Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 4La banda criminal #2
13%

4La banda criminal #2

—Trigésimo tercera promoción de los Allievi Agenti della Polizia di Stato.

—Golpeé con rabia la mesa y puse al lado del folio una foto de los muertos en el jardín—.

Hace trece años. —Su atención se desplazó a la foto—.

Setenta y dos personas asesinadas. Veinte de ellas eran agentes que se graduaban ese mismo día.

—Planté otra foto delante de él, con más muertos—.

Doce agentes de servicio fallecidos también.

Elevó el rostro, sin alterarse.

—No superaste ni la promoción del cole, agente Costa —me vaciló.

Apreté los dientes tanto, que casi me los parto. Los ojos me echaron fuego, y ojalá hubiera podido abrasarlo.

—Entrasteis a matar. ¿Tú eras el jefe de la banda? ¿Tú mandabas en la Mano di Caino? —inquirí con más rudeza.

—¿No estábamos aquí porque había matado a un tal Fede?

Di un palmetazo en la mesa, perdiendo las formas. Mi cuerpo reaccionó también, acercándose más a la figura tranquila de Valentino.

—Se llamaba Federico Longo. Tenía una familia que ha dejado con dos niñas muy pequeñas y una mujer que ahora llora su pérdida. ¿Te parece gracioso jugar con la vida de los demás?

Chasqueó la lengua, con ese cansancio que portaba habitualmente, como si el mundo le importara tres pimientos. Soltó un resoplido y añadió con desgana:

—Mira, lupina. —Que me llamara de aquella manera provocó que las piernas me temblaran—. A la mujer le mandamos un buen fajo de billetes y asunto arreglado. ¿Quieres que llame a un colega para que se encargue de las niñas? El tráfico de niños no es lo nuestro.

Le crucé la cara de un bofetón sin pensarlo, al saber que hablaba de Angelo.

Un hilo de sangre se le deslizó por la comisura de la boca. ¿Por qué me dieron ganas de quitárselo con la lengua? ¡Por Dios! Reconduje mi mente calenturienta y apreté los puños con fuerza antes de repetirle la pregunta:

—¿Qué cargo representabas en la Mano di Caino, Valentino? No me hagas repetírtelo o no seré tan noble.

Sus aniquiladores ojos me contemplaron.

—¿Llamas noble a pegar a un acusado ? —ironizó.

—Dime qué hacías allí, qué cargo tenías y todo será más fácil —rugí.

—Así que toda esta pantomima era para preguntarme por... ¿una banda criminal? ¿A estas alturas no sabes quién soy?

Golpeé la mesa con más énfasis y me hice daño en la mano.

—O colaboras, o la siguiente opción que tengo no va a gustarte tanto.

Me la jugué, porque lo tenía todo muy estructurado, más de lo que él se pensaba.

No se inmutó por mi amenaza. Al contrario, se incorporó hacia delante lo que pudo, sin levantarse, y yo retrocedí sin querer hacia atrás.

Tuvo un amago de sonrisa al saberse vencedor.

Al saber que me imponía lo suficiente para retroceder.

—¿Cuándo te casas con el tenente? —preguntó sin venir a cuento.

Caí en el detalle de haber sido una imprudente al llevar el anillo de compromiso. ¿Cómo había sido tan descuidada? ¿Y cómo lo había adivinado? Ni siquiera habíamos tenido gestos que lo demostraran.

Me llevé la conversación adonde realmente quería, a mi terreno, para alarmarlo.

—¿Tantas lanchas son para ir de pesca, Valentino?

Todo cambió en menos de lo esperado. Ni siquiera vi venir la rigidez de sus hombros, ni el movimiento de sus brazos cuando los vi acercarse a mí. ¿Cómo se había quitado las esposas?

No hubo tiempo de reacción.

Su mano izquierda apretó mi garganta, arrastró mi cuerpo y lo levantó del suelo sin esfuerzo para después colocarme sobre la mesa de un golpe seco. Me hice daño en las rodillas, al mismo tiempo que llevaba las dos manos a su muñeca para que me soltara.

Ni siquiera podía respirar.

Me ahogaba.

Iba a matarme de un simple apretón.

—¿Oyes eso, lupina? —Se llevó la mano libre a la oreja, vacilándome como lo había hecho yo.

—Me... me... aho... gas... su... su... éltam...

Manoteé en el aire, auné toda la energía que pude para hacerle una llave con las manos, pero cualquier mecanismo de defensa que supiera estaba invalidado. La fuerza que ejercía sobre mi garganta era tan bestial que podría haberme roto el cuello en un pestañeo.

Se afanó en desarmarme.

Le clavé las uñas, en un vano intento de ganar unos segundos de aire. Nada. No había posibilidades. Ni una. Y por primera vez en mi vida sentí el agonizante peso de la muerte sobre mí.

—Son las respiraciones que te quedan. Escúchalas. Presta atención.

Deseé que se confiara, que se acercara más. Tal vez, si lo hacía, dispondría de una ocasión para clavarle los pulgares en los ojos. Me revolví con el cuerpo pesado, a punto de desfallecer, y logré estirar las piernas hacia delante en un movimiento tan veloz que apenas lo percibió.

Esa fue mi salvación.

Y ahí comenzó la guerra.

Le clavé una de las botas en la nuez, lo que me dio la ventaja de apartar la mano que no me soltaba de un movimiento bravo.

Tras ese golpe tosí. Tosí tanto que caí de la mesa desplomada, en un afán de buscar otros segundos que me dieran la ventaja suficiente antes de que emprendiera una segunda acometida contra mí.

La mesa desapareció de mi campo de visión y de mi refugio casi en el instante en el que mi cuerpo se golpeaba contra el suelo.

Busqué en mi mente todas esas habilidades que me habían enseñado en la brigada de espías para no morir en situaciones tensas cuando vi que las probabilidades de salir del cuartel estaban entre cero y uno.

Muy bajas.

—Se acabó el juego, zorra —masculló.

Me aferró de la camiseta por el cuello cuando todavía gruñía por la hostia que le había dado en la garganta.

Aguanté el aire en los pulmones al ver que tenía intenciones de partirme la cabeza con las rejas del calabozo, y ahí me giré cual ninja entre sus manazas.

Me agarré de sus antebrazos con las mías y con las piernas le presioné la parte posterior de las rodillas.

Aquello ocasionó que cayera al suelo estrepitosamente, y yo con él.

—¡Te vas a enterar, mamonazo!

Entrecerró los ojos, quizá recordando que fue el insulto que le dije la primera vez que nos dimos de hostias en la mansión de los Rinaldi.

Mis manos volaron en puños hacia su pecho firme, en una retahíla de puñetazos que impactaban contra acero puro de manera frenética hasta que llegué a su cara.

Ahí sí que me ensañé, mientras él no tenía reparo en atacar cada parte que podía.

Bien para golpearme, bien para detener los leñazos que le daba.

Pero Valentino era un tipo listo y sabía que tenía ganada la partida en un campo reducido en el que yo intentaba escapar como una oveja, mientras que él era el león que iba a morderme en cualquier momento hasta desangrarme.

No iba desencaminado.

Su cabeza se aproximó a mí en un golpe directo. La esquivé a tiempo para evitar que me dejara inconsciente, rodé hacia el lateral y busqué desesperada la pistola. El gilipollas la había lanzado a la otra punta de la sala, por lo que tuve que girarme y gatear para cogerla.

Error.