Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) Introducción #2
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Introducción #2

No quería notar incomodidad con ella, pero mi cuerpo me apartaba cada vez que la tenía tan cerca.

No sabía si era el hecho de haberme quedado en Italia con mi padre, si que solo nos viéramos un par de veces al año en persona y el resto en videollamadas puntuales...

, pero mi atención seguía buscando al hombre que me contemplaba sin pestañar, con un uniforme igual que el mío.

—Estoy muy orgulloso de ti.

Mis ojos amenazaron con soltar las lágrimas que habían estado reteniendo durante horas. Mi madre sonrió con tristeza y una mueca forzada, dio un paso atrás, y justo cuando iba a retirarse, seguramente con la excusa de ir a por una bebida, el amigo de mi padre llegó a mi lado.

—¡Vamos! ¡Una foto familiar!

Noté la tensión en sus hombros y también en los de mi padre. No era plato de buen gusto estar tan cerca, aunque yo me daba por satisfecha porque los dos habían acudido a mi promoción, sabiendo que era especial y que valía la pena. Los comentarios de ella los comprendía, aunque no los compartiera.

Mi padre me sostuvo de la cintura, mientras que mi madre colocó sus manos delante de su vientre, sosteniendo el diminuto bolso de mano.

Yo colé uno de mis brazos por los suyos, agarrándola, y entonces pareció soltar la tensión de segundos atrás.

Me miró y le sonreí, dándole a entender que todo estaba bien.

—¡¡Sonreíd!!

El chasquido de la Polaroid llegó, y esperamos unos segundos mientras la fotografía iba revelándose. Mi madre se acercó, y casi no le dio tiempo porque sus manos parecieron los tentáculos de un pulpo cuando se la arrancó al amigo de mi padre, quien no fue tan rápido.

—¡De eso nada, Brunello! Esta me la quedo yo —le dijo de broma, pero completamente en serio.

—¡Es de la promoción! —se quejó él.

—Eh..., ¿podemos sacarle unas copias? —cuestioné, colocándome entre ambos—. Yo también quiero una.

—Pero la original me la quedo yo. La pondré en el salón.

—¿Vas a tenerme en un sitio privilegiado? —le preguntó mi padre con picardía.

—¡Yo siempre te tengo en un sitio privilegiado!

Levanté las manos, clamando a la paz.

—¡Vale! —Reí—. Me voy a por tres copas de champán.

Los dejé allí, guerreando mientras disimulaban con esas batallas dialécticas lo mucho que se querían años después. En ocasiones me preguntaba por qué motivo no arreglaban la situación y ya está. Por qué no enterraban el pasado y empezaban de nuevo, ahora que estaban a tiempo.

Tiempo.

Ese efímero que se iba cuando menos lo esperabas.

Fueron segundos.

Segundos en los que mi vida se descolgó, reventó y me hundió en un pozo tan hondo que creí que me quedaría sumida en las profundidades para siempre.

Me giré hacia la mesa alargada, cogí un canapé, me lo llevé a la boca, y justo cuando alcanzaba la primera copa de champán...

El silbido de una bala rasgó el aire.

La copa que iba a coger reventó en mi mano. Un cristal se me clavó entre el pulgar y el dedo índice, y por un momento no supe reaccionar a lo que ocurría.

Disparos.

Gritos.

Demasiados.

Mis ojos se quedaron clavados en el cristal, en la sangre que salía a borbotones de mi mano derecha. Recobré el aire, como si alguien me hubiera robado el aliento, y todo pareció moverse a cámara lenta mientras me giraba.

Un infierno.

Las risas se habían apagado, en su lugar había lamentos de auxilio, llantos desgarrados, cuerpos sin vida, sangre...

Sangre. Sangre. Sangre.

—Papá... —musité agachándome, todavía con asombro—. ¡¡Mamá!!

Me arrastré por el césped, con los ojos como platos, viendo a compañeros de la promoción sin vida, a los veteranos igual que ellos, a otros policías intentando defender lo indefendible. No bastaba con las pocas armas que había. No era suficiente seguridad ni suficientes agentes para controlar...

Elevé la barbilla y comprobé quién disparaba. Quiénes habían entrado a matar.

Eran por lo menos ocho hombres cubiertos con pasamontañas y vestidos completamente de negro, los que portaban armas largas automáticas. ¿Cómo iba a defender a los ciudadanos, si no podía protegerme ni yo?

Y aquella impotencia me dolió casi tanto como el miedo.

Seguí arrastrándome, con cuidado de no lastimarme la mano que aún llevaba el cristal clavado. Me detuve cuando los disparos resonaron muy seguidos a mi derecha. Junté las rodillas en el pecho y me tapé los oídos, como si aquello fuera a borrar de un plumazo el infierno que se había abierto paso.

