Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 1Mesina #2
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—¿Quién es? ¿La Guardia? —preguntó Alessandro. Lo oí trajinar a lo lejos e intuí que se disponía a hablar con el contacto del puerto más cercano.

La figura inmóvil, desafiante y sinuosa continuó sin apartar aquellos ojos felinos de mí. Como si hubiese anunciado ese momento desde hacía tiempo. Y no lo comprendí. No en ese instante.

Y esa era la expresión que la morena frente a mí tenía.

—Tranquilos. A esta zorra me la fulmino yo —les aseguré con convencimiento.

Nada más lejos de mi realidad imaginaria.

—¿Es Beita? —Ese fue Dante—. ¡No me lo creo! Ahora mismo llamo a Tiziano.

Porque Tiziano tenía una relación especial con aquella furcia que quería asesinarme.

O quizá eran imaginaciones mías y eso se debía a que la primera vez que nos vimos, años atrás, lo primero que hicimos fue darnos una paliza bestial en la piscina donde ella trabajaba como infiltrada.

Por supuesto, la relación con mi familia había cambiado porque aquella policía nos había servido de ayuda en ciertas ocasiones.

Eso no quitaba que nuestra inexistente relación se basara en amenazas cada vez que teníamos oportunidad.

De hecho, recordé en ese mismo instante que hacía tan solo unos meses me había amenazado, diciéndome que iban a ascenderla a Assistente de la Guardia di Finanza. La mano derecha del general.

«¿ Sabes qué es lo que hace La Guardia di Finanza, calvorota?

Se encarga del contrabando, del tráfico internacional de droga, de la criminalidad financiera, del blanqueo de capitales, de la evasión de impuestos, de los controles aduaneros, de la inmigración clandestina, de la falsificación de dinero...

Las operaciones antimafia ... ¿ Quieres que siga, mio re ? ».

« Mi rey ». Había tenido el morro de llamarme « mi rey », mientras se burlaba de mí . Apreté las muelas con el simple recuerdo, acelerando la semirrígida para quedar más cerca de su barco.

—¡Deténganse de inmediato! ¡Es una orden! —clamó el compañero desde la megafonía.

Me detuve en paralelo a ella con una chulería innata. Sus ojos oscuros me aniquilaron, perversos y con ganas de lanzarse a mí. Solo tenía que darle un motivo para hacerlo y eso haría para que se olvidara del resto.

—No volváis. Corto y cambio.

Agarré el comunicador con la mano izquierda, lo lancé al agua sin disimulo y sin apartar los ojos de ella, quien continuaba en la misma posición.

Nos contemplamos.

Mucho y sin pestañear.

—Es el momento de detener la lancha y dejarnos entrar por las buenas —me gritó desde su posición.

Se creyó ganadora. Reí huraño.

—¿Y por qué debería hacer eso?

—Estás en medio del estrecho con una semirrígida. —Chasqueó la lengua—. Es curioso. Y he visto a tu hermano saltar al agua.

Miré hacia atrás.

—¿A qué hermano?

Sonrió con sarcasmo. Entonces descubrí que Enzo no le importaba. Que Beatrice tenía una vendetta personal conmigo, aunque yo no la comprendiera.

—Detén la lancha, Valentino.

Le di gas y el agua rugió furiosa.

Miré el mar y me percaté de que el oleaje comenzaba a ponerse a mi favor cuando la primera ola pequeña chocó contra la popa. Bien, aquello iba a ser divertido.

—Lupina... —Vi cómo apretaba los dientes al llamarla así—. ¿Cuántos caballos tiene el barco de los lerdos?

Entrecerró los ojos en busca de una respuesta que no llegó.

Sonreí bravucón, deslicé la mano izquierda por el muslo y le quité el seguro a mi pistola.

Ella se percató de mis intenciones; no obstante, no tuvo tiempo de avisar a su compañero cuando elevé el arma y disparé dos veces. Lo tumbé en el acto.

—Hijo de puta... —La escuché sisear.

—Cógeme si puedes, zorra.

Aceleré. A fondo y sin pensarlo. Sin mirarla y sin saber si le daba tiempo o no a seguirme, pero con la certeza de que tendría que pedir refuerzos si quería pillarme a tiempo.

