2La orden
La orden
Dos segundos.
Ese fue el tiempo que tuve para ver la anilla de la granada volar hacia el suelo de la lancha.
A Valentino corriendo al extremo opuesto de la embarcación.
Y para mirar la granada que el hijo de la grandísima puta me había dejado sobre el pecho.
La aparté de mi cuerpo como si quemara, enganché mi brazo izquierdo en el lateral de la semirrígida y me impulsé con todas las fuerzas que pude justo en el momento en que todo saltaba por los aires.
Yo incluida, gracias a la explosión.
El agua se me metió en los pulmones. Me quedé sin respiración, tosiendo, tragando agua e intentando nadar hacia mi barco para recuperar el aire y no morir ahogada.
Me había hecho saltar por los aires sin ningún miramiento.
Y yo pensaba hundirle la vida sin ningún miramiento también.
—¿Dónde está?
Escuché la pregunta a lo lejos y cerré los ojos unos segundos bajo la manta que me habían puesto mis compañeros cuando llegaron a rescatarnos.
Bueno, a rescatarme, porque Federico ya no volvería a su casa.
Valentino lo había matado sin compasión.
¿Qué culpa tenía aquel hombre de haberse cruzado en su camino en el momento equivocado?
Dos disparos habían bastado para que Federico muriera en el acto.
Para que estuviera tapado con una sábana mientras su mujer lloraba desconsolada al otro lado del teléfono mientras otro agente se encargaba de darle la noticia. Y yo sentía en las tripas la muerte de cualquiera de los míos por culpa de algún desgraciado como Valentino.
No fui consciente de lo que apretaba la manta hasta que me dolieron los puños y los dientes.
—Estás aquí.
Giré el rostro para encontrarme con Gennaro.
Ya había localizado a la peligrosa segunda al mando del Generale di Corpo d’Armata, el máximo responsable de la Guardia di Finanza a nivel nacional.
Los ojos me brillaban por la rabia. Él no necesitó mucho más para agacharse, arroparme entre sus brazos y besar mi cabello.
No hablé. No podía, porque el nudo me oprimía la garganta.
—Sabemos que esto puede ocurrir, Bea. El estrecho de Mesina es peligroso. Federico era consciente de ello. —Fue un intento nefasto de consolarme.
—Ha sido Valentino. —Los dientes me rechinaron.
Se separó de mí unos milímetros e hincó las rodillas en el suelo sin importar que se manchara los pantalones del traje de corte italiano. Frunció el ceño molesto y buscó mi mirada, que yo evitaba.
—Has venido a este operativo porque sabías que iba a estar aquí...
No fue una pregunta. Suspiré y encontré sus ojos avellanados, contemplándome con desaprobación. Me mordí la lengua y lo observé callada, aguantando el impulso de darle un mordisco en aquellos labios esponjosos que ahora mantenía apretados, contenido.
Era guapo. Más que eso, era un chulo arrogante que se había bajado de la montaña del ego que todo teniente como él podía permitirse.
Y lo había hecho solo para conquistarme con sus bromas, con sus salidas de tono y con sus «Vamos a tomarnos un café de dos minutos».
Los dos minutos habían sido claves para ir fijándome demasiado en sus facciones duras y delicadas, en su rostro marcado, en su cuerpo atlético, en sus movimientos al caminar...
Y aquello había terminado conmigo en su cama meses después.
Una y otra vez.
Una y otra vez.
Con el café de los dos minutos como broma.
Elevé mi mano e introduje los dedos en su pelo azabache. Tenía toda la mata de pelo arriba, mientras que los laterales estaban más cortos. Le daba ese aire peligroso y sensual por el que suspiraba medio cuartel.
—¿Puedes no enfadarte? —Lo contemplé suplicante.
Asintió sin despegar los labios. Muy despacio y con esa seriedad que a veces asustaba a quien no lo conocía. Yo sí lo hacía, aunque solo un poco, pues llevábamos oficialmente juntos seis meses. El resto del tiempo lo habíamos pasado entre coqueteos y revolcones.
—No puedes morirte antes de que nos casemos .
Reí inevitablemente.
—Para eso todavía falta un mes —le recordé.
—Y en menos de dos horas, mira la que has liado. —Abarcó con su mano el espacio a nuestro alrededor.
Menos de un mes, en realidad.
Eso era lo que quedaba para que me convirtiera en la señora Caputo. Para que mi apellido, Costa, desapareciera para siempre. Y había dicho que sí. Quizá por buscar unas nuevas raíces, por enterrar el pasado y dejarlo descansar en paz. Por empezar una nueva vida apartada de la venganza.
Y para eso tenía que cumplir mi promesa y acabar con aquel desgraciado que había borrado del mapa a mi familia.
—Dime que lo has conseguido —le imploré.
Dejó caer su perfecto culo en el suelo del barco, tiró de mis hombros, me besó castamente y con la mano libre se sacó un papel del bolsillo de la chaqueta.
—Casi tengo que ofrecerle un polvo a la fiscal.
Los ojos se me iluminaron. Me quité la manta de golpe.
—¿Eso es...? ¿Eso es...? ¡Gennaro! —Me llevé las manos a la boca, sin poder creérmelo.
Había funcionado.