—¡¡¡Beatrice!!! ¡¡¡Beatrice!!!

Levanté la cabeza en seco al oír a Emanuele.

Corría hacia mí.

Intentaba llegar a mi posición.

Y en eso se quedó.

Un disparo le atravesó el cráneo de lado a lado. Su cabeza se desplazó apenas con el impacto. Después, el cuerpo perdió toda fuerza. La sangre salpicó el aire, y entonces creí que desfallecía.

—¡¡¡Emanueleee!!! —bramé, con el corazón en un puño cuando cayó desplomado al suelo.

Los ojos me ardieron al verlo muerto, las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas al saber que ya no habría un mañana, un después.

Que todos pereceríamos allí, en nuestra promoción.

Que no tendríamos oportunidad de salir de la academia que nos había dado las enseñanzas para proteger a un país podrido de corrupción y gentuza como la que estaba arrasando el lugar.

Y, tras eso, me levanté veloz, con el miedo de ganarme un disparo en el camino. Los ojos se me inyectaron en sangre por el estrés de no encontrar a mis padres, y grité. Grité y grité con todas mis fuerzas hasta que no me quedó aire en los pulmones, hasta que me ardieron.

—¡¡Papááá!! ¡¡Mamáá!! ¡¡Papááá!! ¡¡Mamááá!!

No cesaban los disparos. No dejaba de caer gente muerta, y ya apenas distinguía los rostros de mis compañeros, de los familiares que habían acudido en uno de los días más especiales de sus vidas. ¿Cómo podía convertirse un sueño en una pesadilla de ese calibre?

Me ahogaba. El llanto me apretaba la garganta de tantas formas que no era capaz de dar dos pasos sin caer desplomada, bien fuera por tropezarme con los muertos, o por la ansiedad que apenas permitía que el aire entrase en mis pulmones.

Y el mundo se me cayó de nuevo, rompiéndose en cientos de trozos. Minúsculos, tan pequeños que se clavaron como alfileres.

Me arranqué el cristal de la mano sin pensar, solté un gemido de dolor y de mis labios solo salió un:

—Papá...

Fue un suspiro. Uno que se llevó el viento, cuando uno de los encapuchados se colocó delante de mi madre, quien se escondía detrás de una de las sillas donde minutos antes había estado sentada, justo al lado de mi padre, que intentaba protegerla.

Y disparó.

Dos veces y sin pensárselo.

—¡¡¡Nooo!!!

El grito ensordecedor me dio fuerzas para correr, pero yo ya no veía. Solo vi, como si el mundo hubiera decidido ralentizarse para torturarme, cómo una de las balas impactaba en la frente de mi madre, y la otra en el pecho de mi padre.

Me dañé las rodillas al tirarme al suelo, entre lágrimas, para sujetar la cabeza de mi padre. Los hipidos me ahogaban, y cuando quise enfocar a su lado, los ojos de mi madre se encontraban sin vida y tan abiertos que asustaban. Lloré, impactada y desesperada al no saber qué hacer.

—¡Dios mío! ¡Ayuda! —grité rota, agarrando una mano de mi padre—. ¡¡Ayuda!!

La mirada se me fue a mi madre de nuevo. «No». No podía ser. Aquello no podía estar ocurriéndome a mí. No, no, no, no. Negué con la cabeza, besé la mano de mi padre desesperada y me atreví a mirarlo, con el miedo palpable en todas mis terminaciones.

En sus ojos vi a la muerte.

—Be... a... trice...

—Te vas a poner bien. Te vas a poner bien —le dije como un mantra sollozando—. No gastes fuerzas, por favor. Las necesitamos.

Me apoyé en su pecho cubierto de sangre.

Le salía mucha. Y por la boca. Y por uno de los oídos.

Mis ojos se clavaron en mi madre. «Está muerta, está muerta, está muerta».

Me encontré balanceándome sin control, de rodillas y apretando tal vez con demasiada fuerza la mano de mi padre. Sus dedos intentaron llamar mi atención. Ahí noté que las fuerzas mermaban.

—Stellina...

Un alarido de dolor tan grande me quebró. Alcé el rostro impregnado de aquel líquido rojizo que se escapaba de su cuerpo. Se moría. Mi padre se moría.

El hombre de mi vida se iba.

—Papá, por favor... —Me rompí—. No me dejes...

Apreté los labios, conteniendo el llanto. Él también lloraba en silencio, y justo cuando sentí que su mano trataba de apretarme de nuevo, lo escuché musitar sin aliento:

—Sa... be... llo...

Escuché cómo se ahogaba con su propia sangre.

Cómo expiraba su último aliento.

Cómo me abandonaba.