Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) 1Mesina
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Mesina

En la actualidad

Bordeábamos el estrecho de Mesina, uno de los pasos marítimos más vigilados de Italia.

La Guardia di Finanza patrullaba constantemente la zona, ya que históricamente había sido uno de los puntos de contrabando de tabaco, drogas, inmigración ilegal...

, en fin, todo lo que no debía hacerse, y ahora nosotros íbamos a bordearlo con dos mil litros de gasolina que soltaríamos en uno de los tantos ferris que navegaban por el estrecho.

El tráfico marítimo era bestial. También aprovecharíamos eso para jugar al despiste, ya que teníamos a los lerdos de la policía en el cogote.

—¿En posición, Donna? —pregunté por el comunicador a mi segunda al mando, sin soltar con la otra mano el volante de la semirrígida.

—En orden, capitano. Ya nos han inspeccionado las cajas de aceite, de pescado y los sacos de harina. —Rio.

—La rubia explosiva sabe sonreír e insinuarse bien, aparte de rajar pescuezos —bromeó Alessandro, quien iba con ella—. Aquí el Delfín sigue vivo.

Negué con la cabeza al escucharla reír por las ocurrencias del pequeño de los ocho hermanos que componíamos la familia Sabello, y bordeé la primera corriente que atisbé bajo las gafas de aviador. Algo muy normal en aquellas aguas.

Mi hermano Tiziano no había estado de acuerdo con que Donna nos acompañara. Decía que aquel trabajo era demasiado peligroso y nos jugábamos mucho para cagarla con cualquier mindundi del subequipo que había formado de manera independiente a nuestra familia.

Tiziano era el capo de La Nostra Famigghia, y yo había sido nombrado sottocapo por él.

Al llevar todas las cuestiones menores que no implicaran la decisión del jefe de la mafia, había reclutado a varios de los hombres y mujeres que llevaban años trabajando para la seguridad del sexto de mis hermanos.

Donna había formado parte de esa seguridad desde hacía años. Ahora se había implicado como la que más en los mares de Italia y se los conocía tanto como las palmas de sus manos. De ahí a que la convirtiera en mi segunda al mando, cuando nuestros trabajos más mordaces comenzaron a ser en el mar.

—Dinosaurio en posición.

Resoplé por los motes absurdos que se habían empeñado en ponerse desde hacía tiempo. Aquel era Dante, el quinto de mis hermanos, y tal vez al que le faltaba más de una neurona. En momentos de alta tensión solía llevar una bazuca como defensa.

—¿Queréis hacer el favor de poneros sobrenombres en condiciones? —gruñí.

Una de mis especialidades. De todos era sabido que no solo tenía una apariencia ruda por la barbaridad de músculos que sobresalían de mis brazos; también lo era por lo poco simpático que acostumbraba a ser.

—¿Lo dices porque no te gusta que te hayamos puesto a ti Anaconda? —se jactó Enzo, el último de los Sabello que me acompañaba.

Él había nacido el tercero, después de mí . Podría ser el único al que sí me alegraba de haber sacado de casa, pues últimamente lo veía bastante raro y decaído, sin saber el motivo. El mar le encantaba, como a mí .

Torcí el gesto por el sobrenombre. Me mordí la lengua al escuchar la risa suave de Donna. Era un secreto que nos acostábamos cuando encartaba. Era, en pasado, porque Alessandro tenía rayos X y una extraña videncia que se heredaba a ciertos hermanos. Tiziano también contaba con ella.

—Tú te lo pinchas. —No fue una pregunta.

—¿El qué me pincho? —cuestionó Donna con ofensa.

—¡A mi hermano! —se exaltó Alessandro.

—Dejaos de rollos y al lío. No estamos para marujeos a las seis de la mañana.

Intentar cortar aquella conversación era como engañar a un niño para que te cambiara una bolsa de caramelos por una de brócoli. Imposible e inadmisible.

—¿A quién se pincha? ¿A la rubia? —preguntó Dante para que alguien le respondiera. En su voz advertí un deje de sobreesfuerzo.

Resoplé.

—Dejad ya el tema, y vamos a...

Nadie me hizo caso, y las preguntas se sucedieron una detrás de otra, como si salieran de una metralleta. Alessandro tenía un poder añadido, aparte del de la clarividencia. Era un pesado de cojones. Más que Enzo, si se lo proponía.

—Si me dices la verdad, te pago el doble cuando volvamos.

—¿Estás sobornándome? —le dijo ella.

—¿Crees que es un soborno real?

—Me gusta ver cómo trabaja tu inteligencia, pequeño Sabello. Agárrate.

Donna trató de cambiarle el tema, pero de nada sirvió porque Dante intervino:

—Si no me responde nadie, detengo la cadena de bidones que estoy haciendo.

Eran marujas. Por naturaleza. Sin embargo, muy a su pesar, yo tenía una baza que iba a espabilarlos.

—La gracia será como tengamos problemas de última hora y no hagamos la entrega. A ver quién se lo explica al señor que está a punto de ser padre por tercera vez. —Me referí a Tiziano.

Enzo se había quedado alejado en una embarcación auxiliar menor para no parecer parte del grupo. Entraría al agua con un equipo de buceo y un propulsor submarino que lo ayudaría a llegar más rápido a la popa de mi lancha.

