Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1) Introducción
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Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1)

Valentino: La osadía del amor (Trilogía Valentino 1)

Por Angy Skay

© inepub.com

Introducción

Trece años antes

Un día memorable. Un día para no olvidar.

Ese fue el día de mi graduación en la Polizia di Stato, en Palermo. El día en que iba a cumplir uno de mis sueños y también el de mi padre: seguir sus pasos.

El azul noche del uniforme parecía absorber la luz del sol.

La chaqueta, perfectamente entallada, descansaba sobre mi camisa blanca abotonada hasta el cuello, rematada por una corbata azul marino.

Los botones plateados brillaban tanto como la plaquita recién estrenada sobre mi pecho mientras las hombreras marcaban el inicio de una carrera que apenas acababa de comenzar.

El pantalón caía recto hasta unas botas negras, lustradas hasta reflejar el cielo de Palermo.

Bajo el brazo sostenía la gorra de plato, adornada con el emblema dorado de la Polizia di Stato, esperando el momento de volver a colocármela.

Y, pese a ser tan lindo que dolía, algo me apretaba el pecho.

O quizá era simplemente el miedo a cagarla delante de medio Palermo y del hombre al que admiraba.

Inspiré despacio mientras mantenía la vista al frente, inmóvil junto al resto de la promoción. El patio de la academia era espléndido bajo el sol de junio y el calor empezaba a derretirnos con aquellas chaquetas impecables.

Ni un pelo fuera de sitio.

Ni una postura incorrecta.

Ni un gesto que chirriara con la disciplina absoluta que habíamos aprendido.

A mi derecha, Emanuele tragó saliva tan fuerte que lo escuché.

—Como te desmayes durante el juramento, voy a reírme de ti toda la vida —murmuré sin mover apenas los labios.

— Vaffanculo , Beatrice.

Tuve que contener una sonrisa cuando mi amigo me mandó a la mierda.

Delante de nosotros, las banderas ondeaban despacio mientras uno de los superiores seguía hablando desde el atril con aquella voz grave y ceremonial que parecía durar siglos.

Detrás, las familias llenaban las gradas entre aplausos nerviosos, abanicos improvisados y móviles levantados para grabar hasta el mínimo detalle.

Busqué automáticamente a mi padre. Lo encontré enseguida, con su uniforme perfecto, la espalda recta y los brazos cruzados.

Mirándome como si acabara de ganar una guerra él solo, mientras mi madre se limpiaba las lágrimas como podía, sin soltar el teléfono e imaginé que haciendo zoom para sacarme hasta las espinillas de la cara.

Ahí sí tuve que respirar hondo.

Mis padres estaban separados desde que tenía quince años, pero ese detalle no había impedido que mi madre actuara con cordialidad y usando las mínimas palabras para acercarse al que fue su marido durante mucho tiempo.

Le dolió la separación, claro que lo hizo. Ella fue la que decidió acabar con la relación de un marido ausente, y yo quise seguir los pasos de aquel hombre, pese a la mirada de decepción que inundó los ojos de Carmen López cuando me quedé en Roma con él.

Aquel momento no era solo mío. Era suyo. De Brunello Costa.

Toda mi vida lo había visto salir de casa antes del amanecer con la placa colgada del cinturón y la expresión satisfecha por estar haciendo el trabajo que le apasionaba.

«Persigo a los malos, stellina». Esa era la frase por excelencia en casa, la misma que había acabado contribuyendo al fracaso de su matrimonio.

Italia le había quitado muchas cosas, pero jamás consiguió quitarle el orgullo de pertenecer al cuerpo.

Y ahora estaba mirándome a mí como si todo hubiera valido la pena.

Bajé la vista apenas un segundo hacia la placa brillante sobre mi pecho.

Beatrice Costa.

Polizia di Stato.

Todavía me costaba creerlo.

Las noches sin dormir, los entrenamientos, las ampollas, los exámenes interminables, el café asqueroso de la academia...

Todo para llegar hasta donde estaba. No supe cuál sería el sentimiento que me embargaría cuando portara el arma el primer día, pero seguro que igual de gratificante, pues en la graduación no teníamos permitido llevarla ni nosotros ni los veteranos que no estuvieran de servicio.

—Por lo menos están comportándose —me dijo Emanuele.

—Ellos siempre se comportan —mentí entre dientes, sin moverme del sitio y en un murmullo que no escucharon el resto de mis compañeros.

—Pues te recuerdo que después tienes que mandarlos a casa solos. Hay un fiestón que no vamos a perdernos ni tú ni yo.

Su tono me hizo gracia y le propiné un codazo para que se callase cuando el maestro de ceremonias empezó a leer los nombres y el corazón me golpeó tan fuerte que casi me reí sola.

Había aprendido a disparar antes que a cocinar una pasta decente, pero seguía poniéndome nerviosa escuchar mi propio nombre en público, y más si era de la persona que también admiraba por lo que me había enseñado en la academia.

—Agente Beatrice Costa.

Enderecé los hombros y di un paso al frente mientras los aplausos resonaban alrededor del patio, con el corazón en la garganta y los ojos brillantes.

