5Sus primeras lágrimas #3
Una lágrima se deslizó por su mejilla e intuí que era por el perro y no por la situación tan comprometida en la que se encontraba.
De hecho, aprecié con claridad cómo su cuerpo comenzaba a temblar de manera incontenible, en unos gestos involuntarios que explicaban lo reducidas que tenía las posibilidades de sobrevivir.
Porque estaba a mi merced.
Y yo era un cabrón al que no conocía.
Le di una patada por la parte trasera de las piernas y cayó de rodillas en el suelo, para colocarla justo en el punto que deseaba.
El acero se deslizó hacia su cara, momento en el que dejé de ejercer presión para sujetarla con malas formas del pelo.
Lo agarré todo en una coleta mal ordenada, me acerqué a su rostro y la contemplé de frente con las muelas apretadas.
—Alguien tiene que enseñarte modales, y será un placer hacerlo —le dije guardando el cable en uno de los bolsillos traseros.
Tiré con más fuerza de su pelo hacia atrás, haciéndole daño. Vi las heridas que había dejado el cable de acero en algunas partes de su cuello y me lamenté por no haberle hecho más. También aprecié los cardenales de la pelea que habíamos tenido en el cuartel.
Un escupitajo fue lo que recibí de vuelta.
Cerré los ojos cuando su saliva me golpeó la cara.
«Ya sí que la has cagado, Beatrice, hasta el fondo».
—Que te jodan, ¡calvorota de mierda! Suéltame y pelea como un hombre.
Me separé, la solté del pelo y me limpié la cara con la manga rota mientras que la otra mano continuaba apuntándola con la pistola. Le crucé la cara con el arma y le reventé el labio. Sonreí con cinismo y extendí los brazos.
—Vamos, pelea como una mujer —me burlé cuando cayó de bruces contra el suelo.
Me contempló, apretó los dientes con las manos apoyadas en el suelo, y cuando se giró fue a darme el primer golpe en los tobillos.
La esquivé y alcé un pie. Lo presioné en su estómago y gritó.
El can lloriqueó desde donde estuviera. Me clavó las uñas, entrecerré los ojos sin soltar el arma y simulé que le disparaba.
—¿Qué te pasa? —Rugió con fuerza, tratando de zafarse de mi pie—. ¿No puedes levantarte?
No dudaba de sus habilidades para deshacerse de mí si se lo proponía. Lo sentí cuando una de sus piernas tomó impulso para golpearme. Pero ella tenía un problema: había algo que le importaba más que su vida entre aquellas paredes.
—Si vuelves a pestañear siquiera, entraré en la habitación en la que se ha metido tu chucho y lo rajaré como si fuera un pez. —Los ojos le brillaron, comprendiendo que la amenaza iba en serio—. ¿Me has entendido?
Apretó los dientes. Vi cómo le retemblaba la mandíbula de rabia y su peso cayó contra el suelo. Interiormente sonreí victorioso.
El perro lloriqueó de nuevo e identifiqué la habitación en la que estaba. Apreté el arma en mi mano, en un gesto demandante. Fue suficiente.
—Haré lo que quieras —escupió sin tregua.
Me sujetó con más fuerza del tobillo, tal vez para que no me marchara en esa dirección. Levantó las manos en señal de rendición. Me agaché, la agarré del cuello y la sangre se me mezcló con los dedos cuando tiré de ella hasta ponerla de rodillas otra vez, en la posición inicial.
—Voy a enseñarte qué es una boca sellada, agente Costa.
Recogí su mata de pelo, coloqué la pistola en la misma mano izquierda y tiré de su cabeza hacia atrás para mirarla, mientras con la mano libre me bajaba la bragueta del pantalón.
No apartó sus ojos de los míos, pese a estar llenos de unas lágrimas que comenzaron a desbordarse por sus mejillas, a mezclarse con la sangre de su boca, de su cuello, a sabiendas de lo que había querido decir.
Una vez liberé la enorme presión que tenía entre los pantalones, me llevé la mano a la polla, cubrí la punta con mis dedos y la deslicé hacia el final, hasta la base, sin dejar de contemplar cómo aquellos ojos rasgados no se atrevían a ver la magnitud que iba a entrar en su sucia garganta.
—Cuando una boca está tapada, es imposible que hable.
—No puedes tocarme. —Rabió con los dientes apretados.
Sonreí perverso, sin curvar los labios y con la mirada del que sabe que ha ganado una batalla.
Le di un golpe con la punta en la boca, justo donde la herida comenzaba a tomar unas dimensiones bien grandes.
Solté su melena negra un segundo para dejar la pistola en el recibidor que tenía a mano, la cogí del pelo de nuevo y tiré de ella hacia atrás. Deseaba arrancarle la puñetera cabeza.
—Soy Valentino Sabello, puedo hacer lo que quiera.
