Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 2La orden #2
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2La orden #2

Pero ahora iba a traicionar algo que era parte de su vida: su hermano. Iba a encerrar a su hermano entre rejas para toda la vida, si era posible.

Aquello me llevaba una y otra vez a la idea insistente de que debía desaparecer de Italia, de que debía cambiar de destino, como mi amiga Noa. Y eso Gennaro lo sabía. Lo habíamos hablado, pero sin concretar nada.

—¿Qué pasará cuando Mia se entere? O Adara. —Miré el horizonte, el agua que ya se había calmado, y sentí que mi corazón latía bravo y veloz—. Ellas son las mujeres de la familia, Bea. No van a recordar lo bien que les caes ni siquiera la posible amistad que hayáis tenido.

« Mia. Adara ». Me repetí los nombres porque, en el fondo, algo me rasgaba las tripas.

Con Adara había tenido menos contacto pese a ser un alma bonita, una persona con luz propia.

Pero era la mujer de Tiziano. Sin embargo, con Mia había construido una amistad que habíamos ido regando a cuentagotas, pero regando.

Sin abandonarla. Y tal vez sí me escocía lo suficiente que tomara partido. Que no entendiera mis motivaciones .

Pero es que Valentino había matado a mis padres.

Los había asesinado a sangre fría.

¿ Cómo iba a olvidarme de aquello ?

No tenía justificación, pero mi plan llevaba mucho tiempo gestándose. Igualmente, ni siquiera contaba con la posibilidad de hablar con ellas. ¿Qué harían? Dispararme. Matarme también.

—¿Y después? —murmuré sin mirarlo. Sin desear responder a las preguntas que me quemaban las entrañas.

Una ráfaga de aire me trajo el olor a hombre poderoso, caro y perfecto con imperfecciones. Al tipo que se movió lo suficiente para verme la cara con los ojos brillantes. Con aquella mirada que me demostraba lo que sentía en lo más profundo de su alma.

—Abrimos un mapa, pones el dedo y donde caigamos.

Nunca lo había dicho de broma. Ni siquiera la primera vez que le expliqué el plan descabellado.

Porque todo eso lo hacíamos dentro de nuestro trabajo, pero con el fin de coger a Valentino para meterlo entre rejas.

Para que las pruebas apuntaran sin descanso a él.

Para que tuviera tantas encima que le cayeran cien mil años de cárcel y muriera disecado.

No sabíamos cómo íbamos a plantear nuestra desaparición de Italia. No obstante, no podía demorarse mucho si al día siguiente disponíamos de esa orden.

—¿Y la boda?

Sonrió y me enamoré un poco más de aquella cara.

—La boda sigue su curso. Mañana entraremos, lo dejaremos un par de días en el calabozo pensando y tendrás que recordar que saldrá.

—Me advirtió con una caída de párpados—.

Mientras ponemos nerviosos a los Sabello y tú te escondes para evitar que te vuelen la cabeza, nos quedaremos en Roma y te olvidarás de pisar Sicilia, una barca ni nada que tenga que ver con las operaciones antimafia. ¿Entendido?

—¿Te ha dado tiempo a organizarlo todo en un día?

—En realidad, en unas horas. Vamos, la cara de la fiscal ya decía que sí.

Sonrió como un canalla. Fui a contestarle, pero uno de los agentes del equipo que había ido nos interrumpió:

—Tenente Caputo, hemos acabado. La científica está a punto de llegar. Es mejor que los dejemos trabajar.

Gennaro asintió, se levantó de un salto y extendió la mano en mi dirección.

—Bonita forma de echarnos. —Rio—. Buen trabajo, agente. Yo me encargaré de la Assistente Capo Costa.

El agente asintió en silencio y yo enarqué una ceja cuando se marchó y nos dejó solos. Fui a su lado y le pellizqué en el lateral, o más bien lo intenté, porque solo encontré músculo que agarrar.

—¿Cómo se supone que te vas a encargar de mí? —le pregunté bajito para que nadie me escuchase.

Miró a ambos lados, moviéndonos para que fuéramos hacia la barca anexa que nos llevaría al puerto.

