4La banda criminal
La banda criminal
No demoramos la entrada al cuartel secundario de Roma.
Uno al que no deberíamos haber ido, pues lo utilizábamos para los casos más especiales.
Los que no podían ser grabados o aquellos que no nos interesaba que trascendieran.
De hecho, al lado había una sala donde había ayudado a Romeo, uno de los hermanos de Valentino, con una de sus particulares venganzas.
Pero no estaba allí para recordar aspectos del pasado ni para fustigarme por estar fallándoles a ellos. A los Sabello con los que sí me llevaba bien. Los que sí me caían bien.
No era el caso de Valentino. Y ese día iba a terminar todo.
Por fin la memoria de mis padres descansaría.
—Camina —le ordené al mismo tiempo que le daba un empujón por la espalda con mala leche.
Draco le gruñó sin detener su paso a mi derecha, aunque sabía que ese simple gesto había marcado un antes y un después por lo que le había hecho en el chalé.
Valentino no dijo nada. Tan imperturbable como solía mostrarse con el mundo.
Me fijé en sus muñecas y aprecié las rojeces, junto a varias pequeñas marcas de sangre. En primera instancia no sentí ni un breve atisbo de arrepentimiento, pero cuando me coloqué a su lado... Aquellos ojos verdes, tan claros y tan peligrosos, me produjeron un escalofrío que no logré retener.
Y no fue un escalofrío cualquiera. Era uno de esos que se te clavaban en el alma, de los que sabes que no está bien sentir porque la persona que tienes al lado es el demonio con cara de canalla.
Y me encontré cabreada al no saber por qué esa sensación tan espeluznante descendió por mi garganta, atravesó mi pecho y se aposentó en mi bajo vientre, molestándome.
No conseguí dejar de mirarlo intensamente. Como si me hubiera hipnotizado.
Como si lo estuviera viendo de verdad.
Me obligué a dar un paso más lento hasta quedarme en la retaguardia.
Gennaro y cinco de los agentes especializados en la operación nos acompañaban, cerrando el paso a cualquier posible fuga, pues Piero también estaba allí, dándole la brasa a Gennaro sin descanso.
Ya lo había visto coger el teléfono dos veces, y eso solo significaba que, o era rápida, o no iba a poder llegar a donde quería.
Vendrían a por él antes y comenzarían los problemas.
Y antes de eso, yo buscaba una confesión.
No habíamos contado con que Piero estuviera por la zona. De hecho, nos habíamos encargado de esperar hasta que Valentino se encontrara solo para irrumpir en su chalé.
—Esto no es un cuartel, Caputo —rugió Piero cuando nos detuvimos en la entrada del acceso.
—Sí es un cuartel. —El teniente elevó la mano hacia la entrada.
Piero se interpuso entre su hermano y nosotros dos. Me contempló con una arrogancia y una maldad que jamás le había visto al abogado. De hecho, de los ocho hermanos, siempre lo había calificado como el más cuerdo, el más sensato. Se veía que me había equivocado.
Se acercó temerario a mí.
Draco le enseñó sus caninos.
—¿A qué está jugando, agente Costa?
Ya era una amenaza que no me tuteara, pero el tono silbante y la manera de enderezar los hombros... Eso quería decir que lo próximo sería un agujero en mi frente. Debía ir con pies de plomo.
Busqué ayuda en Gennaro, quien cerró los ojos unos breves instantes, como si estuviera diciéndome el consabido: «Te dije que era demasiado arriesgado».
Sí, me lo había dicho infinidad de veces, aunque nunca me había negado la ayuda, ni siquiera con los planes descabellados de que todas las operaciones nos llevaran a él para hundirlo con su flota de lanchas, de transportes por los estrechos y aquella red clandestina que todavía no habíamos podido identificar.
Iba a joderlo muy mucho. Muy... Mucho.
—Piero. —No me molesté en usar ese trato de cortesía.
No era aplicable a nuestra situación, pese a que yo lo hubiera usado con su hermano.
Con él tenía que marcar otro tipo de diferencias.
Esos ojos me..., me poseían—. Federico Longo ha sido asesinado por tu hermano.
Ayer por la mañana. A la vista de todos —recalqué.
—¿Dónde están las pruebas de esa acusación? —El tono fue demasiado de abogado.
—Las tenemos. Así que vamos a hacer todo esto de la mejor manera posible y sin generar más altercados.
Traté de sonar apacible; sin embargo, fue ese segundo en el que elevé la mano para apartarlo de mi camino el que marcó la diferencia y el que me mostró al verdadero Piero Sabello.
Gennaro se había girado junto al resto de agentes para abrir el acceso al falso cuartel y Piero me sostuvo la muñeca con tanta fuerza que creí que llegaba a romperme los huesos. Contuve el aire, sin mostrar el daño que ejercía en mi carne cuando añadió:
—Trabajas en la policía, pero todavía no conoces el olor de la sangre, Beatrice. —Lo miré. Su mirada era la de un loco—. Y puede que la primera y la última sea la tuya.
Draco endureció la postura de inmediato, fijó la mirada en Piero y el lomo se le erizó.
