6Asco y vergüenza
Asco y vergüenza
Vomité.
Una vez. Y otra. Y otra. Y un sinfín de veces.
Cuando ya no salió más vómito de mi cuerpo, me metí los dedos hasta la garganta.
Vi las estrellas durante todo el proceso, y aquello se convirtió en un bucle depresivo en el baño de mi casa.
Aquel malnacido me había provocado pequeñas llagas; parecía que la garganta me ardía y hasta tragar saliva me dolía.
Los lamentos, mientras lloraba hecha una bola en el plato de ducha, se hicieron insufribles debido a las molestias, y me vi desbordada por la situación.
Draco no dejaba de aullar y lloriquear rodeándome, pese a que estuve más de una hora debajo del grifo de agua ardiendo. Solo me faltó echarme una garrafa de lejía para que el rastro de ese animal se borrara de mi cuerpo.
Tampoco conté las veces que me cepillé los dientes.
Ni las veces que metí la pasta en la lengua hasta que las llagas se convirtieron en heridas por mi insistencia.
Lloré con más fuerza. Y Draco arrastró con sus lametones las gotas saladas que fueron cayéndome cuando me deslicé silenciosa por la pared.
Las marcas eran horribles.
No solo hablaba de las del cuello, de los cardenales de la pelea del cuartel. Hablaba del cable de acero, de las partes en las que me había cortado con él por la presión. De cómo se me había clavado en la piel y había dejado un surco visible.
De los dos enormes moratones de sus pulgares en mis mejillas cuando me había presionado tanto la cara que temí que explotara. Y de mi mano derecha, esa que, en un vano intento por liberarse del cable, se había llevado varios cortes en las yemas.
Era un desastre que no se arreglaba ni con maquillaje ni con el pañuelo que había atado a mi cuello.
¿ Cómo justificaba mi aspecto? ¿Cómo evadía las preguntas cuando Gennaro...? Oh, Dios. Me llevé las manos a la boca al pensar en él, subida en mi coche y sin ser capaz de salir para entrar en la comandancia de la Guardia di Finanza, donde habíamos quedado la noche anterior por un wasap.
Le di gracias a que habíamos hablado mucho antes de que el innombrable apareciera en mi casa y, cuando Gennaro se marchó a la cama, no le cogí el teléfono. De ahí a que le hubiera contestado esa mañana temprano, excusándome con haberme quedado dormida.
Ahora me arrepentía de no haber aceptado su proposición de irme con él esa misma noche. Ilusa de mí, le había pedido un par de días para adecentar la casa y dejarlo todo cerrado.
No podía contarle nada.
Miré a Draco, en la parte trasera del vehículo, tras la reja que nos separaba a ambos. Los ojos se me llenaron de lágrimas al pensar que podría estar muerto. Y, aunque no las tenía todas conmigo, ¿qué otra cosa podría haber hecho? De haberlo querido, me habría matado.
La cabeza me daba vueltas, era un hervidero y los pensamientos se me solapaban unos con otros, por no hablar de que había recurrido a pastillas para conseguir apagar el sentimiento de asco, vergüenza y culpa que me carcomía.
Sí, culpa por... por...
Dos golpes fuertes en la ventanilla me sobresaltaron.
—¿Vas a quedarte toda la mañana ahí dentro?
Me llevé una mano al pecho y lo miré. Traté de tranquilizar mi corazón para que no se percatara del miedo que asomaba a mis ojos.
—Me has asustado —le dije, al abrir la puerta.
—¿Va todo bien? —Gennaro frunció el ceño.
« No, todo va mal ». Abrí la puerta trasera para que Draco saliera. El can lo saludó con efusividad .
—Sí. ¿Hoy nos marchamos a Sicilia? —le pregunté pasando por su lado, intentando que no viera mi deplorable estado.
No funcionó. Me sujetó de la muñeca y tiró de mí para que me detuviera.
—¿Qué te ha pasado en la boca? —me preguntó, fijo en mi labio.
Me llevé la mano al corte involuntariamente. La miró.
—Ah. Un cabezazo de Draco. Ya sabes cómo se pone de burro a veces.
—¿Y en la mano? —La sujetó con fuerza cuando fui a retirarla.
Bufé teatral, puse los ojos en blanco y solté una sonrisa falsa que no se tragó. Lo conocía demasiado bien.
—Ayer estuve un poco torpe, ¿sabes? Preparándome la cena me corté con el cuchillo. Vamos, Draco.
Lo adelanté para no darle más cuerda y caminé hacia el interior del cuartel. Sin embargo, Gennaro era de todo menos imbécil. Lo escuché suspirar con claridad antes de afirmar:
—Eres diestra, Bea. ¿Qué cortabas con la izquierda exactamente?
Cerré los ojos momentáneamente, sin dejar de caminar, y solté la primera excusa que me vino a la cabeza:
—A veces soy ambidiestra. ¡Venga!
Mentira. Con la izquierda cualquier intento me salía fatal, pero eso Gennaro no lo sabía. Todavía.
Tampoco llegué a la puerta del cuartel, porque mi futuro marido me sujetó de la cintura, tiró de mí hacia un lateral y me giró para que terminara estampada contra su pecho.
Coloqué ambas manos en aquella zona dura como una piedra y lo miré a los ojos.
A los ojos que quería, a los que me apasionaban, a los que deseaba más que a nada en el mundo.
« Deseabas. En pasado. Puta . ¡ Cállate !».
Mis pensamientos me asustaron.