—Se me ocurren varias maneras. Pero primero tengo que quitarte la ropa mojada.

El énfasis en la última palabra me provocó una sonrisa traviesa y que apretara los muslos. El sexo con Gennaro era extraordinario. No por nada tenía una fama de la que no se desprendía.

Nos montamos en aquella barca hasta el puerto de Mesina y de ahí nos fuimos en el helicóptero oficial que nos trasladaría hasta Roma. Di gracias a que me dieron ropa para cambiarme. El frío ya provocaba que me castañearan los dientes.

Tres horas después aproximadamente, el coche oficial cruzó el puente Garibaldi y se internó en las estrechas calles empedradas de Trastevere.

Apoyé la cabeza unos segundos en la ventanilla, lo suficientemente agotada para ser mediodía.

No quería pensar en cómo iba a preparar ahora unas maletas con las pertenencias más importantes.

La mano de Gennaro se posó en mi muslo y coloqué la mía sobre la suya. Eran muy diferentes en tamaño. La suya, grande y morena de un tono oscuro. Decía que había heredado la sangre latina de su madre. La mía, más clara y pequeña.

Y encajaban a la perfección.

Éramos la perfección .

—Puedes echarte un par de camisetas y dos faldas. El resto no es tan necesario.

—¿Llevar bragas no es necesario, tenente Caputo? —me alarmé de broma usando su rango. Era algo que me encantaba hacer.

—¿Dónde está escrita esa ley?

Aparcó en la puerta del piso, como si la calle fuera suya.

—Es usted un pervertido.

Abrió los ojos haciéndose el ofendido, se acercó a mi oído y musitó ronco:

—Eso me lo dices arriba, valiente.

Lo contemplé con media sonrisa, ardiendo porque esos labios me habían rozado y por aquel tono que me llevaba a la locura. Abrí la puerta. Necesitaba aire y que se me despejaran las neuronas, que me chocaban unas con otras por su culpa. Él lo notó, claro que sí. Lo vi reírse por el rabillo del ojo.

Mi piso estaba en la misma calle del famoso restaurante D’Enzo, unos edificios más atrás, en un bloque de color salmón junto a otro edificio cubierto por una enorme enredadera que ocupaba toda la fachada.

Vivía en la segunda planta del número 24, ya que era la única que daba a un patio enorme comunicado con el edificio de la enredadera, que a mí me venía genial.

Solo disponía de dos habitaciones, un baño y una cocina-salón, suficientes para vivir los dos. También teníamos un recibidor cuadrado muy bonito, en el que había puesto algunas estanterías en la pared, las medallas y diplomas más destacados, así como las fotos familiares más relevantes.

La de mis padres y la mía en la graduación era la primera que me recibía cada vez que entraba.

La había impreso en grande y la había colocado justo encima de un espejo pequeño que apuntaba a la entrada. Me detuve en seco al abrir y Gennaro se estampó conmigo, clavándome en la espalda el arma que poseía en medio de las piernas.

Lo miré por encima de mi hombro, preparándome para el bicharraco que venía a por mí.

—Has empezado tú —se excusó y me hice la ofendida con una mirada que no pude sostener porque una enorme lengua me lavó la cara.

—¡¡¡Draco!!!

—¿Cómo está mi chihuahua favorito? —le habló como si fuera un bebé y me reí.

Automáticamente las atenciones y las patas de Draco pasaron a Gennaro, quien lo sostuvo como si estuvieran bailando y se dejó lamer y babear todo lo que quiso y más.

Draco no era un chihuahua, aunque Gennaro se empeñara en mencionar que era de una raza pequeña cada vez que lo veía. A mí me hacía gracia aquello, porque Draco pesaba cincuenta kilos de músculo y era un dóberman negro con marcas de fuego muy oscuras en algunas partes del cuerpo.

Era excepcionalmente alto y más corpulento de lo habitual.

Tenía un pecho ancho, un cuello largo y una cabeza que te daba miedo.

Su mirada era tan fría como el hielo, y ahí era donde verdaderamente comprendías la inteligencia del animal.

Imponía con solo entrar en una sala. De hecho, algunos compañeros del cuartel se apartaban cuando aparecíamos juntos.