Apretó los dientes; yo descendí la mano que sujetaba su pelo hasta su cuello, y solo tuve que apretar para que le faltara el aire.
Se asfixiaba. Entreabrió los labios en un jadeo, y más se ahogó cuando me ensarté en su boca como una bestia.
Dejé gran parte de mi polla fuera de ella. No le entraba, era imposible.
Seguí apretando su garganta.
—Para saber tanto tienes la boca muy pequeña, lupina —murmuré ronco.
Ella luchó por respirar, ahora con los labios en perfecta sincronía alrededor de mi miembro y la intentona de morderme. Negué con la cabeza en una clara amenaza, controlando el arranque endiablado que anhelaba poseerme y que iba a concederle a mi cuerpo.
—Si te portas mal, putita, tu chucho muere. Tú mueres.
Me apreté con intención. Una arcada le sobrevino cuando llegué a su campanilla. Después otra. Y entonces llegaron las lágrimas incontenibles cuando me deslicé hacia afuera con los dientes apretados y se la metí de nuevo hasta el fondo.
Iba a reventarla. Iba a desgarrarle la garganta.
Me fijé en su belleza mientras me follaba su boca sin permiso, con la dureza de un bárbaro, aguantando su pequeña cabeza con las dos manos y apartando el pelo hacia atrás para ver cómo las arcadas eran cada vez más fuertes.
Cómo lloraba.
Cómo se ahogaba con su llanto.
Cómo los mocos se mezclaban con mis fluidos y su saliva cada vez que la penetraba hasta rasparle el gaznate.
Hasta que se lo dejara en carne viva.
Y cómo, mientras me hinchaba en su interior, me fijaba en sus rasgos.
En sus ojos, en su boca rellena de mí, en su perfil de muñeca.
Una muñeca letal que podría destrozarme en cualquier momento y que no había hecho nada.
Solo rendirse para salvarle la vida a su compañero de cuatro patas, sin saber si realmente estaba diciéndole la verdad o la engañaba mientras yo me follaba su boca como un demente.
¿ Y qué otra opción tenía ?
Me reí mentalmente de la situación tan macabra y, cuando noté que las venas de mi miembro casi explotaban, me agaché para estar más cerca de ella y, sin dejar de moverme, le dije:
—No desperdicies ni una gota de mi leche, lupina. Ni una gota, o te sangrarán el resto de los agujeros.
Un hipo la sobresaltó. La sujeté con bestialidad, como si no fuera más que un trapo.
Permanecía con la boca cubierta, los brazos laxos y la mirada perdida entre mis ojos y la rudeza de las últimas estocadas certeras y desquiciantes.
Entonces sentí cómo me corría, cómo salía el líquido en avalancha y en cantidades suficientes para atragantarla.
Cerró los ojos.
Me volví loco, desatado. Y empujé con más ferocidad en los últimos rescoldos del orgasmo, como si quisiera llegar más profundo. Como si de verdad pretendiera enterrarme en ella por completo, a sabiendas de que era imposible.
Fue entonces cuando advertí algo. Algo que no podía ser posible pero que me otorgó un triunfo aun mayor para mi descerebrado plan de hundirle la vida.
Me aparté de ella, me agaché y le pasé el dedo pulgar por el labio inferior para recoger la sangre junto a una gota de semen. Se la metí en la boca a la fuerza, sin dejar de mirarla.
—He dicho ni una gota, putita... Ni una gota... —murmuré, absorto en las heridas y en la sangre que aprecié en el interior.
Deslicé mi mirada hacia abajo, por su cuerpo, contemplando aquella respiración errática. Observando cómo su pecho subía y bajaba a una velocidad de vértigo y...
—No puede ser... —Reí con ironía y le pregunté sin esperas—: ¿Estás mojada, lupina?
Las lágrimas le cayeron con más intensidad y se revolvió, en un intento en vano por apartarse. La sujeté del cuello, impidiendo que se moviera.
Ahí vi el verdadero terror.
El miedo a mostrar lo que deseaba en sus pensamientos más oscuros.
Sin esperas, la mano que tenía libre viajó hasta el pantalón de pijama en el que no había reparado, se la metí por la cinturilla y me encontré un coño rasurado sin ropa interior y..., joder, estaba empapada.
Impregné mis dedos de aquella humedad, pese a que apretó los muslos para que no lo consiguiera.
Nos contemplamos fijamente. Ella, con los dientes apretados y las lágrimas libertinas; yo, con el temple suficiente para no perder los putos papeles y follármela hasta reventarla en su casa.
Los saqué, los elevé en el aire y, al separarlos, sus fluidos se vieron con claridad entre los dos. Me los llevé a la boca, los lamí y me levanté dispuesto a marcharme, escuchando sus lamentos cuando la solté a plomo en el suelo.
—Eres una zorra, Beatrice Costa.
Pero el error fue mío.
Ya la había probado.