Entonces llegó el recuerdo de su mano. De sus dedos dentro de... de mí... De mi humedad, que no mentía. «Puta. Puta. Puta». Las lágrimas amenazaron con desbordarse de mis ojos y me acerqué a su cuello para disimularlo. Deposité un beso en esa zona y aspiré su olor tan familiar.
—¿Qué ocurre, Bea? —Me separó y se fijó en mi mirada. No la rehuí, porque se daría cuenta—. ¿No has dormido bien? Dime que no te has pasado la noche pensando en el Sabello cabrón.
—No...
—No me mientas —sonó taxativo al interrumpirme—. Tienes ojeras de no haber dormido. ¿Has tomado pastillas?
Suspiré y, de nuevo, volví a mentir:
—Todo esto me ha generado un poco de estrés. —Toqué su pecho con mimo—. De ahí a que estuviera más torpe y, bueno, voy un poco drogui esta mañana. Es solo eso.
—¿Por eso te has cubierto el cuello también? Todo el cuartel sabe cómo nos la jugamos cuando salimos a la calle. No tienes por qué esconderte.
Tiró de mi pañuelo y recé porque no se cayera. Llevaba maquillaje, sí, pero las heridas del acero se veían. Puse mi mano para detenerlo al instante.
—Prefiero dejarlo así. Las marcas son muy grandes.
Suspiró. Agachó la cabeza, juntó su frente con la mía y besó mi nariz con cariño para después pasar a mis labios con cautela de no dañarme la herida.
Debía buscar una farmacia con urgencia. También una pomada milagrosa que reconstruyera heridas y eliminara cardenales en pocos días.
—Ya empezaba a preocuparme que mi futura esposa se olvidara de darme un beso de buenos días. —Esbocé una sonrisa triste. Él la imitó—. ¿Puedo cuidarte a partir de hoy?
Asentí. Claro que sí. No pensaba discutirle ni por asomo el quedarme con él, porque iba a hundirle la vida a Valentino, fuera como fuera. Sobre todo después de lo que había ocurrido, después de...
Mientras Gennaro me abrazaba con amor, lo vi a cámara rápida en mi mente.
Me había fijado en uno de los cristales del mueble recibidor. Su enorme miembro en mi boca. Me ahogaba. Me taladraba como un animal. Su mandíbula apretada. Sus gruñidos. Sus ojos oscurecidos por el deseo macabro de poseerme.
Mi imagen sometida a su voluntad. A lo que quisiera hacerme.
Y mis muslos llenos de mi esencia, deseando que fuera más allá. Deseando que me tocara.
« No, por favor. No. No está bien. No. No. No ».
—¿Vais a entrar en algún momento de esta puta mañana? ¿O tengo que llamar a un compañero para que os meta a la fuerza?
La potente voz de Leandro, el generale di Corpo d’Armata, nuestro responsable de la Guardia di Finanza, apareció con sus modales hoscos por la puerta del cuartel. Gennaro se separó de mí con desgana, obviando que allí era su jefe y no su padre.
Ambos compartían bastantes rasgos, exceptuando que Leandro ya tenía el pelo cano. Su aspecto era el de un cuarentón bien cuidado, aunque los años ya pesaran sobre sus hombros y su cargo.
Le di un codazo a Gennaro cuando extendió las manos hacia su padre, simulando que llamara a ese compañero para que lo metiera en el cuartel con las esposas. A Leandro casi se le saltan los empastes.
—Ya íbamos, generale.
Tiré del niño pequeño y nos introdujimos en el cuartel. Ir la primera me duró lo que tardó Leandro en adelantarme y bramar para que lo escucharan el resto de los compañeros:
—¡A mi despacho! ¡Los dos!
Gennaro y yo nos miramos y siseamos a la vez un «Mierda», que indicaba que iba a caernos una buena por lo que había ocurrido con el registro. Lo vi venir cuando Leandro entró en el despacho, cogió unos papeles con fuerza y esperó sentado en el borde de la mesa.
El resto del cuartel nos observó como quien da ánimos antes de su funeral. Miré de reojo a Gennaro, le pedí a un agente que se quedara con Draco y entramos.
—¿Por qué cojones habéis hecho un registro a Valentino Sabello? ¿Quién os ha dado la orden? —Elevó los documentos en el aire, sin cambiar el semblante de mala hostia.
Cerré la puerta.
—Tenemos pruebas que apuntan a que los incidentes más grandes en Palermo y en Roma de los últimos meses han sido provocados por la maf...
—¿Quién os ha dado la orden? —cuestionó con más arrogancia, cortando a Gennaro.
A mi malestar se sumó la culpa por saber la que iba a caerle a Gennaro por aquello. Y más cuando había tirado de contactos para llegar con ese documento a la fiscalía.
—Si me dejas que te lo expliq... —Le pidió con una mano en alto.
Pero Leandro era un general de los de ordeno y mando. De los que no pedían perdón, sino que aplastaban cabezas, espachurraban tus sesos y se los daban de comer a los cerdos con tal de llevar la razón, aunque no la tuviera. No escuchaba a nadie y su palabra era la única ley.
—¡No vas a explicarme una puta mierda! —Saltó de la mesa y se enfrentó a su hijo, dejándome a mí a su espalda.
Miré hacia el suelo, reuní todas las fuerzas para enfrentarme a él y tragué saliva. Los ojos de Gennaro se cruzaron con los míos, indicándome que ni por asomo se me ocurriera meter las narices.
Tarde.
—He sido yo.