3El café caliente
El café caliente
Abrí el periódico como cada mañana.
Le di un sorbo al café bien cargado sin azúcar y busqué en el apartado de noticias la información más importante sobre lo ocurrido el día anterior en el estrecho de Mesina. Ni una mención. Como si la muerte de uno de los agentes de la Guardia di Finanza no tuviera importancia.
Podría buscar en las redes sociales. El problema era que no tenía ni las quería.
No hasta el momento, pese a que alguno de mis hermanos se había puesto muy insistente con aquel tema.
Moví el cuello para destensarlo y aguanté un suspiro cuando el teléfono me sonó.
Lo había dejado en el salón-comedor y no pensaba moverme.
Estaba sentado a la mesa de la cocina independiente, en otra estancia de mi enorme chalé en la Domus Aurea, el parque que cruzaba hacia el gran Coliseo de Roma. Allí nadie podía tener una vivienda.
Nadie excepto yo.
—¿Quién es, Paco?
Paco era la inteligencia artificial que gobernaba toda la casa y se encargaba de su seguridad cuando yo no estaba, que eran muchos días. Estaba tan sumamente configurada que la tenía, o lo tenía, si nos referíamos a Paco, hasta los cojones.
—Su hermano Piero, señor.
Me reí por el «señor». Me encantaba esa sensación de superioridad que me otorgaba la simple palabra.
Un segundo después de la risa me daba cuenta de que era una IA, que estaba entrenada como yo quería, y entonces las bromas de algunos de mis hermanos de que me faltaba más de una neurona por tener tanto músculo ganaban peso.
Y la risa pasó a un segundo plano y solté un ladrido:
—¡Descuelga!
Me dejé caer a plomo en la silla de madera oscura, como toda la decoración del chalé. Era sobrio, sí, pero era mío. Y era tan gigante como yo.
—¿Valentino?
—¿Qué?
—Mmm, buenos días. Te he mandado diez wasaps, por lo menos. Pensaba que la habías palmado.
—Bueno, según tú cuando morimos nos vamos a otra vida, ¿no? A ver qué tal está esa —ironicé y resopló.
Era evidente que me reía de él. De Piero y sus habilidades yoguísticas para que todo fuera paz, amor y una pistola de tanto en tanto.
Sobre todo cuando se juntaba con sus hermanos.
Este era el séptimo en la dinastía de los Sabello, el abogado de la familia y por el que todos nos habíamos hecho un tatuaje en el dedo corazón de la mano izquierda cuando casi la palma meses atrás. Me lo miré.
« Gracias », ponía.
Gracias daba yo por beberme el café caliente cada mañana y por oír de fondo a una cotorra que no entendía ni qué estaba diciendo.
—... para mañana. Valentino. ¿Me estás escuchando?
Suspiré, agarré la ridícula taza con mi manaza y le di un sorbo con tranquilidad. Porque el café era bueno, pero en su justa medida. Yo era más de proteína, grasas saludables y carbohidratos que alimentaran la roca que tenía por cuerpo.
—Claro.
Resopló por segunda vez. Me dio la sensación de que lo había hecho de nuevo en un intervalo demasiado corto.
—Claro, ¿qué?
Me fijé en un movimiento extraño en los ventanales de la entrada. Los veía perfectamente desde las puertas dobles. ¿Quién coño...?
—Ahora te llamo.
Me levanté abruptamente. Recoloqué la bata de seda borgoña que llevaba y me até el cinturón con fuerza. Iba desnudo y con los pies descalzos me moví sigiloso por el parqué oscuro hasta casi la entrada, justo en el momento en el que Paco anunciaba:
—Señor, he contado a más de veinte efectivos de la policía en la entrada.
Fruncí el ceño, agaché el rostro y esperé a que terminaran de entrar por el acceso que separaba mi chalé del resto del parque. Habían reventado la puerta principal sin ningún miramiento.
—¿Qué hace la policía en tu casa? —preguntó Piero con alarma.
—Cuelga, Paco.
—¡Valentin...!
Y colgó, porque Paco era eficiente de más y un modelo de última generación. Piero no tuvo opción a réplica. Encima, ni lo había escuchado. Me había molestado en la hora de mi puto café, al igual que iban a hacerlo esos payasos uniformados que se acercaban a pasos agigantados a la puerta de casa.
Entonces la vi. ¿Cómo no se había muerto? ¡No podía ser!
Y suspiré con más cansancio que todas las veces que había suspirado ya esa mañana. ¿Qué putas le ocurría a la subnormal aquella conmigo? ¿Cómo no me la había cargado con la granada?
Pues apenas tardaría unas horas en descubrirlo.
Vi su dedo dirigirse al pulsador desde los pequeños cubos de cristal de la puerta maciza. No iba a permitir que pusiera sus sucias manos de poli en mi timbre. Abrí antes de darle opción siquiera y se quedó con el dedo en el aire.
—Ni se te ocurra tocar.
La morena de ojos rasgados enarcó ambas cejas y lo pulsó con mala leche. No moví un músculo de la cara, pero me apunté mentalmente que debía pasar el desinfectante por el botón.
Me fijé en el tipo que encabezaba la operativa con ella: el teniente Caputo. Conocido por ser un rompecorazones y un hijo de puta en su trabajo. Un enemigo con el que no debíamos relacionarnos.
—Tenente Gennaro Caputo, de la Guardia di Finanza. Tenemos una orden judicial de registro, señor Sabello.
