Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 5Sus primeras lágrimas
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5Sus primeras lágrimas

Sus primeras lágrimas

—Dile que venga en una hora. Solo.

—¿Para qué coño quieres que Enzo venga en una hora aquí? —murmuró fuera de la celda e ignoró lo último—. ¡No puede entrar!

—Dile que venga.

—Valentino, ¿qué estás tramando? Déjate de mierdas. Cuéntame qué quieres, me presento en su casa y se acaba la tonterí...

—No. —Lo fulminé con la mirada, interrumpiéndolo—. De esto me encargo yo.

Resopló, sabiendo que conmigo perdía el tiempo. Dio otra vuelta y giró como si estuviera entre las rejas él. Di unos pasos atrás, me dejé caer en el banco de hormigón de la celda y apoyé la cabeza en el muro.

« Descansa. Si puedes..., calvorota », me había dicho la muy perra antes de marcharse y salir de allí sabiendo que había ganado momentáneamente.

Le concedía ese espacio mínimo de tiempo en mi mente, porque le quedaban menos de dos horas para soltar sus primeras lágrimas. Ahora sí iba a saber con quién estaba jugándosela. A quién representaba el apellido Sabello y quién iba a hundirle la vida a quién.

¿ Cómo había averiguado ese viaje ? ¿ Era por ese motivo por lo que se encontraba en Mesina? No debía dejar cabos sueltos y la idiotez de aquella lerda al cuadrado se terminaba de inmediato.

Oía a Piero de fondo. No sabía qué decía, pero sí que gesticulaba mucho y que tenía un cabreo monumental. Lo miraba para que se sintiera escuchado, aunque lo ignoraba.

La muy zorra me había echado un pulso, había aguantado mi mirada sin miedo y no había temblado a la hora de devolverme las hostias.

La tenía que haber matado.

Solo debía apretar un poco más su garganta.

Y ese sonido al hacer «clac» me habría transportado a un estado de felicidad absoluta.

A ese en el que la muerte se siente en el ambiente, en la adrenalina de las venas, en el terror de los ojos de la otra persona.

Terror que ella no había mostrado en ningún momento.

Sería desgraciada.

¿ Y a qué había venido eso de preguntarme por la Mano di Caino?

¿Cómo había conseguido mi ficha en ese expediente, si los Sabello borrábamos hasta el último rastro existente de nuestro pasado?

Il papà se había encargado toda la vida de ir resolviendo las cagadas de sus hijos, aunque de cara a la galería fuéramos todo lo contrario.

Yo, que no había ni estudiado hasta que terminé aprobando los estudios básicos con un cinco raspón para no matar a la mamma de un disgusto y al final hice un módulo de mecánica, era empresario de un astillero especializado en embarcaciones de lujo y superyates llamado Cantieri Navali Sabello.

La idea había sido del patriarca de la familia, y decir que aquello era la tapadera perfecta para un imperio criminal no quedaba bien.

Que yo hubiera sufrido un choque de neuronas debido a una fuerte discusión con il papà en mi adolescencia y hubiera caído en la banda de la Mano di Caino no tendría que saberlo nadie en el planeta.

Por na-die.

¿ Por qué aquella zorra sí era consciente ?

No podía dejar de insultarla en mi mente, y aquello me ponía de muy mala hostia.

Miré a Piero cuando subió dos decibelios el tono. Ya sabía que no lo escuchaba.

—... y me he jugado una cuando le he quitado las llaves de las esposas para dártelas, ¡y vas y te pones a pelear! ¿Cuántos retrasos tienes, Valentino? ¡¿Cuántos?! ¡Porque no me estás escuchando!

Dos golpes en la puerta nos hicieron saber que se había acabado el tiempo.

—Reconozco que lo de las llaves de las esposas ha sido bueno —le dije como si nada. Me di cuenta de que llevaba demasiado tiempo con el puño cerrado.

Piero golpeó los barrotes con la mano abierta y la cara desencajada.

—¡Me cago en tu nación revolcada en ácido!

Puse los ojos en blanco y mal disimulé una sonrisa. Elevé un puño y solté:

—Viva Italia y los italosicilianos.

Entrecerró los ojos y pensé que explotaba.

—Acércate si tienes la polla tan grande, que voy a restregar tu sangre por los barrotes. —Le enseñé los dientes en una sonrisa vacilona—. Mira, igual le viene bien a tu lupina, será su buena noticia cuando venga mañana.

Ahora el que rio fue él y yo enmudecí y fruncí el ceño de inmediato. Me levanté de un salto.

—Eso no ha tenido gracia.

Se reajustó el abrigo negro, me lanzó una gélida mirada y añadió con sarcasmo:

—Adiós, calvorota. Que descanses..., si puedes.

Me acerqué con celeridad hasta los hierros; sin embargo, no llegué a empercharlo cuando saqué la mano por fuera.

Era más listo y rápido, de ahí que hubiera sido igual de ágil para quitarle las llaves de las esposas a Beatrice, justo en el momento en el que la había sujetado de la muñeca y la había amenazado.

De todos los Sabello, era el abogado, sí, pero también el mejor ladrón de guante blanco que había en Italia.

—¡Llama a Enzo! —le ladré cuando llegaba a la salida. Ni me miró, pero sí me sacó una peineta—. ¡Piero! ¡No seas cabrón!

