Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 7El astillero
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7El astillero

El astillero

Distancia.

Era la mejor opción mientras encarrilaba el batiburrillo de pensamientos que me abarrotaban la mente, tras pasar una noche entera dándole vueltas al asunto. Solo habían bastado unas horas de silencio —más del que ya tenía normalmente— para poner en orden lo que iba a hacer con ella.

Estaba jugando con Beatrice.

Y podía convertirse en algo muy peligroso.

Enzo me contempló de reojo mientras conducía hacia el puerto de Fiumicino.

Debía pasar por allí antes de marcharme a Catania, donde la mamma nos había convocado a todos por la tarde.

Tenía que ser algo urgente, y eso era lo que Piero había intentado contarme cuando me llamó, la mañana del registro.

Ella no solía hablar por el grupo familiar de WhatsApp a no ser que tuviera una urgencia.

—A ver si lo he entendido. —Enzo se llevó una mano a las gafas de sol—. ¿La pava esta lleva dos años detrás del astillero? —Asentí—. ¿Y por qué no habéis contado nada en casa?

—Porque Romeo lo descubrió y ha preferido tomar el camino de la paz para evitarle mayores disgustos a su mujer. Ya te lo he dicho. ¿Me escuchas? —Me señalé la oreja.

—Claro. Te escucho como tú lo haces habitualmente. —Aceleró para entrar en el puerto—. Mia tampoco tiene una relación tan estrecha con Beatrice.

—Pero se llevan bien.

—Pues verás cuando se entere de la que has liado.

Lo fulminé con la mirada, en una clara advertencia.

—Nadie se va a enterar de esto, Enzo.

Elevó las manos sobre el volante, cabeceó quedo y continuó con sus argumentos.

Yo no compartía la opinión del resto de mis hermanos, quienes decían que Enzo era el plasta del equipo porque insistía e insistía en algo hasta conseguirlo.

Simplemente exponía su visión hasta conseguir que alguien lo escuchara.

—Sabes que puedes buscarte un problema, ¿verdad? —Arqueé las cejas a modo de contradecirlo—. Es poli. Y no una poli cualquiera.

—No he hecho nada que no debiera.

—Hombre, le has follado la boca sin permiso.

—Y le ha gustado. —Miré por la ventana, sin ningún tipo de remordimiento.

—Pero eso no lo sabías y no creo que sea la mejor estrategia para llevártela a tu terreno.

Ahora sí que giré la cabeza para contemplarlo.

—Enzo, ¿te cuento otra vez lo que vamos a hacer?

—Sin contar con que te puedes enganchar a ella. Y eso sí que es peligroso.

« Enganchar ». ¿ Por qué había usado casi la misma frase que yo había pensado? Lo ignoré; yo no iba a engancharme a aquella zorra.

—Peligroso es el chucho ese que tiene. —Desvié el tema.

—Valentino...

Resoplé. Era la segunda vez que le llevaba la contraria en ese tema, pues habíamos estado en mi casa antes de ir al puerto y, mientras le contaba mi plan estratega, ya me había soltado el discursito del romance. También le había dejado claro que eso no iba a suceder.

—¿Es que tú no confías en la maldición de los Sabello? —Me fui por otros derroteros, otra vez.

Enarcó una ceja.

—¿Cuál? ¿Esa en la que Tiziano estaba colgado de Adara, Claudio con una relación secreta desde hacía doscientos años y yo acostándome con la ahora mujer de mi hermano? No. Me parece que no. Yo no me la creía.

Lo miré con un nudo en la garganta. Él me juraba y perjuraba que lo había superado, que la veía con otros ojos; sin embargo, yo continuaba sintiendo que Enzo no estaba bien. No del todo. Y ya no hablaba solo de la lesión de su pierna, de esa que casi se lo llevó al otro barrio.

—Eh. —Chasqueó los dedos delante de mi cara. Había detenido el coche sin que yo me percatara—. No te vayas por las ramas. Entre nosotros podemos ser claros. Y estoy bien. —Abrió la puerta y se bajó—. ¿Vamos, tronco?

Me sentía agradecido porque confiara en mí, aunque me doliera saber que no era del todo cierto. O quizá no quería creerlo.

Lo imité y salí. El olor a sal, gasóleo y metal caliente siempre me había parecido el perfume del éxito.

Los Cantieri Navali Sabello ocupaban una enorme nave junto al puerto de Fiumicino.

La fachada era sobria, de chapa gris oscurecida por la humedad y los años, con dos portones industriales lo bastante grandes como para permitir la entrada de cascos, remolques y maquinaria pesada.

Sobre uno de ellos, el nombre de la empresa aparecía en letras negras, sin adornos ni necesidad de presumir.

En el interior, el techo se elevaba varios metros sobre nuestras cabezas, atravesado por vigas, focos industriales y los raíles de una grúa puente.

Había embarcaciones suspendidas sobre caballetes, motores abiertos, herramientas repartidas sobre bancos de trabajo y hombres y mujeres moviéndose entre el ruido de las radiales, los golpes secos contra el metal y el zumbido constante de las máquinas.

Aquello no olía a lujo.

Olía a trabajo duro. Y nosotros no destacábamos entre la multitud porque nuestra apariencia era corriente; de hecho, en pocas ocasiones se nos solía ver por allí con traje.

