5Sus primeras lágrimas #2
Me volví, metí la mano en la parte trasera de la cinturilla del pantalón de Alessandro y le quité la pistola sin esfuerzo. No le dio tiempo a reaccionar.
—¡Eh, eh! ¿Adónde vas con mi pipa? ¡Ah, no! No, no, no. De ninguna manera.
Elevé el arma en el aire cuando intentó cogerla.
No era muy difícil, ya que todos los Sabello mediamos más o menos lo mismo, con la única diferencia de que yo era más grande por ser un armario empotrado.
Me sujetó del brazo y saltó para llegar a la pistola.
Lo siguiente que sucedió, mientras trataba de explicarme, fue que me observó de manera asesina.
Los guardias no daban crédito al espectáculo.
—Escúchame, Alessandro. Es solo una medida preventiva.
—¡Preventiva mis cojones! ¡Dame mi pipa!
Traté de detenerlo con la mano libre cuando adiviné que se avecinaba un puñetazo en mi vientre. Sin embargo, Enzo accionó el botón del coche y habló, mediando de nuevo:
—¿Qué tal si la ropa sucia la lavamos en casa?
—¡Dame la pipa o te arranco la cabeza!
—Déjamela un rato —le pedí a Alessandro con tono neutro.
Ni mirarlo a los ojos servía para tranquilizarlo. Y eso que no estaba poniéndome como un becerro exigente. Alessandro me fulminó con la mirada cuando Enzo lo empujó para que se montara en la parte delantera y me dejó a mí atrás. Me indicó con la mano que lo hiciera y obedecí.
Los necesitaba de mi lado, no en mi contra.
Me metí en el coche, esperé a que los dos estuvieran dentro y guardé la pistola de mi hermano en la parte trasera del pantalón, a la vista de cualquiera.
—¿Qué quieres?
La pregunta de Enzo me llevó a tiempo atrás.
Él siempre había entendido los ordenadores y las cosas de frikis mejor que ninguno, y era el que se encargaba desde bien pequeño de atender todo lo que se hacía con el enorme equipo de seguridad que los Sabello tenían a la espalda sin que nadie lo supiera. Y había aprendido de los mejores.
—Quiero que me des la dirección de la poli y que me digas si hay alguien más con ella.
Sus ojos se cruzaron con los míos por el espejo retrovisor. Todavía no habíamos arrancado.
Que Tiziano era mi hermano estrella era un secreto a voces, pero aquello no significaba que fuera mi favorito. A nosotros nos había unido el negocio, los tratos y el destino. Tiziano era mi líder, en todos los sentidos, un ejemplo a seguir. Pero Enzo siempre había sido mi refugio.
—Esto es increíble. —Alessandro soltó una risa sardónica por la nariz e ironizó—: ¿Sabes qué es lo peor de ti, capitano?
—Que sigo escuchándote.
Toqué algo en el asiento mientras le contestaba con pasotismo. Lo cogí y vi que era un cable de acero. Los ojos se me oscurecieron más. También noté la mirada de Enzo más severa sobre mí.
—Tienes el carisma de una piedra —murmuró el benjamín con mala baba.
—Y tú el cerebro de un pez y no me quejo.
Con Alessandro era siempre así. Ni siquiera había terminado de decirme qué era lo peor de mí cuando ya saltaba con otra cuestión para comenzar una batalla dialéctica que no nos llevaría a ningún puerto. Me agotaba.
—Morroestufa —me insultó. Porque Alessandro también tenía maneras raras de insultar que nadie entendía.
Fui a contestarle que lo mismo era cuestión de zanjar el tema con el cable de acero en su cuello, pero Enzo fue más rápido:
—Vive con el chucho ese que ha querido arrancarte el brazo. En su casa no hay nadie y está en Trastevere. Todas las cerraduras del piso son automáticas, así que las puedo abrir desde el coche y ya estoy dentro del sistema de vigilancia. Tenemos diez minutos para llegar.
—¡¿Se te ha ido la olla?! —le preguntó Alessandro incorporándose hacia delante—. ¡Vamos a tener que dar muchas explicaciones cuando el capu se entere!
No le presté atención a Alessandro, pues estaba inmerso en la mirada de Enzo, quien ahora sí había arrancado el coche.
Ahí estaba. Mi refugio. Ese conocernos. El saber por qué y para qué lo había llamado sin largas explicaciones que en algún momento le tendría que dar, pero siempre y cuando me apeteciera.
Y esa era una diferencia que pocas veces se hacía en la familia Sabello. Allí o soltabas la información o te abrían un agujero en el cuerpo e il papà te mandaba al palo.
—¿Cómo sabes que está sola ahora? —cuestioné.
Se puso en marcha.
—Lo he comprobado antes de entrar a sacarte.
Asentí.
—Cuando termine, quiero que me traigas de nuevo aquí y avises a Piero para que venga mañana.
—¡¿Qué?! —se exaltó el ignorado—. A ver, a ver. ¿Alguien me explica de qué coño vas? ¿Cómo que regresamos al cuartel? ¡La masa muscular te ha frito las neuronas!
Apoyé la cabeza en el asiento, cerré los ojos y paladeé en la punta de la lengua lo que iba a ocurrir en diez minutos. Y, por Dios, cómo iba a disfrutarlo. Esa zorra iba a saber dónde meter la lengua a base de bien.