Ahí iba yo, a recoger mis frutos, con tanta euforia que me costaba un mundo contenerla sin que mis padres se dieran cuenta.

Emanuele me rozó brevemente con el codo, sin dejar de aplaudir.

Sonreí como una idiota y me fijé en mi uniforme.

En que no tuviera ni una arruga mientras me afanaba por caminar hacia el director de la Scuola Allievi Agenti, acompañado por un Questore , el jefe de la provincia de Palermo y una representante del Gobierno que también se encontraba en el acto.

Llegué hasta el director, me estrechó la mano y se la apreté con fuerza, tal y como me había enseñado mi padre.

« Que sepan que tienes seguridad. Y nunca apartes la mirada, aunque duela ».

—Enhorabuena, agente Costa. Bienvenida a la Polizia di Stato.

Con los nervios a flor de piel y los mofletes doloridos de tanto sonreír, saludé con cortesía al resto y me encaminé hacia los compañeros que ya habían pasado por el director.

Solté el aire contenido, busqué a mi padre con un brillo especial en la mirada, y me encontré aquellos ojos rasgados y marrones, a veces más oscuros, otras más claros, contemplándome con devoción.

Se iluminaban de orgullo. Y eso sacudió mi pecho más de lo que creí.

Cuando el último compañero regresó a su lugar con el diploma entre las manos, el patio se sumió en un silencio absoluto.

El director de la Scuola Allievi Agenti dio un paso al frente y recorrió con la mirada a toda la promoción.

Ya no hablaba solo a un grupo de alumnos.

Hablaba a los hombres y mujeres que, desde aquel instante, asumirían la responsabilidad de proteger a otros.

—Ha llegado el momento de prestar juramento.

El corazón volvió a golpearme el pecho con violencia.

Todos levantamos la mano derecha al mismo tiempo, como nos habían enseñado durante semanas. Ni un solo brazo tembló.

—¿Juráis ser fieles a la República Italiana, respetar su Constitución y sus leyes, y desempeñar con disciplina, honor y lealtad las funciones que se os encomienden para proteger la libertad, la seguridad y los derechos de los ciudadanos?

Respiré hondo.

Aquellas palabras resumían exactamente la vida que llevaba soñando desde niña.

Miré un instante a mi padre. Brunello apenas sonrió, pero fue suficiente para entender que estaba tan orgulloso de mí como yo de seguir sus pasos.

—¡Sí, juro! —respondimos todos al unísono.

Durante unos segundos solo se escuchó el eco de nuestras voces rebotando entre los edificios de la academia.

—Desde este momento —continuó el director— formáis parte de la Polizia di Stato. Enhorabuena, agentes.

Los aplausos estallaron a nuestro alrededor y, por primera vez, sentí que el uniforme dejaba de pesar. Ya no era una aspirante. Había cumplido el sueño que mi padre llevaba años alimentando conmigo.

La ceremonia transcurrió entre aplausos, vítores y gritos de euforia. Nos abrazamos, saltamos e hicimos tonterías.

—Míralos... le matricole. Se creen que el uniforme les va a solucionar la vida.

Me aparté de Emanuele y el resto cuando oí la guasa en el tono de mi padre, llamándonos así por ser los de primer año. Uno de los veteranos, a su lado, añadió:

—Disfrutad hoy, novellini. Mañana empezaréis a comer mierda como todos.

Sus brazos me parecieron el refugio más sano y reconfortante, como de costumbre. Me lancé a ellos sin pensarlo, apreciando de reojo la sonrisa de su compañero mientras me decía un «Felicidades, Costa», que agradecí con un breve gesto. Arropé a mi padre como si se me fuera la vida en ello.

—Enhorabuena, stellina.

« Estrellita ». Desde que era un bebé , me había dicho que había sido su única estrella caída del cielo.

Con los años imaginé que eso se debía a que no habían podido tener más hijos, y que haberme tenido a mí había sido toda una odisea.

Y aquel apodo, escuchado de sus labios, me encantaba.

Me hacía amarlo más a cada segundo, si es que eso podía ser posible.

—Lo he conseguido, papá. Ya soy de las tuyas.

Mi madre apareció como el huracán malagueño que era. Me separó de él, me giró como si fuera un robot por los hombros y me contempló de arriba abajo.

—Oh, Dios mío, estás preciosa. —Sonreí, aunque no tanto como con mi padre—. Felicidades, stellina. Ahora sí que podrás ir a por los malos.

Nos fundimos en un abrazo menos apretado y más corriente. Depositó un beso en mi mejilla, sonrió con cariño y le dije:

—Gracias, mamá.

Me apartó unas pelusas invisibles de la chaqueta.

—Espero que sepas parar a tiempo y que el trabajo no te consuma.

Aguanté la mueca de: «Por favor, ese tema no vamos a tocarlo hoy», porque cada vez que tenía ocasión, le echaba en cara a mi padre lo mal que se había comportado en el pasado, pese a que conmigo siempre había intentado hacerlo lo mejor que pudo.

Al menos, aquella era la versión que yo había decidido conservar de él.