4La banda criminal #3
Me atrapó del tobillo y me giró sin contemplaciones. Un impacto certero llegó a mi costado y me dobló en dos. Si no me había partido una costilla con el codazo, había sido de milagro. Entonces sí que saqué todo el coraje que pude.
Me tenía aprisionada bajo su enorme cuerpo. Elevé mis caderas y enlacé mis piernas alrededor de su cuello, en un intento fiero de asfixiarlo. Sus dedos llegaron a mi cuello y braceé hacia arriba, entre sus brazos, para apartarme del agarre. No sería por mucho tiempo, ya que volvió a intentarlo.
Yo lo ahogaba.
Él también.
—¡Dime qué cargo ocupabas! —le exigí con esfuerzo.
Su rostro se tornó rojizo y apreté con más garra mis muslos. La espalda la tenía completamente encorvada hacia arriba.
—¡Te voy a partir las piernas! —bramó.
Una mano me sostuvo el cuello demasiado cerca.
Giré el rostro hacia ese lado y le mordí hasta sentir que la sangre se mezclaba con mis paletas.
Gritó. Y yo grité con él cuando me clavó los dedos en el interior de un muslo con rabia.
Eso provocó que lo soltara y, por ende, que alertara a los que estaban fuera sin quererlo.
No había querido pedir auxilio.
No era una puta dama en apuros.
Y Valentino era mío.
—¡Beatrice! ¡Agentes! —El bramido de Gennaro ocasionó que la plantilla entrase a tropel, con Draco incluido.
—¡No! —vociferé con exigencia—. ¡Contéstame!
Me noté los ojos encolerizados, las mejillas ardiendo y las fuerzas cada vez más inestables. Aun así, le asesté un codazo en la mejilla cuando desvió su atención hacia Gennaro, quien ya lo apuntaba con su arma reglamentaria a pocos pasos.
Valentino me contestó, sí. Dándome un guantazo que me giró la cara.
Draco ladró, gruñó y llegó hasta la zona en la que estábamos con la intención de lanzarse a su cabeza. Lo detuve con un brevísimo « ¡ No! » .
—¡Suéltala o disparo! —le ordenó el teniente.
—¡Esto es abuso de poder! —se quejó Piero fulminante—. ¡Valentino!
Pero Valentino no atendía a razones que no fueran seguir apretando mi cuello, sin apartar la mirada de Gennaro. ¿Qué estaba haciendo?
—Dispare, tenente Caputo.
—¡Te he dicho que la sueltes!
Apretó más mi garganta. Abrí los ojos al ver que Gennaro se jugaba el puesto y la placa cuando su dedo se deslizó con vehemencia hacia el gatillo. Descrucé mis piernas con agilidad, las dejé caer de su cuello y este me contempló de reojo.
Aproveché ese desconcierto para que dejara de sacar de sus casillas a Gennaro, coloqué ambos talones en su pecho y me impulsé con toda la fuerza que pude hacia atrás, desestabilizándolo.
—¡Draco, ajax!
Y Draco atacó.
Como un salvaje, además. Porque era una de nuestras órdenes de adiestramiento inventadas más bestias. No valía un simple «Ataca», pues de esa manera cualquiera podría activarlo cuando quisiera. Nosotros teníamos otros códigos, dependiendo del grado de peligrosidad de la situación.
Y aquella se había convertido en una de vida o muerte.
El dóberman movió sus patas de atrás con una agilidad pasmosa desde la parte trasera de mi cabeza, justo donde se había colocado, a la espera de una orden. Valentino elevó una mano preparado para el ataque y dispuesto a soltarme, sabiendo que acababa de perder.
La primera intención del dóberman fue ir a por su antebrazo, pero no llegó a cogerlo.
Valentino me había demostrado que no le daba miedo en su chalé y ahora iba a hacerlo de nuevo.
Lo sujetó del cuello, tal y como me había sujetado a mí anteriormente, mientras Draco se dejaba la piel para conseguir que sus caninos llegaran a cualquier parte que pudiera morder y dañar.
—¡Tenente Caputo!
Miré un segundo a Gennaro antes de correr a por mi arma y regresar adonde Valentino peleaba con un Draco al que casi no podía controlar. Le quité el seguro a la pistola, me puse de pie y le ordené:
—¡Aquí!
Draco detuvo los zarpazos propinados a la camiseta de Valentino, la cual había reventado, y el maldito lo soltó para que pudiera regresar a mi lado. No le apartó la mirada odiosa en todo el retroceso. Apunté sin miramientos al Sabello, pese a saber que Piero me contemplaba.
—Ahora vas a pasar la noche entera en el calabozo, pensando en qué respuesta vas a darme mañana a primera hora —le dije entrecortada. Abrí la puerta con chulería y lo invité a pasar con un movimiento de mano—. Y si mañana no me convence lo que me dices, quizá te deje aquí un par de días más.
—Eso no podéis hacerlo —gruñó Piero dando un paso hacia nosotros.
Valentino elevó el mentón, se puso de pie y contempló a su hermano. Le pidió un momento con la mano.
—¿Puedo hablar con mi abogado unos minutos a solas?
—No —le respondí resuelta.
—Es su puto derecho —blasfemó Piero.
Gennaro me observó. Con una caída de ojos me indicó que debíamos concedérselo si no queríamos problemas. Me giré de cara a Valentino, quien ya había entrado en la celda mugrienta y abandonada. Allí no pisaba nadie desde hacía mucho tiempo.
—Espero que la comodidad de la cama te haga pensar bien.
No dijo nada.
Solo me contempló.
Y algo me alertó del peligro que suponía aquella mirada.