6Asco y vergüenza #2
Leandro se giró muy despacio. Tan despacio que me dio miedo. Gennaro cerró los ojos, y el jefe solo tuvo que entrecerrar la mirada para que cantase como una gallina. Me mordí la lengua cuando cabeceó, a la espera de una respuesta.
—El alijo que interceptamos en Siracusa estaba orquestado por el grupo criminal de Valentino.
—Silencio. Leandro siguió a la espera de más explicaciones—.
Fui yo la que le pedí el favor a Gennaro.
Con eso y con el resto de las pruebas que hemos recabado durante dos años, solo nos falta una confesión y no podrá salir de la cárcel en la vida.
—¿Qué confesión, agente Costa?
Su tono afilado me mostró la diferencia que había entre su hijo y yo. Entre controlarse y no.
—Con el asesinato de Federico Longo...
—¡Ah! —ironizó—. ¿Te refieres a ese compañero que habéis puesto de cebo?
Abrí los ojos como platos al escuchar aquello. No era cierto.
—No pongas en tu boca algo que no...
—¡No estaba hablando contigo! —le gritó y dio un puñetazo a la mesa. Nos miró de hito en hito—. ¿Os referís a ese compañero al que yo y unos cuantos agentes hemos asistido a su funeral mientras vosotros estabais, ¿qué? ¿Durmiendo? ¡No me toquéis los cojones! ¡No me los toquéis!
« No. Yo ocultaba las heridas y lloraba por los rincones porque el cerdo al que cogí ayer ha abusado de mí . Pero eso no puedo contárselo, señor».
—Estás haciendo una acusación muy grave —lo interpeló Gennaro, al ver que me había quedado callada.
—Os avisé. ¡A los dos! —Otro manotazo en la mesa—. ¡Y ahora tengo a gente que ni conozco respirándome en la nuca! ¡Por vuestra culpa!
—La Guardia di Finanza no tiene superiores ni jefes.
Leandro convirtió su mano en un puño y pensé que se lo estampaba en la cabeza a su hijo.
—Lo lamento, señor —intervine—. Pero también es nuestra obligación encargarnos de estos asuntos cuando corresponden. —Casi se le salen los ojos de las cuencas. Añadí de carrerilla—: Aunque nuestra actuación para llegar a la orden no haya sido la correcta.
Apretó los dientes, conteniéndose. Prensó los labios y se llevó la mano al puente de la nariz.
—No podéis trabajar juntos.
—¡¿Qué?! —dijimos los dos al unísono.
Se separó, nos dejó con la palabra en la boca y se fue detrás de su mesa. Tras un largo resoplido continuó:
—Cuando hay un vínculo afectivo pasan estas cosas. Y no voy a permitirlas en nuestro cuartel. —Nos miró de nuevo—. Os retroalimentáis el uno al otro, así que a partir de hoy, tú vuelves a Palermo y no te mueves de allí —temblé—, y tú, agente Costa, te quedas en Roma, conmigo, hasta nueva orden.
—Papá... Sabes que tenemos la boda en unas semanas. —Usó a su favor llamarlo por el parentesco, como cuando le venía en gana.
Me tambaleé un poco al ser consciente de que no podría cobijarme bajo su techo. No si debía marcharse a Palermo.
—Aquí no soy tu padre. Aquí soy tu puto jefe. Y si no me respetas como tal, me encargaré de que te manden a otro país para que lo tengas más difícil. —Gennaro lo taladró con la mirada—. ¿Te ha quedado claro?
—No estás siendo cabal ni dejando que...
—¡¿Que si te ha quedado claro, Gennaro?! —bramó.
Yo di un bote al escuchar semejante grito. Yo, y casi con seguridad, el resto del cuartel. Mi teniente se pasó la lengua por el interior de los labios y asintió con el gesto endurecido.
La atención de Leandro cayó íntegra en mí.
—Quiero que vayas al cuartel donde habéis dejado toda la noche al señor Sabello, que lo saques de allí y le pidas una disculpa que se escuche en toda Italia. —Esa información me dejó petrificada. ¿Cómo que estaba en el cuartel?—. ¡¿Me he explicado bien, agente Costa?!
—Sí, señor. —Agaché la mirada, confusa.
¿ Por qué había vuelto al cuartel? Las piernas me temblaron al saber que iba a tener que enfrentarme a él tan pronto, y no supe distinguir si me puso más nerviosa que Gennaro me acompañara o no .
¿ Le diría lo que había hecho? ¿Cómo iba a contárselo?
