3El café caliente #3
El vozarrón de Piero se oyó por todo el chalé y al teniente no le dio tiempo a escuchar mi comentario. Sonreí cuando la muy puta me apretó las esposas hasta casi pellizcarme la carne. Se acercó a mi oído y murmuró entre dientes:
—Espero que no te hagan muchas heridas.
—Zorra.
Rio como una hiena y añadió:
—La zorra te va a meter entre rejas, calvorota.
¿ Qué ? ¿ Es que no veía que me había crecido el pelo? Porque me lo había dejado más largo, todo había que decirlo . ¿ Estaba ciega?
—Creo que necesitas gafas —rugí ofendido.
No me contestó porque Piero entró como un demonio en el infierno.
—¡Tenente Caputo! ¿De qué se lo acusa? ¡No pueden hacer esto!
—Señor Sabello, claro que podemos. Tenemos una orden.
—Pues dígame de qué se lo acusa, tenente Gennaro —rugió con los dientes apretados.
Creí que Piero le daba un cabezazo de lo cerca que estaba. El teniente ni se inmutó, pese a que la apariencia de Piero daba pavor. A veces tenía la sensación de que más que el niño bonito de los Sabello era como el diablo vestido de Prada.
—Cuando lleguemos al cuartel, tendrá tiempo de entrevistarse con su cliente.
—No va a ir a ningún cuartel —declaró taxativo y miró a Beatrice con mala cara.
Si hubiera podido, la habría dejado como un moco pegada a la pared.
—¡Nos vamos, agente Costa! —Movió dos dedos en el aire con arrogancia, pasó por el lateral de Piero y a mi hermano casi le provocó una embolia que lo ignorase de esa manera.
Se llevó la mano a la pistola y negué con la cabeza. ¿Adónde iba el loco? No pude advertirlo más porque el metro y medio que me había clavado las esposas me empujó con ímpetu mientras decía:
—Valentino Sabello, quedas detenido por el asesinato del agente de la Guardia di Finanza Federico Longo. Tienes derecho a guardar silencio, a no responder a las preguntas que se te formulen, a designar un abogado y a entrevistarte con él. Todo lo que declares podrá incorporarse a la investigación.
Me detuve, giré el cuello para mirarla y me quedé clavado en sus ojos, con cara de cansancio.
—¿Tú eres tonta?
Entrecerró la mirada y me empujó. Piero continuaba como una moscarda al lado del teniente, al que estaba a punto de reventarle la vena aorta de escucharlo.
—Señor Sabello, si no nos hubiera cerrado la puerta en las narices, me habría dado tiempo a decirle el motivo de nuestro registro y por qué iba a venirse con nosotros al cuartel. Así que vamos. —Extendió la mano para que saliéramos de la habitación.
—¿De qué está hablando? —vociferó Piero, cansino.
No iba a parar hasta salirse con la suya.
—¡Señor Sabello! —Caputo se volvió en dirección a Piero con coraje—. Ahora mismo está actuando como hermano del señor Sabello, no como abogado, ¡hostias! Cuando llegue al cuartel, ¡haga su puto trabajo y cállese ya!
Obvié el tono del teniente.
Obvié que Piero le había jurado una muerte lenta y agonizante.
Y me fijé en la lupina, porque volvió a empujarme y me cabreó.
—¿Y creéis que tengo el puto cadáver en mi casa?
—Todo puede ser —apuntó Beatrice y me dio una patada en la parte trasera de una rodilla—. Camina.
No me lo pensé cuando acerqué mi rostro al suyo de manera intimidante.
Se asustó, retrocedió un paso y me observó con una mezcla de odio que no comprendí.
¿Qué le sucedía a aquella capulla? El perro que la había acompañado no tardó en hacerse notar al entrar en la habitación. Olía el peligro de su dueña, ¿o qué?
Los gruñidos de alerta fueron emergiendo como pequeños avisos.
—Otro golpe más y te juro que te arrepentirás de que haya aparecido en tu vida.
Enarcó las cejas, dándome a entender que le importaba una mierda mi amenaza. Fue Caputo el que volvió a mediar entre los dos.
—Señor Sabello, si no tiene nada que ocultar, ¿por qué no nos acompaña y ya está?
No dejé de mirarla.
Y de reojo atisbé que Caputo sacaba los morros hacia fuera, esperando una respuesta. Piero se colocó al lado del teniente, todavía con el perro gruñendo de fondo. Me dio la sensación de que esperaba una única orden.
—Mi cliente no ha matado a nadie.
Caputo soltó una risa sardónica. Yo continuaba tratando de leer en los ojos de la morena a qué estaba jugando.
—Vale, señor Sabello. No me hable más o al final acabaré deteniéndolo por desacatar a la autoridad.
Piero se hinchó con ira contenida, se mordió la lengua dentro de la boca y me buscó con la mirada. Sabía que, o cerraba el pico, o no me sacaba del cuartel. Y últimamente no comprendía lo que le ocurría, pero estaba demasiado pensativo y alejado de nosotros en cuanto tenía oportunidad.
Aparté la mirada de Beatrice, jurándole una buena zurra en cuanto me soltara las esposas. Pasé por al lado del can y le enseñé los dientes, como buen contrincante.
Ni se inmutó, claro. Al contrario, me ladró y clavó las uñas en el suelo de madera oscura.
—La factura me la pagas —le dije caminando hacia la salida, con las manos a la espalda y las esposas jodiéndome la piel.
Yo iría al cuartel, pero ella iba a enterarse de que con los Sabello no podías meterte. Mucho menos cuando tenías una relación más estrecha y te habías beneficiado de ellos cuando te había convenido.
A la lupina le iba a hacer muy poca gracia mi visita.