No le quité los ojos de encima al tapón de alberca mientras el teniente sacaba el papel y me lo plantaba en las narices con mala baba.
—¿Qué haces, metro y medio? —me burlé de ella, pero no contestó.
En sus ojos había una altanería temeraria. Caputo se metió de nuevo:
—Señor Sabello, queda informado de que vamos a proceder al registro de la vivienda.
Me fijé en el enorme bicho que la acompañaba, sentado a su lado. Sin moverse. Sin apartar unos inquietantes ojos de mí. Enarqué una ceja en un gesto muy particular en los Sabello, chasqueé la lengua y asentí como si estuviera de acuerdo. Caputo fue a dar la orden de entrar y...
Les cerré la puerta en las narices.
Tuve que contener la carcajada que a punto estuvo de salirme al ver la cara de gilipollas que se le quedó a la poli. Había pasado de tener los ojos rasgados a ser un búho.
—¡Señor Sabello! —bramó con genio Caputo.
Sí, parecía un buen teniente. Me lo anotaría para investigarlo.
Me acerqué con pasos ligeros a la gran cocina, agarré una manzana de la fuente de la isla y me senté a la mesa para retomar mi café mañanero. Fuera se escuchaban muchas voces de los agentes cabreados por el guantazo sin manos que les había dado.
E iban a tirarme la puerta abajo. Lo sabía.
Me presioné la muñeca izquierda, donde mi padre nos había puesto un localizador de última generación, como mi Paco pero más moderno, para saber cuándo cagaban o follaban sus hijos.
Era ironía pura, claro. Lo había hecho desde que mi hermano Romeo casi la palma y lo había mejorado para darnos un poco de privacidad cuando Piero casi lo siguió al otro mundo.
Ahora, dependiendo de cuántas veces lo pulsaras, transmitía un aviso distinto.
Eso sí, teníamos terminantemente prohibido desconectar el cacharro con la ubicación.
Y mandaba cojones que con cuarenta y cuatro tacos yo estuviera aceptando órdenes de mis padres...
Pero qué razón tenían los padres siempre.
Lo pulsé dos veces: «Problemas».
—Tres...
Le di un sorbito al café y cogí el periódico.
—Dos...
Solté la taza y agarré la manzana.
—Uno...
Mis papilas gustativas se impregnaron del sabor ácido de la fruta, momento en el que la puerta fue reventada y entraron a tropel, después de quién sabía cuántos avisos por su parte.
No los había escuchado. Como la conversación con Piero.
Porque estaba sumido en mi puto café. ¿Es que era tan difícil de entender?
—Draco, cerca.
El enorme dóberman negro siguió la estela de Beatrice mientras ella observaba el interior de la casa hasta dar conmigo. Solté el aire con hartazgo, oyendo a Caputo dar órdenes a diestro y siniestro sobre dónde podían empezar a registrar.
—Quedas detenido por desobedecer a la autoridad. Levanta —me ordenó sacándose las esposas de la parte trasera del uniforme.
Crucé los brazos a la altura del pecho y la bata se me abrió un poco por esa zona. Ella siguió ese movimiento, pese a que intentó disimularlo.
—No te has muerto.
Apretó los dientes tanto que pensé que se le partirían. Dio dos pasos y el perro la siguió.
—Te vas a reír de tu madre, Valentino. ¡Levanta! —Golpeó la mesa.
—Con la mamma, no... —Elevé un dedo en alto para que viese que no había ni rastro de broma en mi voz.
—Que. Te. Levantes.
—Saca al chucho de mi casa —gruñí cuando lo vi olisqueando la cocina.
Su actitud cambió a una más agresiva. Arrastró las uñas con maldad por la mesa, se separó unos centímetros hacia atrás y, sin quitarme la mirada asesina de encima, añadió:
—Draco, ¡busca! ¡Otra vez!
No lo pensé. Me incorporé de mi asiento con la clara intención de sacarla de mi casa agarrándola del cuello.
Fue un visto y no visto. El chucho se había colocado a mi izquierda en posición de ataque, con la vista clavada en mí y los caninos asomando al mismo tiempo que gruñía en señal de advertencia.
—¿Vienes voluntariamente a que te espose? —se chuleó.
—No me da miedo tu perro. ¿Sabes lo que le hace una bala en la frente?
La cara le cambió, aunque trató de disimularlo. Bien, acababa de encontrar su talón de Aquiles.
—¿Necesitas ayuda, Costa? —La voz de Caputo me llegó desde el salón, pero había estado pendiente durante toda nuestra batalla dialéctica desde allí.
—No —silbó ella—. El señor Sabello va a acompañarnos al cuartel de manera voluntaria.
—¿Y puedo saber por qué tendría que hacerlo?
—Porque se te acusa de encabezar el alijo de Siracusa. Tráfico internacional de drogas y organización criminal, ¿te suena de algo? Tenemos a una tal Donna en las grabaciones y pruebas suficientes para relacionar a tus hombres con el desembarco.
Volví a sentarme.
El perro gruñó con más coraje y lo miré mal.
—Largaos de mi casa y tocadle los huevos a otro.
A Beatrice casi se le partieron las muelas. Contuve una carcajada y las ganas de sacar la pistola para liquidarlos a todos, porque lo que no me hizo ni puta gracia fue ver cómo me revolvían la casa entera en busca de quién sabía qué indicios.
Lo que estaba claro era el desorden que iban a dejar.