1Mesina #3
Se colocó en posición. Siempre supe que era una máquina lista para matar, pero con cada movimiento que conocía más a Beatrice, más me cercioraba de que había sido entrenada y curtida por los mejores .
—Podrías habérmelo puesto fácil y te hubieras venido conmigo a comisaría.
El primer intento por darme un puñetazo llegó. Atrapé esa muñeca y la giré de espaldas a mí hasta apretarla contra mi pecho. Me acerqué a su oído con el peligro delineando cada palabra y musité:
—Y entiendo que, como he matado a tu compañero, ahora tendrás que matarme tú a mí. ¿En qué clase de policía te convierte eso?
—En la clase de policía que va a deshacerse de la escoria.
Su pierna derecha se flexionó hacia atrás, aunque no logró darme el golpe deseado.
—Estás intentando quitarme el carné de padre. Y ya me estás tocando la polla. —Cambié de tema al verme insultado—: ¿Acabas de llamarme escoria?
—Además de calvorota, ¡eres un gilipollas!
Me propinó un codazo cerca del ojo. Me aparté un paso, la agarré por detrás del cuello y la giré para estampar su cara contra el timón.
Eso desencadenó una serie de intercambios a base de palos que no reprimí, deseando en el acto dejarla irreconocible.
Pero ella se las apañó para deshacerse con agilidad de mi agarre tras varios envites, se volvió, y aquello fue lo que puso la guinda al pastel para que recorriéramos la semirrígida de punta a punta pegándonos como dos auténticas bestias.
Tampoco iba a cuestionarme qué tipo de entrenamiento había tenido la becerra para pegar de esa manera. Normalmente nadie conseguía hacerme tambalear, y cada vez que un leñazo nuevo llegaba, empezaba a escocerme.
Fui a meter la mano en la parte trasera en busca de mi cuchillo.
Primer error.
Pues no había recordado que llevaba un mono de neopreno, y que eso no iba a ser posible porque no llevaba el arma y no me acordaba de dónde la había puesto.
La vi sonreír, pese a estar llena de sangre, seguramente como yo, y lo siguiente que ocurrió fue que le hice una zancadilla y terminé sobre ella en el suelo.
Habíamos acabado en el lateral donde tenía mi botiquín de primeros auxilios. Es decir, una caja de madera en la que guardaba armas, incluidas varias granadas.
Sus piernas me rodearon la cintura. No quise detenerme a pensar por qué ese gesto me puso tan duro como una piedra. Ella lo notó.
Aprisioné sus muñecas con una de mis manos y las levanté por encima de su cabeza para inmovilizarla.
—La pelea ha estado muy bien. Lamento decirte que tengo que marcharme.
Me fulminó con la mirada y elevó la cabeza para golpearme sin éxito. Sentí sus uñas clavarse en mi mano y sonreí.
—Si tanta prisa tienes, ¿por qué no me sueltas para que nos vayamos los dos?
—Oh, no. Tú has empezado esto. Y tú te quedas.
—¿No se supone que el capitán es el último en abandonar el barco?
¿ A qué había venido eso? No me interesaba preguntárselo y tampoco iba a perder el tiempo en ello. Lo que sí tenía claro era que debía soltarla para abrir la caja y alcanzar la granada sin que me viese. Evidentemente para ello recibiría algún que otro golpe más, así que me preparé y la despisté.
—Muy astuta, lupina. Muy astuta.
Solté sus muñecas a gran velocidad e intenté forcejear con una sola mano cuando las suyas se convirtieron en garras afiladas. Logré mi cometido, alcancé lo que deseaba, y fue entonces cuando noté que tiraba del cuello de mi neopreno para acercarme a su cara.
—Te crees que soy idiota. ¿Qué estás tramando?
Moví los hombros con desinterés.
—¿Deshacerme de ti? No me hace ni puta gracia encontrarme contigo.
Reí como un tirano. Fue entonces cuando vio la granada. Me sostuvo del cuello como si se le fuera la vida en ello.
Eso era exactamente lo que iba a ocurrir.
—Si detonas eso, moriremos los dos.
—Yo no estaría tan seguro.
Apoyé la rodilla en el suelo, listo para deshacerme de ella. Sujetó mi cuello con garra y se pegó tanto que sus labios rozaron los míos. Los miré de manera inevitable.
—Entonces actívala, fantasma.
Sonreí con sarcasmo. De manera irremediable me fijé en aquellos ojos, ahora más oscuros, más marrones, por la intensidad del momento.
Su respiración era desacompasada, su pecho rozaba el mío, mi polla pensó en mil maneras de embestirla y destrozarla, como tantas veces me había ocurrido desde que la conocí.
Aparté aquellos pensamientos que no venían a cuento y dictaminé mordaz:
—Ciao, lupina.
Clavé mis dedos con fuerza en su costado y le provoqué un dolor incesante. Abrió los labios para coger aire. Lo suficiente como para que se rozaran momentáneamente con los míos.
Sucedió todo en un abrir y cerrar de ojos.
Me levanté veloz, y al hacerlo, algo se desprendió de mi cuello. Intenté cogerlo, pero tuve que interrumpir el forcejeo.
Los segundos se me agotaban y entonces sí que saltaríamos los dos por los aires.
Solté la granada abierta en su pecho, al mismo tiempo que se escuchaba el clic que indicaba que se había activado.
Corrí sin mirar atrás hacia el otro extremo de la lancha, con una mano en el cuello y cerciorándome de que acababa de perder algo muy valioso: la cruz de oro que nos protegía a los Sabello.
Y salté justo cuando el estallido sonó en el estrecho de Mesina.