—Yo no he dicho nada. ¡Cargando la última ronda! —me comunicó Dante, aunque aquella elevación de voz fue para el resto de los veinte hombres que nos acompañaban para que el trabajo fuera rápido e impecable.

Trasladar dos mil litros de gasolina en bidones no era tan sencillo como aparentaba; de hecho, desde el ferri inicial habíamos conseguido un contacto para que un plumín nos hiciera de enganche. Eso nos ahorraba tiempo y lo hacía todo más fácil.

El mar se abrió apenas unos centímetros junto a la popa.

Primero apareció una mano enguantada y se aferró a la escalera; después emergió la cara de Enzo, con media máscara, el regulador entre los dientes y el propulsor sujeto en una mano, sin hacer más ruido que una sombra.

Supe que, si Enzo regresaba, el fondo estaba limpio.

—¿A que ya empiezas a arrepentirte de haberte traído al equipo de los traviesos? —añadió quitándose la máscara.

Hice una mueca de desagrado.

Enzo se deshizo de lo que le sobraba del equipo y se quedó únicamente con el traje de neopreno negro muy parecido al mío. Llevábamos aquella ropa para pasar desapercibidos en el mar, sobre todo a esas horas en las que el sol comenzaba a despuntar en el horizonte.

El Porto di Milazzo era el objetivo principal de la operación, donde Dante estaba haciendo el trasbordo en el ferri que iría rumbo a Túnez para distribuir la mercancía.

Mientras tanto, Alessandro y Donna se habían encargado muy bien de llamar la atención con una semirrígida que daba el pego y parecía transportar droga.

Un cebo muy lejano de la realidad que entretendría a la Guardia di Finanza.

—Yo no me arrepiento de haberos traído. Pero son unos tocapelotas.

—Debo sentirme un privilegiado. —Se quedó descalzo y llegó hasta mí—. Eso es que soy tu favorito.

Ya estábamos con esa tontería muy propia de todos los hermanos Sabello. A ver quién era el favorito de la mamma y del papà. Yo, indudablemente, era de la mamma.

Observé la sonrisa traviesa de Enzo, aquellos rasgos tan marcados y definidos.

Era una versión maja de mí, solo que con menos músculo, con diferentes tatuajes y más sinvergüenza que yo.

El pelo le había crecido un poco más, y según pasaban los años, aquellos reflejos rubios solapaban el castaño de base.

Yo me había dejado crecer el pelo también. Ya no estaba tan rapado por los laterales ni en el casco, donde apenas se me veía un mínimo de crecimiento. El cambio me había sentado de maravilla y me veía... diferente. Romeo decía que eso se debía a los años. A hacerme mayor.

—Eres un privilegiado —apunté, procurando que el verde de nuestros ojos, tan claro como el del papà, impactara con fuerza.

Enzo entrecerró los ojos, giró el rostro un poco y me preguntó:

—¿Me has traído aquí por algo en particular?

Me armé de valor, pues otra de las cosas por las que lo había llevado conmigo era porque había descubierto que acudía con frecuencia a más de una pelea clandestina donde se pelaba los nudillos y la dignidad. Y también lo hacía con nuestro hermano Claudio, el mayor de todos nosotros.

—¿Qué haces dándote de hostias cuatro veces a la semana en un ring de mala muerte? Y con Claudio, a veces. —Fui directo al cuello.

—¿Nos estás espiando? —se indignó.

—No me cambies de tema.

—No te jode... —Noté su enfado a kilómetros de distancia—. Hoy no me has traído porque te apeteciera estar conmigo. Me has traído para interrogarme.

—Enzo...

—¡Ni Enzo ni pollas!

Extendí una mano en su dirección para pedirle calma; sin embargo, la calma se quedó a medio camino cuando una enorme lancha blanca se detuvo con lentitud frente a nosotros.

—¡Dinosaurio al habla! ¡Listo y en camino!

Me quité las gafas de aviador despacio.

—Salta.

Fue la única palabra que le dije a Enzo, ignorando el entusiasmo de Dante al otro lado del comunicador.

« Guardia di Finanza » , leí.

—No llevamos nada —me rebatió Enzo.

—¡Salta, Enzo! —bramé, sin darle tiempo a contradecirme—. El equipo es suficiente. Su mirada es suficiente.

Mi hermano no se había dado cuenta. Yo sí había visto quién era la mujer que con altanería me contemplaba desde la proa de su barco, sujeta al poste donde estaba la bandera que indicaba de quién se trataba.

—¡Guardia di Finanza! ¡Deténganse de inmediato! —nos ordenaron por el altavoz.

—Capitano... —La voz de Donna se oyó al otro lado del comunicador.

—Recoged a Enzo en el punto que os indiqué —dictaminé y miré a mi hermano—. Salta. ¡Ya!

—Pero ella... —Trató de explicarse. No lo dejé:

—Tiene la mirada de la caza en los ojos, Enzo. ¡Lárgate!

Suspiró resignado, aunque en ningún momento puso objeción, y mientras renegaba fue poniéndose de nuevo la máscara y todos los demás objetos necesarios para saltar del barco. Se sentó en el borde, levantó un pulgar indicándome que nos veríamos después y se lanzó al agua de espaldas.

—Dame luz verde para entrar, capitano. Tengo las armas listas —intervino Donna.

—No. Es demasiado arriesgado si nos cogen a todos. Levantaría sospechas y podrían detener el ferri. Controlad que nadie se ha percatado de eso.