Me equivoqué cuando un sonido sordo reverberó en la parte trasera de la lancha.

No identifiqué en qué momento había saltado; sí que la distancia era muy breve para que hubiera podido hacerlo.

Me giré para comprobarlo. Ahí se encontraba, en el otro extremo de la semirrígida, con aquella cola alta de cabello tan negro como la noche y unos ojos aniquiladores que me prometían guerra.

—Estás acabado, Valentino.

No solté el volante ni dejé de inspeccionarla.

—Según tú, mamarracha.

Apretó los puños a ambos lados del cuerpo, sus pies parecieron levitar y llegó a mí en un alcance directo, con el puño en alto y las ganas férreas de partirme la cara.

Sus nudillos se estrellaron contra mi pómulo derecho.

Giré el rostro una milésima por el golpe, me toqué la muela dolorida y me centré en ella, sin moverme del sitio.

—¿Has terminado? —cuestioné con arrogancia.

Creí escuchar que le rechinaban los dientes de tanto apretarlos.

Una de mis enormes manos aferró su cuello con saña e intenté estrangularla en vano. Su pierna derecha subió de tal manera que llegó a mi cintura y no me expliqué cómo consiguió trepar hasta rodearme con las dos extremidades mientras sus codos se clavaban incesantes en mis hombros.

No cesó en darme porrazos, y al ver que no podía deshacerse de mi agarre en el cuello, hundió sus dos pulgares en mis ojos. El grito que emergió de su garganta fue impresionante. De hecho, le vi claramente las venas del cuello marcadas.

—¡Todavía tengo una mano libre!

Y mientras decía eso, la soltaba a riesgo de perder los dos ojos.

De un fuerte empujón procuré que su cuerpo cayera a plomo en la base de la semirrígida, y cuando llegó al suelo, le di una patada en el costado para quitármela de encima.

No me demoré en buscar mi pistola. Apunté en su dirección, con la clara intención de volarle la cabeza.

— Ciao 1 , lupina.

Un pie llegó hasta mi muñeca y el disparo resonó en mitad del mar. Abrió los ojos con sorpresa al percatarse de que no era ningún farol. De que pensaba dispararle.

El arma salió volando en dirección al agua y contemplé que el último recurso que me quedaba era un enorme cuchillo de caza que no sabía dónde había guardado.

Todos los Sabello éramos fanáticos de aquellas armas, aunque para ser sinceros, Tiziano nos lo había inculcado desde bien pequeños.

Ese tenía una obsesión por los cuchillos.

— Buongiorno 2 , mio re —se burló de mí, y sus piernas se movieron con una velocidad endiablada hasta alcanzar mi cara.

Las patadas fueron incesantes y me costó controlar el movimiento de las manos para frenar los golpes que me llegaban por todos lados.

Logré atrapar aquella cola de caballo. Tiré de ella con tanta saña que deseé con todas mis fuerzas arrancarle el cuero cabelludo para que dejara de darme por culo.

Su grito desgarrador me indicó que el daño había sido efectivo.

Esa vez, sus manos se convirtieron en puños de acero y comenzó a golpearme como una locomotora en la boca del estómago, para después terminar dándome tres golpes en los cojones que me dejaron sin respiración.

—¡Puta! —ladré, y rio.

No vio venir el guantazo que le arreé por la izquierda. Le crucé la cara. Ni siquiera me dio un poco de pena ver cómo un hilo de sangre corría por su barbilla hacia abajo. Es más, me dieron ganas de acercar la boca, morderla y tirar hasta desgarrarle los labios.

Tampoco vi venir cómo elevó el puño y dio un breve salto para golpearme en el mentón. Los dientes me chocaron y recé por no haberme quedado mellado. Aun estando en plena batalla campal no lo dejé para el final: me pasé la lengua por los dientes para comprobar que estaban en su sitio.

—¡Esa no te la esperabas, cabronazo!

Arrastró el trasero hacia atrás, marcando una distancia para coger impulso y levantarse. No me pasó desapercibida la mueca de dolor que cruzó su rostro. Crují el cuello de lado a lado en un gesto intimidante que no la amedrentó.

—¿Quieres matarme por algo en particular? —le pregunté, y dio un paso amenazante.