Tocó a la puerta.

—Ciao, bello.

—¡Piero! ¡Piero! —berreé para que no se le ocurriera salir. En el tono iba una amenaza implícita.

Un agente abrió. Y el hijo de su padre se marchó. Sin mirar atrás. ¿Y nos corría la misma sangre por las venas?

Me senté de nuevo en el cómodo colchón —véase la ironía— e intenté pensar en todos los planes que tenía por delante.

Como si un metro y medio como la morena de ojos rasgados no me hubiera echado cara.

No fue posible. El pensamiento se me iba directo a Beatrice, a la forma en que sus labios se habían entreabierto cuando la estaba ahogando, a sus pequeñas manos tratando de librarse de mí, al pulso acelerado que latía en su cuello mientras nos mirábamos con sentencia. O eso quería creer.

Había notado que algo se revolvía en mi estómago cada vez que la contemplaba con aquella intensidad, igual que había notado que una especie de calambre me atravesaba el cuerpo si nos tocábamos. A eso lo llamaba yo tenerle repulsión a una persona y punto.

Y tenía que acabar con ella para que dejase de tocarnos las narices.

No obstante, ese pensamiento se me vio solapado por otro bien diferente.

Uno imbécil y de niñato cuyas consecuencias ni siquiera medité.

No en el momento. Quizá podría llevarla al límite, corromperla hasta que llorara de agonía por no saber qué estaba haciendo, hundirla en la deriva y usarla a mi favor.

Eso sí, todo con estrategia. Todo como un juego.

Todo provocando que se creyese imprescindible y luego... ¡pum! La estocada definitiva que ocasionaría que quisiera arrancarse el corazón con sus manos. Entonces iba a saber con quién estaba jugando Beatrice Costa y a quién no debía tocarle más los cojones.

Los ojos me brillaron en la penumbra de la noche y después se volvieron opacos, como los de un ser sin alma.

Estaba tan sumido en mi plan magistral e imprudente que ni siquiera fui consciente de que la noche había caído, de que las horas habían pasado con rapidez y de que me encontraba completamente a oscuras en aquel sitio, iluminado únicamente por la luz de la luna que se filtraba a través de las rendijas de ventilación que había frente a la celda.

Oí que en la calle hablaba alguien con los agentes: Enzo.

Sonreí con perversión.

La primera parte de mi atentado contra la salud de Beatrice se acercaba.

Y no iba a gustarle.

El sonido de la puerta al abrirse me indicó que mi hermano acababa de entrar.

No iba solo y me molestó que Piero no hubiera sido claro con ese detalle.

¿Tendría que haber sido más insistente? No.

Porque el abogado del diablo se habría percatado de mis intenciones y no las habría aprobado.

De hecho, habría alertado al resto de mi familia.

Eso era un error.

Si se enteraban il papà o la mamma... Iba a tener serios problemas.

—¿Qué has liado ya, Valen?

«Alessandro». El benjamín de los Sabello.

¿Para qué queríamos más? Encima tenía que dar gracias a que los dos formaban parte del equipo de los traviesos de los Sabello.

Pero es que Alessandro estaba siempre tocándome los huevos.

Y ahora le había dado por acortarme el nombre, sabiendo la rabia que me daba eso.

—No empecemos con una guerra —intervino Enzo acercándose a la reja. Me observó—. ¿Por qué estás así?

—Le dije a Piero que vinieras solo. —Me enfadé y Alessandro elevó las cejas hasta el techo.

Enzo chasqueó la lengua.

—Ya. Pero casualmente cenábamos juntos. ¿Qué querías que hiciera? —Movió los hombros con duda.

Fruncí los labios y rugí como respuesta, sin moverme del sitio.

—Así que mi presencia molesta... —añadió con retintín Alessandro y lo ignoré.

—Sácame de aquí —le pedí a Enzo, y me levanté con parsimonia.

—¿Te ha mordido un caniche? —se burló Alessandro, fijándose en mi manga. Su tono era molesto.

Ya venían con información de primera mano. El perro. Al jodido perro esperaba encontrármelo también. Era una parte fundamental de mi plan.

Hice como que me reía con sarcasmo y acto seguido adopté un gesto rudo.

—¿Por qué querías que viniera yo? Piero podría haber sobornado a los de la entrada.

Miré al rubio con el que compartía casi los mismos ojos. Los de Enzo eran un poco más oscuros y, aunque en la penumbra no podía verlos con claridad, distinguía a la perfección la confusión en ellos.

—¿Llevas el ordenador?

Me dirigí a la salida para evitar sus preguntas.

Supe que no me seguían porque no escuché los pasos detrás de mí. Me detuve, miré por encima de mi hombro derecho y los observé a los dos. Estáticos y contemplándose con duda. Suspiré ruidosamente para que supieran que me cansaba de repetirme, alcancé la puerta de salida y me marché sin esperarlos.

Miré de reojo a los dos agentes que continuaban apostados a ambos lados del supuesto cuartel. Agacharon la cabeza de inmediato y yo les enseñé los dientes con asco.

Vendidos.

Delante estaba el coche de Enzo, así que no demoré la marcha y llegué a él. No tardaron en aparecer a mi espalda. Fue Alessandro el que preguntó titubeante:

—Mmm... El ordenador... ¿lo quieres para...?

—Para una dirección y comprobar un dato.