2La orden #3
No era un perro agresivo por naturaleza. Estaba extremadamente disciplinado, pero era cierto que cuando entraba en modo trabajo resultaba demasiado intimidante. Excepto para Gennaro, al que le comía los morros y le movía el rabo en el sofá de casa, en el que había conseguido acorralarlo.
Cuando comencé en la Guardia di Finanza, participé en una operación dedicada al tráfico ilegal de animales.
La investigación terminó con el desmantelamiento de un criadero clandestino donde criaban y vendían perros de manera ilegal.
Allí encontramos varias camadas hacinadas, animales desnutridos, documentación falsificada y perros destinados a la venta.
Entre todos los cachorros había un dóberman negro que llamó poderosamente mi atención por su comportamiento, dado que por entonces yo ya era guía canina. Mientras el resto lloraba o buscaba refugio, él permanecía inmóvil observando a todo el mundo.
Era desconfiado, no permitía que nadie se acercara.
Y nos miramos.
Fui la única que pudo cogerlo entre sus brazos y arroparlo.
Los veterinarios comprobaron que estaba sano y que tenía unas condiciones extraordinarias, y decidieron incorporarlo al Servicio Cinófilo para formarlo como perro operativo.
Cuando preguntaron qué guía quería hacerse cargo del cachorro durante su formación, evidentemente me ofrecí voluntaria, pues yo había sido la impulsora para que todo lo anterior aconteciera.
Desde el primer entrenamiento surgió un vínculo muy fuerte entre ambos y acabamos convirtiéndonos en un binomio operativo.
Draco pasó a ser oficialmente un perro de la Guardia di Finanza, asignado a mí.
Y aunque Draco pertenecía oficialmente al cuartel, convivía conmigo.
Siempre que terminaba un servicio, en el caso de haberlo, volvía a casa, como desde que era un bebé.
Solo permanecía en las instalaciones del Servicio Cinófilo cuando había entrenamientos específicos, revisiones veterinarias, operaciones compatibles con su presencia o cualquier necesidad del cuerpo.
El resto del tiempo éramos como el pack de los yogures.
—Draco —lo llamé para que le diera un respiro al hombre de traje arrugado.
Automáticamente se separó y se sentó esperando una orden. Sonreí, me acerqué a él y besé su cabezón. Rocé mi nariz con su hocico y le dije:
—Vamos a prepararte la comida.
Porque otra cosa no, pero Draco tenía una alimentación impecable y mejor que la mía. Me encaminé hacia la cocina, abrí la nevera y saqué su táper de comida natural.
Unas manos me envolvieron por la cintura y me giraron con rapidez.
—¿Has dicho que prepare la bolsa sin bragas? No te he entendido bien.
Me alzó del trasero y me subió a la encimera. Tuve que soltar el táper al lado, pese a que Draco me miraba mal desde la entrada. Le pedí un momento con mis dedos y llevé las manos a la nuca de Gennaro, arrastrando mi trasero hasta que quedó en el borde de la encimera.
—Pues no sé, tenente. ¿Qué me recomienda? —susurré sobre su boca.
Capturó mi labio inferior con los dientes.
Me fijé en que se había deshecho de la chaqueta del traje y el corazón comenzó a latirme frenético.
Me ponía muy burra aquel aura dominante de Gennaro y algunas veces me asustaba de los pensamientos que aparecían en mi cabeza y de lo que deseaba que me hiciera.
« Eso está mal, Beatrice », me decía y no podía ni pronunciarlo en mi cabeza, de lo sucios que eran. De lo perversos que llegaban a ser.
—Seguramente se me olviden —advirtió tirando de mi pantalón hacia abajo.
Mis dedos volaron a los botones de su camisa.
—Entonces... Voy a estar demasiado fresquita todos los días.
Sonrió pegado a mi boca, sin dejar de mirarme pero sin besarme. Alargando ese momento como un condenado. Fue entonces cuando sentí que su mano se colaba por mis braguitas y llegaba a mi sexo.
—Sé cómo calentarte, créeme.
—Gennaro... —gemí al notar el primer roce de arriba abajo.
—Bea... —Clavó sus dientes en mi barbilla y abrí las piernas, dispuesta a todo.
Oí el sonido de su cremallera al bajar con la mano que tenía libre. Me mordí el labio al saber lo que se aproximaba.
Saqué la lengua, delineé sus labios y junté nuestras frentes. Mis caderas se pegaron a las suyas con ese movimiento, frotándome más contra aquella mano que me hacía sufrir. Gruñí deseosa y cuando las ganas fueron a arrastrarme para un segundo roce, algo se clavó en mi pecho al empujar a Gennaro.
—¡Ah! —me quejé y me separé al sentir un pinchazo en mi pecho derecho.
—¿Qué ocurre? —preguntó extrañado.
Caí en la cuenta, me deshice de la camiseta prestada y me quedé con el sujetador que no me había quitado. Un pequeño hilo de sangre manchaba mi piel.
—¿Qué te ha pasado ahí? —cuestionó con alarma—. ¿Qué es eso?
Lo detuve antes de que tocara la sangre, metí la mano en el interior de la tela y extraje lo que había conseguido guardarme cuando llegué a mi barco después de la explosión.
La sostuve entre los dos, como si fuera un péndulo que oscilaba entre Gennaro y yo, y aquella cruz de oro se movió incesantemente de uno a otro.
—Esto es un tesoro que Valentino Sabello va a querer recuperar.
Lo que no sabía era que esa cruz me estaba mandando un mensaje y que yo iba a tardar en entenderlo.
Sangre.
La cruz me había hecho sangre.
E iba a sangrar.