El lujo llegaba después, cuando uno de aquellos cascos abandonaba la nave convertido en una embarcación por la que algún imbécil pagaría varios millones de euros.

Mi despacho ocupaba una estructura elevada al fondo de la nave, con ventanales que me permitían controlar cada rincón sin abandonar la comodidad del cuero, la madera oscura y el silencio. Era la única parte del astillero que se parecía a mí: elegante, ordenada y solitaria.

—¿Capitano?

Reconocí la voz en medio de la conversación banal con Enzo mientras caminábamos hacia el fondo.

El sonido de la radial se hizo más fuerte cuando alcé la vista y me encontré a Donna, con un mono azul tipo peto, abierto por arriba y sujeto por dos tirantes, uno de ellos casi suelto, y debajo un jersey blanco.

Lucía el pelo rubio por la cintura, en unos bucles que me dieron ganas de arrancarle. Me encontré de frente con sus ojos marrones. Soltó la llave que portaba en la mano y descendió las escalerillas a toda prisa.

—¿Se puede estar más buena? Oye, ¿estás seguro de que no tiene una prima que se le parezca? Te juro que...

Le di un codazo a Enzo.

—Cállate —gruñí.

Se detuvo a dos pasos de llegar a mí. Aunque la frenada estuvo bien, yo sabía que lo que más le apetecía era tirarse a mis brazos.

Era un instinto que Donna no sabía disimular y debía empezar a hacerlo, pues desde que Enzo, Dante y Alessandro se habían sumado a ayudarme con los trabajos más grandes de la gasolina, todos se habían dado cuenta de que allí pasaba algo más.

Y en realidad no era así.

Con Romeo era con quien solía organizar aquellas cosas, pero su reciente paternidad y el enorme equipo que estaba formando Tiziano lo tenían absorbido. De ahí a que fuera yo el que le había pedido hacerme cargo de los asuntos de nuestro capu en el mar, sin supervisión por parte de Romeo.

Lo cierto era que se me estaba dando a medias, porque no dejaban de salirme aspirantes a mafiosos, como Romeo los llamaba, y teníamos que andarnos con pies de plomo en cada viaje por el mar.

Y, aunque Tiziano había sido reacio con Donna al principio, allí estaba ella, controlándolo todo al milímetro.

—¿Todo bien? —me preguntó con los ojos brillantes.

Le podía la emoción de no haberme visto desde Mesina.

—Sí. —Miré a ambos lados—. Será mejor que hablemos en mi despacho.

Oí cómo Enzo cogía aire con ganas .

—Yo esperaré por aquí, que quiero ver con qué están los chicos de allí —se excusó señalando otra zona, y no lo entendí.

Tampoco le mostré mi confusión, pero sí que extendí la mano para que Donna me siguiera al fondo de la nave.

Caminamos como de costumbre: ella hablándome de los avances de algunos barcos en el astillero y yo en silencio, escuchándola.

Donna no estaba en la oficina de ventas, eso era otro cantar que ni me interesaba y del que se encargaba Claudio, el que llevaba la cabeza financiera de los hermanos y todo lo relacionado con las cuentas y la pasta.

Donna hacía el trabajo de calle. El que a mí me gustaba. El que te ensuciaba las manos. Y de puertas para abajo, en aquel despacho al que nos acercábamos, era la que mandaba sobre un ejército de hombres que no se atrevían a rechistarle.

Yo era il capitano dei mari ; ella, la regina delle onde .

Al igual que yo me había ganado ese apodo de Capitán de los Mares, Donna se había ganado el de la Reina de las Olas. Era fuerte, temeraria, no se amilanaba con nada ni con nadie, y había demostrado que era capaz de plantarle cara a tíos igual de grandes que yo.

Había peleado con garra por hacerse un hueco en un mundo de hombres. Primero, en el enorme equipo de seguridad de los Sabello y, después, en el oscuro mundo de la mafia siciliana. La suerte, sin duda, la había tenido yo.

Abrí la puerta del despacho con la huella de mi mano y la invité a entrar la primera. Repasé aquellas curvas perfectas desde atrás, deteniéndome más de lo estipulado en su trasero. Mirarla era una puta maravilla.

Me contempló por encima de su hombro y me pilló. No me importó. Donna sabía que no disimulaba mi hambre de ella cuando la tenía, al igual que ella tampoco controlaba sus sentimientos cuando estábamos a solas.

—Quiero que me prepares con prioridad los informes de los tres palurdos que nos están tocando los cojones. —Pasé por su lado haciéndole la petición.

No me apartó la mirada. Yo tampoco.

—¿Y qué hacemos con las últimas lanchas? Estamos terminando de pulir los motores para las pruebas, capitano.

Apoyó las manos en la mesa, provocativa. Crucé los brazos en el pecho y sonrió.

—Que los ragazzi 3 sigan con eso. A ti te quiero abajo. —Se quedó mirándome fijamente—. Donna.

Elevó las manos por la dureza con la que pronuncié su nombre, se separó de la mesa y la bordeó hasta colocarse más cerca. Se apoyó en el filo del cristal, a solo unos centímetros.

—Vale. Y ¿ahora me vas a contar por qué has estado en el calabozo?

Giré el rostro en su dirección con interés.

—¿Cómo sabes eso?

Se arrastró por la mesa con sutileza, como si no estuviera viendo que lo que hacía era aproximarse con disimulo.