Dos días antes habíamos interceptado un alijo de droga en el puerto de Siracusa, en la misma Sicilia en la que nos encontrábamos.
Habíamos seguido la pista con discreción y habíamos conseguido las pruebas suficientes para vincular el alijo con el grupo criminal de Valentino.
Redacté el informe operativo con todos los indicios necesarios para incriminarlo y lo mandé a Gennaro para que hiciera de las suyas.
Claro que tuve que pedir favores, entre ellos que mi prometido fuera quien visitara la Fiscalía italiana y, después, a la fiscal antimafia, que lo tenía en alta estima —o más bien a sus encantos—.
—El juez lo ha autorizado para mañana. Así que descansa y prepárate para los días fuertes. —Me dio con la orden de registro en la nariz—. Y deja de hacer el idiota. Podría haberte matado.
Lo último lo afirmó con tono sereno. Solté el aire, me resguardé entre sus brazos y cerré los ojos.
—Lo siento. Prometo no darte disgustos hasta que puedas cobrar la paga por viudedad.
El pecho le vibró al reírse.
—Prefiero verte por las mañanas, pero también me viene bien el extra.
Le pellizqué el pezón y se quejó de manera fingida. También nos había costado mucho mostrar ese afecto delante de todos pues, para colmo, Leandro Caputo era el Generale di Corpo d’Armata de la Guardia di Finanza y su padre.
Los rumores habían corrido como la pólvora. Los chismes igual, pero Gennaro se había encargado de marcar territorio con miradas asesinas y frases tajantes.
Dos días habían durado las risitas del cuartel y las miradas cargadas de desprecio , pese a que las féminas continuaban intentando tirárselo en cada ocasión.
—Pretendientes no te faltan. Tienes a la fiscal. —Lo miré con guasa; él abrió los ojos como platos.
—¡Tiene sesenta años! ¿Tú quieres prostituirme?
Le arrebaté la orden de la mano y la elevé.
—Es por un buen fin.
Se quedó callado durante un instante. El necesario para bajarme de una nube a la que le había estado dando demasiadas vueltas.
—Bea. Tendrás que ser cuidadosa. Después de mañana, esto de quedarte sola en tu piso de Trastevere... —Negó con la cabeza—. No podrá ser.
Un nudo se me formó de nuevo en la garganta.
No había valorado la opción de marcharme, aunque Gennaro había sido muy insistente en el proceso. Él lo sabía todo. Se lo había contado todo, sin dejar ningún cabo suelto y sin omitir ninguna parte .
Le había contado cómo entré en la Polizia di Stato, cómo después de unos años allí y siendo la mejor de mi promoción, me habían reclutado para pertenecer a una brigada secreta de espías en Londres.
Cómo había abandonado mi puesto por irme con la que ahora era mi familia: Aarón, el jefe al mando, Noa y Klaus.
Y después de eso, cómo el gran jefazo de todos, Peter Callum, nos había engañado con fines políticos e intereses propios para que nuestras cabezas rodaran.
Tras su muerte, la única que había vuelto a entrar en la policía había sido yo.
Aunque para eso primero tuve que marcharme una temporada a México.
Allí, mi gran amigo Juan Camilo consiguió echarme un cable y, después, regresé con el puesto que ocupaba ahora: el de Assistente Capo.
Mi especialidad era ejercer de guía canina del Servicio Cinófilo en el Gruppo Investigazione Criminalità Organizzata, el GICO, cuando las operaciones lo requerían.
El GICO existía realmente y se ocupaba de las investigaciones más complejas: mafia, blanqueo de capitales, narcotráfico, contrabando...
Y ahí entraba Gennaro, el teniente Caputo, oficial de la Guardia di Finanza destinado al GICO de Palermo.
Él era el responsable de las investigaciones sobre narcotráfico, contrabando y crimen organizado.
Mi tándem perfecto.
Y en nuestras largas noches de conversaciones le había contado cómo me había involucrado en la casa de los Rinaldi, donde conocí a Domenico y a Nicole, para más tarde acabar infiltrándome con los Sabello.
No había dado ningún paso al azar. Tampoco había usado a nadie, porque les había cogido cariño a ciertas personas, como a los Rinaldi. Pero mi familia era mi familia. Y estaba muerta.
—Pero es mañana —susurré.
—Tienes todo el día para preparar lo necesario y venir a mi casa.
—Gennaro... —le advertí. Se separó un poco de mí.
—No voy a discutirlo.
—Hay pisos de protección de testigos.
—No.
—Sí.
—He dicho que no, Bea —sentenció.
Nunca me llamaba por mi nombre completo. De hecho, era a la única persona a la que permitía usar ese diminutivo. Me gustaba de sus labios, incluso cuando se enfadaba.
—Draco está conmigo —intenté que entrase en razón.
Soltó una gran exhalación.
—Y por el bienestar de Draco y por el tuyo, os venís los dos a mi casa. —Fruncí los labios—. ¿Cuánto crees que tardará Tiziano en presentarse en tu piso?
« Tiziano » .
Su nombre resonó en mi mente como si estuviera invocando al mismísimo demonio. Que era lo que sucedía. Tragué saliva. De todos los Sabello, quizá era al que más respeto le tenía. No era para menos, después de sus antecedentes y de ser el capu de La Nostra Famigghia.
Él había confiado en mí.
Y yo en él.