire al sentir una de sus manos trasteando con mi pantalón hasta colarse dentro. Apreté las muelas cuando llegó al sitio deseado.
—He venido a hablarte de asuntos serios —rugí y jadeé cuando deslizó la piel de mi falo hacia atrás.
No había mucho margen de maniobra si lo tenía escondido dentro del pantalón.
Sus ojos marrones me buscaron y me observó a través de sus largas pestañas.
—Y te he escuchado. Ya sé lo que tengo que hacer cuando salga por esa puerta. Soy una mujer muy eficiente.
Mis ojos gélidos se clavaron en ella. Le solté la muñeca que aún tenía apresada, la sostuve de la cintura y la junté a mi pecho. No entraba ni una brizna de aire entre nosotros.
Volví a recordarle lo mismo de siempre:
—No voy a darte más de esto, Donna.
Sus labios contuvieron una risa.
—No te lo he pedido.
Bajó mi pantalón y liberó mi miembro. No aparté la mirada de ella mientras se deshacía de una pernera del mono por medio de la cremallera lateral de la prenda, sacaba un condón del bolsillo y lo abría.
—No puedes enamorarte de mí.
—No estoy enamorada de ti, capitano —bisbiseó poniéndome el preservativo.
Mentía.
—Soy un monstruo, Donna.
—Eres un depredador. —Apartó su ropa interior y se colocó sin mi ayuda. Agarró mi trasero y empujó su pelvis a la vez, penetrándose—. Y estás en lo alto de la cadena.
—Nunca voy a regalarte flores, ni a llevarte a cenar ni a preocuparme por ti —dictaminé serio.
Apreté las muelas cuando su coño me absorbió por completo. Si de algo entendían nuestros cuerpos, era de esa unión que nos volvía frenéticos cada vez que se encontraban.
Tampoco recordaba el momento en el que aquello se nos fue de las manos. Solo sé que estábamos en un trabajo y que, al terminar, nos miramos y nos dejamos llevar sobre la lancha en la que viajábamos.
Sin más.
Sin explicaciones.
Y, al día siguiente, todo tan normal. Como si no hubiera pasado.
Pero aquellos encuentros fueron siendo más frecuentes: al principio, con lentitud, comedidos, como si ninguno quisiera cruzar la frontera; después, ocurrieron cosas tan simples como preguntarle si tomaba algún tipo de anticonceptivo.
Sin embargo, cuando sucedía algo medianamente grave, enseguida apreciaba la preocupación en su mirada.
«¿Esa puta te ha hecho esto?». «Me la cargo en cuanto me des permiso, mi capitano».
No estaba protegiendo a su jefe. Estaba protegiéndome a mí. A Valentino.
Y, aunque fuera un ser sin alma, no deseaba que le ocurriera nada malo.
No le regalaría flores ni la llevaría a cenar.
No sería el padre de sus hijos, pero sí había mentido en algo: claro que velaría por ella, como hacía con todos mis hombres.
Y claro que la protegería y procuraría mantenerla a salvo.
Ella era la reina de las olas. Mi reina de las olas. Mi mano derecha.
—Yo solo quiero que me folles duro. —Jadeó, sacándome de mis pensamientos.
Clavé los dedos en sus caderas, apreté con fuerza y la embestí con rabia.
—Tú has empezado esto. Tú lo acabas.
Sonrió perversa, clavó los talones en mi cadera y se impulsó hacia arriba.
Se quedó en el aire, suspendida y ensartada.
Apoyó las manos en mis hombros y no dudó ni un instante en moverse como una amazona.
Su pelo rubio largo cayó en cascada por la espalda, apresé sus nalgas con frenesí y me dejé arrastrar por la pasión con la que Donna bailaba sobre mí, de pie, y sabiendo, en su fuero interno, que no la dejaría caer.
Aunque fuera un monstruo.
Aunque no tuviera alma.
En veinte minutos nos recompusimos. Abrí la puerta y me encontré a Enzo apoyado en una de las barandillas, fumándose un cigarro.
—¿Habéis acabado? —Le hice un gesto con los ojos para que no fuera tan evidente. Colocó el cigarro entre el pulgar y el corazón y lo lanzó a una alcantarilla. Eso, cuidando el océano—. ¡Bah! Se han escuchado vuestros gemidos en todo el astillero.
Fui a cogerlo del pescuezo, pero se apartó veloz.
Me volví para cerrar la puerta y me encontré a Donna con una sonrisa mal disimulada.
Le daba igual. Le daba igual lo que pensaran mis hermanos de ella, lo que pensara el resto de los trabajadores y lo que le dijera el mundo.
Había intuido que ahí siempre estuvo su verdadera fortaleza.
En cómo se había hecho un lugar entre tanta testosterona: importándole una mierda todo.
Abrí el acceso oculto tras la librería de mi despacho y nos montamos en el ascensor privado.
El indicador fue marcando planta tras planta mientras el ruido del astillero desaparecía sobre nuestras cabezas.
Quedaba al fondo. Como si descendiéramos al mismísimo infierno, diseñado por Tiziano en su día y ejecutado por mí hasta darle aquella forma.
Muy pocos conocían aquel recorrido. Y menos lo que se escondía al final.
Cuando las puertas se abrieron, apareció el verdadero corazón del imperio del mar.
No estábamos en los despachos.
Ni en los talleres.
Ni siquiera en la nave donde construíamos embarcaciones para millonarios.
Estábamos en el centro de todo. En las profundidades del mar.