Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 6Asco y vergüenza #3
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6Asco y vergüenza #3

« Solo tienes que entrar, abrir y decirle que se largue », pensé , ahora conviviendo con mi parte buena.

La sensata. No la sanguinaria que lo había llevado al límite desde que nos cruzamos en Mesina.

Y ahí era donde regresaba esa parte villana que convivía conmigo. Esa oscuridad que me negaba a abrazar.

Me dolía el corazón. Era la ansiedad. El estrés de la situación.

No permití que mis pies fueran los chivatos para ese desgraciado, así que dejé de titubear y me encaminé hacia la celda, sin encender las luces y alumbrada únicamente por la luz del sol que se filtraba por las rendijas del calabozo.

Y allí estaba.

Tumbado en el hormigón, con una pierna flexionada y un antebrazo sobre sus ojos. Era enorme. Tan grande, tan magnético que te quitaba el aliento. El recuerdo llegó en bucle a mi cabeza.

Sus manos, su miembro bombeándome, mi respiración entrecortada, la postura, mi sexo pidiendo... pidiendo... «Para, Beatrice», me ordené, sin saber tampoco cómo frenar los pensamientos obscenos y vergonzosos que acudían inquietantes.

—¿Vienes a por más?

No se movió del sitio.

El hijo de puta ni siquiera apartó el brazo de los ojos. Me quedé estática, con las ganas de responderle que tal vez, aunque automáticamente me vi negando con los ojos desorbitados por mi reacción y con la mano a medias para meter la llave en la cerradura.

—Ya puedes marcharte. Tu abogado ha hecho un buen trabajo —le dije sin mirarlo. Ni muerta iba a pedirle perdón.

Metí la llave, giré dos veces y abrí la celda. El pulso me latía en la garganta desbocado, y más lo hizo cuando apartó el enorme bíceps de su cara, se incorporó y se quedó sentado en el banco.

Analizándome.

Yo observé la puerta de la calle, de lado y con los dedos apretando los barrotes de la puerta. Aun así, podía verlo de reojo. ¿Por qué tardaba tanto en moverse? ¿Por qué me inspeccionaba de esa forma?

Escuchaba mis respiraciones en los oídos. Fuertes y directas, como si quisieran reventarme los tímpanos. Como si no supieran silenciarse. Y todo mi sistema se alteró cuando aquel titán se levantó.

Busqué a la Beatrice que había estado entrenando durante años para enfrentarlo, para darle la paliza de su vida o hacerle la llave que podría matarlo en segundos. No la encontré, porque el pánico y el... deseo... lo eclipsaron todo.

Algo tuvo que cambiar en mi rostro. Algo que Valentino percibió.

No tuve tiempo de ser consciente del momento en el que se había acercado a mí como un depredador. Tampoco de los segundos que tardó en tirar de mi cintura, meterme dentro de la celda y cerrar con las llaves que había sostenido entre mis manos instantes antes.

La sangre se me heló al sentir su pecho pegado a mi espalda.

—Es el miedo lo que no te deja responder —bisbiseó como si fuera un perturbado. Noté sus labios en la curvatura de mi cuello—. Es el hambre de oscuridad la que empieza a consumirte...

Apreté los barrotes con las dos manos, incapaz de mirarlo.

—Me violaste —rabié, con los dientes apretados.

Me envaré al notar que una de sus manos se colocaba en mi espalda y comenzaba a descender hacia abajo. Abrí más los ojos, presa del terror y el anhelo. ¿Qué coño me ocurría?

—Y, sin embargo, estabas como una zorra cachonda —murmuró—. Igual que ahora.

Apreté los párpados y contuve el sollozo que pugnó por salir de mi garganta.

¿Cómo podía controlar mi cuerpo de aquella manera?

No podía negarlo. La respuesta era ¡sí! Sí.

Estaba mojada por su simple presencia, por el hecho de que esa mano estuviera delineando la curvatura de mis nalgas hasta posarse sobre mi sexo y dar dos golpecitos secos, por encima de la ropa.

—Lárgate de aquí de una jodida vez —le dije, con las lágrimas amenazantes.

Estaba furiosa por no poder controlarme. Y él lo sabía.

Me giró con brusquedad, de manera que quedé frente a él. La diferencia de altura era de una cabeza y media, aunque eso no me achantó para alzar la barbilla y mirar fijamente a aquellos ojos con los que empezaba a obsesionarme.

Tan verdes.

Tan crueles.

Tan... hipnotizantes.

Pegué las manos a la reja. Si dejaba de luchar, si me rendía y permitía que venciera, quizá los pensamientos oscuros se marchaban, quizá él desistiría.

No fue así. Claro que no.

Sin dejar de mirarme, como un auténtico depredador, coló una mano por el filo de mi pantalón y atravesó mi ropa interior. No me atreví tampoco a cerrar los ojos. Me había quedado ensimismada en él y no reaccionaba.

Deslizó el dedo hacia abajo por mi abertura.

Lo hundió.

Lo sacó.

Y con saña hizo el movimiento de una garra para clavármelos por fuera.

El simple roce con mi clítoris al arrastrarlos me produjo un escalofrío imposible de reprimir. No como el gemido que había estado al borde de soltar y que sí me tragué por orgullo y dignidad. ¿Qué mierda me pasaba?

Sacó los dedos del pantalón, me los mostró como la noche anterior y, sin dejar de mirarme, sacó la lengua y los lamió.

Tragué saliva.

Se acercó hasta casi sobrevolar mis labios y decretó:

—Acabas de firmar tu sentencia de muerte, lupina.