¡Había abusado de mí! «Pero tú estabas caliente como una perra».
Aparté aquella idea de un manotazo cuando Gennaro habló:
—Iré con ella y mañana me marcharé a Palermo.
Leandro rio con cinismo.
—No sé si es que no me explico bien o si es que hablamos otro idioma.
—Lo contempló con soberbia—. Tenente Caputo, están esperándote para volar en helicóptero hasta Palermo.
Ahora mismo. —Sus afilados y marrones ojos pasaron a mí—.
Y a ti, agente Costa, ¡te está esperando el señor Sabello en el puto calabozo! Andiamo!
» Sobra decir que sea la última vez que jugáis a tocarle las narices a la familia Sabello. La última, u os abro un expediente disciplinario a los dos .
No añadí ni una sola palabra cuando ya estaba siendo empujada por la mano de Gennaro en mi espalda baja. Llamé a Draco con un movimiento de mano en cuanto salí del despacho.
Había fracasado en todo.
En el tiempo de investigación, en las pruebas que habíamos recabado para meterlo entre rejas y hundir su red criminal, en poder darle el descanso que se merecían mis padres...
Eso era lo más importante, sin duda, pero es que me había metido hasta las narices en La Nostra Famigghia para nada.
Para ni siquiera poder encargarme de los pertenecientes a la banda de la Mano di Caino.
Y encima me había llevado, como muestra de gratitud, una violación en mi propia casa.
El pecho se me llenó de una rabia incontenible, los ojos de lágrimas y las manos comenzaron a temblarme cuando llegué a la puerta de salida del cuartel. Draco me lamió la mano, reconociendo ese estado de ánimo en mí. Igual que había hecho durante toda la noche anterior con mis lágrimas.
Me fijé por encima en las caras del resto de los compañeros. No había mucho que decir. Lo habían escuchado todo, o casi todo. Lo importante era que los ladridos de Leandro se oían divinamente con la puerta cerrada.
—Eh. —La mano de Gennaro desapareció de mi espalda para colocarse en mi mejilla. Esa cubierta de maquillaje para evitar que se vieran las marcas violáceas—. Lo resolveré, ¿vale? Dame unos días.
Me arropó entre sus brazos y suspiré. No podía decirle nada, no me salían las palabras o, una de dos, escupiría fuego o lloraría.
—Ve a sacar a ese cabrón y ten cuidado. —Resopló—. Volveré en cuanto pueda. Bien sabe Dios que no lo borro de la lista de invitados porque va a quedar raro.
Aquello me sacó una sonrisa y lo miré.
—No te metas en problemas. No estaré para sacarte de ellos —le susurré y me correspondió con una sonrisa sincera.
« Cuéntale la verdad, mentirosa ».
Había alguien más conviviendo conmigo en mi cabeza. Tenía el tono de la bruja mala de Blancanieves , solo que su aspecto era como el mío y me hacía mirar las partes más oscuras. Las que evitaba.
Nos despedimos varias veces, hasta que la mirada afilada de Leandro nos llegó desde la distancia. Gennaro subió al helipuerto que había en el cuartel y yo me encaminé hacia mi coche con el pulso disparado.
¿ Cómo iba a afrontar aquella situación ?
Para colmo, las cámaras se habían quedado desactivadas el día anterior, por lo que allí solo había dos agentes más: los que custodiaban la entrada.
Llegué con el pulso resonando en la garganta. Apagué el motor del coche y busqué con la mirada a los dos agentes, ahora distintos. Ya se habían cambiado. Eso no me daba margen para interrogar a los malditos que se habían dejado comprar.
Me bajé del coche con el convencimiento de quien sabe que no ha hecho nada malo. Lo peor fue que a ese convencimiento se le sumó la misma rabia, el asco y la vergüenza que había tenido desde la noche anterior.
Había abusado de mí.
En mi propia casa.
Y yo no había hecho nada para detenerlo, solo mojarme por la situación.
¡ Era de locos! Quería enterrar esa parte sucia y perversa en lo más recóndito. Ocultarla para que nadie pudiera descubrir los verdaderos pensamientos que me asolaban. Los aparté de nuevo, con otro manotazo y como si no tuvieran importancia. Llegué a la puerta y miré a los agentes .
— Buongiorno , agentes —los saludé, y con un movimiento de cabeza desbloquearon la cerradura.
Dejé a Draco con ellos, siendo precavida y protegiendo su salud frente a la bestia que había encarcelado.
Tomé una larga bocanada de aire cuando vislumbré la estancia oscura.
Di un paso.
No podía permitirme titubear.