Enzo le dio voz a la radio, dejó a Alessandro hablando solo y le hizo un gesto con dos de sus dedos para que se callara la boca. El otro, ofuscado y como si tuviera diez años, se cruzó de brazos y contempló el paisaje con el ceño fruncido y los labios apretados.
Reconocí la zona cuando aparcamos. Abrí la puerta lo suficientemente alejados como para que nadie se extrañase de nuestra presencia y pregunté:
—¿Cómo se desactiva el chip? —Me referí al localizador nuestro.
—Valentino... —Fue una advertencia de Enzo.
—Si alguien pregunta, hemos estado en el restaurante.
—Ya, y por eso vuelves al cuartel después, no te jode —rumió Alessandro.
—Nadie debería preguntar —bufé—. ¿Cómo se desactiva?
Enzo miró a Alessandro. Al ver que este no hablaba, le dio un codazo para que soltara prenda. Solo lo sabía uno de nosotros, y Enzo había descubierto hacía mucho que era el más pequeño el poseedor de esa información.
—Se suponía que yo molestaba —vaciló.
—Alessandro... —Fue un primer tono de aviso de Enzo. Yo apreté entre las manos el cable de acero.
El nombrado se mordió la lengua con los dientes y rumió:
—Como quien reinicia una Alexa. Tan listos que sois...
—¡Alessandro! —rugí perdiendo los nervios.
—Dejas pulsado el botón cinco segundos. Pero si lo haces, saltarán las alarmas en la casona.
Miré a Enzo, quien ya tenía abierto entre las manos el ordenador diminuto que casi siempre iba con él. También habíamos dedicado tiempo a investigar cómo entrar en el sistema de seguridad y clonarlo para poder hacer lo que nos viniera en gana, como en esta ocasión.
—Yo me encargo. Te doy paso, ve.
El problema era que ese aspecto solo lo sabíamos Enzo y yo. Y ahora Alessandro. Este último suspiró con fuerza, negó con la cabeza y dijo:
—Sois la polla. Nos van a dejar en el palo dos días. Encima tú lo animas a lo que sea que vaya a hacer con Beatrice.
Y generalizó porque, aunque el castigo fuera por partida triple, no pensaba chivarse. Los chivatos siempre morían. Enzo me explicó cuál era el edificio de Beatrice, el número de puerta y los segundos que tardaría en ir abriendo las cerraduras desde el sistema para que entrase.
Me bajé, me camuflé entre el gentío y caminé hasta el portal cuando sonó el aviso que indicaba mi primer pase hacia la gloria.
Accedí al edificio antiguo pero bien conservado, subí a la segunda planta y me quedé en el lateral, apoyado en la pared, con el cable de acero en una mano.
Lo apreté con garra y llamé con un golpe seco.
Le había pedido a Enzo que no abriera la puerta de su piso, también automática y de alta seguridad. Era tarde, pero habíamos comprobado que continuaba despierta en la cocina, con el chucho detrás de ella.
Escuché con atención. Un paso.
Me llevé la mano libre a la pistola.
Dos pasos. Una pregunta. «¿Quién es?». Dudas.
Casi la sentía respirar al otro lado, como si estuviera pegada a la misma pared. Como si la corriente que me empujaba a matarla acabara de llegar.
Igual que sus agallas.
Tres pasos. El clic de un cerrojo.
Las llaves.
Y entonces abalancé mi cuerpo hacia el interior cuando se abrió la puerta solo dos dedos. Los suficientes para que abarcara todo el espacio.
Sus ojos se agrandaron, el vaso que portaba en las manos se le cayó al suelo y lo llenó todo de cristales diminutos que mancharon las losas con lo que parecía leche.
—Ciao, lupina.
—¿Cómo...?
El ladrido del otro extremo me indicó el giro que debía dar el cañón de mi pistola.
Ella continuaba en shock y, antes de que le diera tiempo a reaccionar, extendí mi brazo y rodeé su cuello con el cable de acero.
La giré y pegué su espalda a mi pecho, sin bajar la guardia ni el arma de la zona por la que iba a aparecer aquel bicho para desgarrarme la carne.
Le di un puntapié a la puerta de entrada y la cerré.
—¡No! —gritó al escuchar que quitaba el seguro del arma y levantó ambas manos—. ¡Baja la pistola! ¿Qué es lo que quieres?
Pegué mi boca a su oreja y tensioné el cable de acero en su cuello. Vi el hilo de sangre descender por su piel blanquecina.
—¿Sabes lo que les pasa a las zorras que meten las narices donde no les llaman?
—No... no le... hagas... na... nada...
Llevó una de sus manos al cable y se cortó los dedos, mientras que la otra permaneció extendida en dirección al perro, que ya me enseñaba los dientes, dispuesto a atacar. Se preparó, el lomo se le crispó como si fuera un gato y la saliva comenzó a gotear en el suelo.
—Ese hijo de puta no va a morderme —aseveré amenazante.
Entreabrió los labios con miedo. A través del cristal que teníamos delante pude ver el horror reflejado en sus ojos cuando llevaba el dedo al gatillo para disparar. Y, justo en el instante en el que la bala salía del cañón, ella gritaba:
—¡Fuera!
El animal se marchó de un salto, y la bala impactó contra el marco de la puerta porque así lo había querido. Porque yo había querido, no porque hubiera tenido suerte. Y aquello me llevó a un recuerdo, a la primera vez que disparé a Beatrice, en el despacho de mi padre, en Roma. Tampoco fallé.
Pero esa noche habría una diferencia muy grande.
Esa noche sí iba a hacerle daño.