Fui más rápida al elevar la mano libre para que no atacara, en una orden silenciosa.
Podría haberme deshecho de la prisión de su mano en un abrir y cerrar de ojos; no obstante, no quise empeorar la situación y lo dejé pasar.
—¿Me estás amenazando? —Era una pregunta idiota, aunque no aparté mi mirada de la suya.
Tenía las lágrimas contenidas por el dolor. Me vi en la obligación de apretar los dientes, aunque la llegada de Gennaro evitó que tuviera que deshacerme de su agarre por la fuerza.
—¿Quiere ser el siguiente en acompañarnos, señor Sabello segundo? —le vaciló.
El tono dictaba una prepotencia digna del teniente. Ni siquiera se molestó en perfilarla. A Gennaro se la soplaba. De ahí a que hiciéramos tan buena pareja.
Piero abrió la mano con lentitud, sin apartar aquella amenaza velada de sus ojos.
Guie mi atención hacia Valentino, quien nos contemplaba con los labios sellados y cara de cansancio, como si el tema no fuera con él.
¿Cómo mantenía esa postura tan firme y sin pestañear?
Una de dos: o confiaba plenamente en Piero y sus acciones, o se la pelaba todo.
—Imagino que también debo quedarme esperando —ironizó Piero mirando a Gennaro.
—Mientras la agente Costa le haga el interrogatorio, sí.
—¿Y desde cuándo la assistente capo tiene que hacer interrogatorios, tenente? —cuestionó.
Gennaro dio un paso para quedarse más cerca de Piero, lo contempló con astucia y esbozó una sonrisa dañina.
—Desde que yo se lo permito, señor Sabello.
—Hablaré con su superior para que tenga en cuenta que no son necesarios los servicios de un tenente en la Guardia di Finanza.
Gennaro sonrió con más amplitud.
—Me parece perfecto. Le invito a hacerlo. —Ignoró a Piero y me contempló—. ¿Empezamos ya, agente Costa?
Asentí, pasé por delante de Piero y sujeté el enorme antebrazo de Valentino.
Dios, me sacaba una cabeza y media. Era tremendamente grande y magnético y...
«¿Qué coño estás pensando, Beatrice?». Dejé la pregunta en el aire al imaginarme atrapada por aquellos brazos mientras me hacía cosas que no debería nombrar.
Porque reconocer que me ponía muy burra cualquier pelea en la que nos cruzáramos era, cuanto menos, para ir a un psiquiátrico.
No me había ocurrido con ningún hombre más.
No obstante, Valentino tenía un aura arrolladora, dañina y letal que me llamaba como la miel a las abejas.
Y me contradecía a mí misma cuando pensaba en él y me daban ganas de asesinarlo, de meterlo en la cárcel para toda la vida o de hundirle el imperio hasta arrasarlo por completo.
Tocarlo fue una corriente abrasadora.
Él también lo notó.
Su expresión cambió a una de confusión casi imperceptible, pero yo había aprendido durante muchos años a leer a las personas. Sobre todo a él, en la distancia.
Seguí los pocos metros que nos quedaban para llegar a la puerta, con el corazón en la garganta y los latidos perforándome los tímpanos. ¿Qué coño me ocurría? Le ordené a uno de los agentes que se hiciera cargo de Draco.
Gennaro se quedó mirando fijamente a Piero, aunque yo sabía que me observaba a mí sin fijar sus ojos en los míos.
El otro Sabello se encontraba frente a Gennaro, como si estuvieran custodiando la puerta.
No me demoré y avancé detrás de Valentino.
Bajé el escalón con el que habría deseado que se tropezara, lo adelanté sin soltarlo del antebrazo por la derecha, arrastré una de las sillas y la señalé.
—Siéntate.
Se quedó muy recto, por culpa de las esposas que no pensaba quitarle. Me coloqué por delante de la mesa, sin perderlo de vista, y reparé en el único informe que había sobre ella: el de mi promoción.
Y entonces nuestros ojos volvieron a conectar con tanta profundidad que me asustó.
Mantuvo los labios sellados, el mentón cuadrado y firme sin gesticular.
Ni siquiera me pareció verlo respirar. ¿Era eso humano?
¿Era posible? No tenía rigidez en los hombros ni parecía intranquilo.
¿Tanto me infravaloraba? ¿O es que ya no se acordaba de la paliza que le di en la mansión de los Rinaldi, tiempo atrás?
Mi boca salivó al rememorar la monumental pelea y cómo nuestros puños chocaron como hierros en medio de la piscina de los Rinaldi. Ese fue el principio de una nueva era hasta llegar al momento en el que nos encontrábamos.
A lo que más había deseado.
Continué con mis ojos clavados en él hasta que pronuncié sin formalismos:
—¿Qué cargo ocupabas en la Mano di Caino?
La pregunta lo descolocó. No porque lo mostrara él mismo, sino por su mirada.
No respondió.
Abrí la carpeta, extraje su ficha policial, la que lo vinculaba a la banda criminal, y la planté delante de él con un golpe seco. Le reformulé la escena de otra manera: