3El café caliente #2
—Creo que no entiendes la situación, ¿verdad? No te entra en el cerebro de mosquito que tienes.
La contemplé impasible. Cogí la taza de café mientras ella negaba con cara de asco. ¿Qué bicho le había picado? A Tiziano iba a preguntarle en cuanto se marcharan de allí. Por si había algo de lo que no me hubiese enterado, ya que Dante no lo había llamado cuando la encontramos en Mesina.
—Señor Sabello... —Otra vez el guaperas de turno.
—Saque al chucho de mi casa, tenente Caputo. O lo saco yo.
La amenaza no fue para él, fue para Beatrice, quien cada vez cerraba más los puños. Me fijé en un breve movimiento del teniente. Fue mínimo, pero suficiente para refrescarme la memoria. Yo los había visto antes... A los dos. Pero ¿dónde...?
Draco enseñó todos los dientes con más ahínco y, cuando me moví a la derecha, no dudó en lanzarse a mi brazo.
Reaccioné antes de que llegara a mi extremidad.
Con la mano atrapé el asa del arnés táctico de un tirón seco y, con la otra, sostuve el pecho del dóberman para mantenerlo alejado.
Durante un segundo, los cincuenta kilos de músculo se quedaron sin apoyo suficiente para impulsarse y atacar de nuevo.
Gruñó con rabia, con las patas delanteras arañando el aire y los colmillos chasqueándome a pocos centímetros del antebrazo. Parecía estar poseído.
—Hoy no, chucho baboso.
—¡Suéltalo ahora mismo! —bramó Beatrice. En su voz noté la pérdida de los nervios. También en la pistola que me apuntaba sin contemplaciones.
—Señor Sabello, suelte al can. ¡Es una orden! —dictaminó Caputo.
—En cuanto deje de intentar arrancarme el brazo —dije con esfuerzo, pues el perro no cesaba en sus intentos por alcanzar mi carne. Menuda bestia.
—¡Draco, ven!
De manera automática, el dóberman aflojó la fuerza sin quitarme la mirada asesina, relajó el agarre que había tenido con sus patas y yo lo solté a plomo, sin ningún cuidado. Por supuesto que colocó las patas en posición antes de caer al suelo.
—No es una petición, señor Sabello. Así que, o lo hacemos por las buenas, o nos marchamos al cuartel por las malas. ¿Qué decide?
Que el teniente se midiera la polla conmigo de aquella manera me cabreó.
Porque en mi fuero interno sabía que no tenía muchas más opciones que acompañarlos, pasar por el dichoso cuartel a ver qué narices querían ahora y después llegar a mi casa para ordenar el desorden que aquellos hijos de puta dejaran.
No iban a encontrar nada.
Me acerqué de forma intimidante a Gennaro Caputo, obviando que la morena de ojos rasgados seguía cada movimiento mío con inquina, como si le molestase mi respiración.
—No sé en qué liga se piensa que juega, Caputo. Pero se equivoca.
El chulo resabido, porque no podía calificarlo de otra manera, giró el rostro para quedarse a escasos milímetros de mi cara.
—¿Es una amenaza, señor Sabello?
—¿Le parezco amenazante, Caputo? —Se la devolví sin inmutarme.
Sonrió con bravuconería. Me dieron ganas de borrarle la sonrisa de un puñetazo en el entrecejo. Juro que lo imaginé muerto en el acto, en el suelo de mi cocina.
—La verdad es que no —me contestó con cara de asco—. ¿Quiere venir al cuartel con el batín?
La pregunta me sonó a sorna y ahí sí que salieron mis instintos más asesinos. El cuchillo de caza estaba bien para pegarle puñaladas, una tras otra, hasta que se desangrara. Pero tal vez... Me fijé en la lupina. Ya recordaba dónde los había visto a los dos juntos.
—Voy a cambiarme de ropa. No me gustaría incomodar a su pareja.
No supe si lo pilló o no. Me dio igual. Pero de lo que sí estaba seguro era de que aquellos dos compartían algo más que una relación de compañeros.
Los había visto juntos cenando en uno de los restaurantes más famosos de Trastevere, una noche que la mujer de Romeo, Mia, necesitó ayuda y fuimos a por ella al encontrarla cenando allí.
Pasé por el lado de ambos sin querer fijarme demasiado en la que liaban en casa. Pero ¿dónde coño estaba la ayuda cuando se necesitaba? ¿Por qué tardaban tanto en venir?
Subí las escaleras de madera hacia la segunda planta y avancé hacia el enorme dormitorio con parsimonia. Oí con claridad el resoplido de Beatrice y sonreí sin que me viera.
—¿Puedo vestirme a solas? —les pregunté cuando entraron detrás.
—El riesgo de fuga es bastante alto —pronunció con altanería ella y me giré para mirarla—. Así que no.
Se cruzó de brazos y me contempló con el mentón alzado.
—Muy bien.
Me detuve en el filo de la cama, deshice el nudo de la bata y la solté en el suelo, provocando que la rojez le subiera hasta las mejillas al mismo tiempo que se giraba veloz para no verme el rabo. El teniente sonrió con sorna y cabeceó en señal afirmativa, sabiendo lo que me hacía.
—Espero que no le incomode, tenente —le dije con sarcasmo.
Se cruzó de brazos también, sin inmutarse.
—Tranquilo, señor Sabello. Ya vigilo yo que usted y su lagarto no salgan por la ventana. A mí también me gusta el nudismo.
Solté un bufido por la nariz en señal de risa sorda. Para mi sorpresa, el comentario de vuelta de Caputo me pareció a la altura. Aparentaba ser un rival en condiciones.
Me moví por el dormitorio como si estuviera en mi casa y me vestí con unos vaqueros y una camiseta sencilla de manga larga.
Que me demorase en hacer cada movimiento ocasionó que la agente Costa se pusiera de los nervios y, por ende, que cuando se giró, el nivel de su cabreo fuera extremo. Lo leía en su mirada.
—Como seas igual de lento para todo, vas a estar muchos días en el calabozo —dijo evidenciando su enfado.
Dio cuatro largas zancadas —dentro de lo que sus piernas le permitían—, llegó hasta mí, abrió las esposas y me giró con una mala hostia digna de admirar.
—Cuidado, lupina. —Soné amenazante—. No me gustaría perder ninguna muñeca ni que perdieras tú una.