CAPÍTULO 39
Cuarenta y siete minutos
Sergio ya no llevaba reloj cuando abrieron el laboratorio.
Lo habían trasladado a dependencias judiciales después de ampliar su situación por manipulación de pruebas, falsedad y omisión de auxilio. Ferrer dejó su bolsa de efectos personales sobre una silla vacía. Nadie la reclamó.
El técnico conectó dos cables.
—No vamos a ver imágenes —dijo—. Vamos a saber cuándo existieron.
Robles colocó la etiqueta recuperada en Valencia junto al número de serie. Coincidían. Yo mantuve las manos dentro de los bolsillos.
La pantalla mostró una línea incompleta. Inicio. Pausas. Exportación. Apagado.
—Empieza antes de que Barral entre —dijo Ferrer.
—Cuánto antes.
El técnico amplió la primera marca.
—Seis minutos y doce segundos.
La cámara clandestina ya grababa cuando David llegó solo. Después registró la apertura con mi tarjeta, la discusión y el disparo.
No necesitábamos verlos para saber que estaban allí. El equipo había creado bloques nuevos cada vez que detectaba movimiento o sonido.
Robles señaló la última marca.
—¿Duración total?
—Cuarenta y siete minutos, cuatro segundos.
El número dejó de ser un vacío. Tenía un principio, un final y todo lo que alguien había decidido retirar entre ambos.
Ferrer tomó una decisión. Ordenó copiar el registro en tres soportes y enviarlos por separado al juzgado, a la unidad central y al laboratorio de Salamanca.
—Esta vez no desaparece todo en el mismo armario.
El técnico inició las copias. Los discos giraron con un zumbido fino.
—La grabación continuó después de que Sergio saliera —dije.
—Once minutos y treinta segundos —respondió.
Robles tocó el cristal.
—Entonces alguien entró después.
—O la puerta quedó abierta y la cámara siguió captando el pasillo.
—El registro de acceso.
Ferrer abrió la copia secundaria. Después de la tarjeta de Sergio aparecían dos aperturas. La primera no tenía identidad asociada. La segunda pertenecía al equipo sanitario.
—La llamada real llegó diecinueve minutos tarde —dijo Robles.
El técnico superpuso las horas. Sergio salió antes de que se solicitara la ambulancia. La apertura sin nombre ocurrió noventa segundos después.
—¿Pons? —pregunté.
—Su tarjeta no figura —respondió Ferrer.
—Ya había aprendido a no figurar.
Robles decidió no convertir una ausencia en un nombre. Marcó la apertura como usuario desconocido y pidió conservarla para otro procedimiento.
El técnico pasó a la exportación. Una copia completa salió del HVR-8 tres minutos antes de que Sergio abandonara la sala.
La transferencia tardó cuarenta y ocho segundos.
—¿Destino? —preguntó Ferrer.
—Nodo de Custodia Levante.
El frío del laboratorio me mordió los dedos dentro de los bolsillos.
Sergio había entregado las hojas a Arturo dos días después. La grabación ya había llegado antes.
—¿Podía verla desde allí? —preguntó Robles.
—Con el módulo correcto y la clave física.
El técnico mostró otro dato. Alguien reprodujo veintidós minutos del archivo en Custodia Levante la mañana siguiente.
Usuario autorizado: Arturo Benavent.
Ferrer acercó la cara a la pantalla.
—Sergio dijo que sabía que la cámara siguió activa después de salir.
—Arturo se lo enseñó —dije.
El técnico abrió el historial de reproducción. Arturo había detenido el vídeo en el minuto cuarenta y tres, cuatro minutos después de la salida de Sergio.
Robles pidió que trajeran la ampliación de su declaración. Sergio aguardaba en otra planta, con abogado y vigilancia.
—No necesitamos volver a preguntarle cómo lo sabe —dijo Ferrer—. Necesitamos saber qué vio.
La llevaron en una carpeta cerrada. Sergio había añadido una frase durante el traslado: Arturo le mostró el contador, no las imágenes finales. Solo quería demostrar que conservaba algo capaz de destruirlo.
—¿Por qué se lo creyó? —pregunté.
Ferrer giró la hoja.
Arturo había reproducido delante de él nueve segundos de audio.
Robles leyó la transcripción provisional.
Primero aparecía la respiración de David. Después, una puerta. La voz de Sergio preguntaba por el resto de la carpeta.
El siguiente sonido no estaba identificado. Un golpe leve. Tela sobre el suelo.
Y David habló.
—No era yo.
El técnico subió el volumen de la copia degradada. La frase volvió a salir, rota por estática.
—Julio tampoco.
Mi espalda encontró el borde de una mesa. No la había oído completa en Sevilla.
Robles no se volvió.
La última parte llegó casi debajo de la respiración.
—Eras tú.
Nadie preguntó a quién se dirigía. La voz de Sergio aparecía inmediatamente antes. No había otro hombre consciente cerca de la puerta.
Ferrer detuvo el audio.
—Eso no resuelve el disparo.
—No —dije.
—Tampoco borra lo que hiciste.
Saqué las manos de los bolsillos.
—No.
La respuesta ya no necesitó defensa.
Robles ordenó incorporar el fragmento y prohibió nuevas reproducciones fuera del juzgado. No permitiría que nueve segundos circularan sin el resto y volvieran a convertirse en otra verdad recortada.
El técnico recuperó el historial del módulo. Después de la reproducción de Arturo, alguien lo extrajo del HVR-8 y lo conectó en otro equipo.
—¿Cuándo?
—Dos días antes de la muerte de Benavent.
La fecha coincidía con la visita de Nuria al depósito y con la autorización para retirar la caja.
Ferrer negó.
—Nuria retiró documentación. El estuche salió después con la mujer del abanico.
Robles desplegó las imágenes de la estación. La mujer subió al tren con el HVR-8 y llegó a Madrid sin él.
—El módulo no tenía que viajar dentro del aparato —dijo el técnico.
Sacó una pieza equivalente. Cabía entre dos dedos.
—Podía retirarse durante el trayecto.
—¿Sin abrir el estuche? —pregunté.
—Había una tapa lateral.
Ferrer decidió reconstruir el viaje. Solicitó las cámaras interiores del vagón, no solo las del andén, y pidió la lista de pasajeros del coche cuatro.
La respuesta llegó antes de terminar las copias. El tren había reducido velocidad durante unas obras, cuarenta minutos después de salir de Valencia. No se detuvo, pero un empleado ferroviario cruzó los coches para revisar una puerta.
En la cámara interior, la mujer del abanico se levantó cuando él pasó.
No hablaron.
Ella dejó el estuche en el portaequipajes y caminó hacia el baño. El empleado continuó hasta el coche siguiente.
Treinta segundos después, un hombre sentado dos filas atrás se levantó. Gorra oscura. Chaqueta de trabajo. Abrió la tapa lateral, retiró algo y volvió a su asiento.
La mujer regresó sin mirar el estuche.
—Identifícalo —ordenó Ferrer.
El billete estaba a nombre de un electricista de Valladolid. El documento era real. El hombre también.
Había muerto nueve años antes.
Robles amplió su mano. Llevaba un sobre rígido del tamaño del módulo.
—Bajó antes de Madrid —dijo el operador—. En Cuenca.
—El tren no paraba allí —respondí.
—Sí paró. Avería de señal. Siete minutos.
La cámara exterior mostraba al hombre descendiendo por una puerta de servicio junto a dos empleados. Ninguno figuraba ya en la compañía.
Ferrer golpeó la mesa con un dedo.
—La entrega estaba preparada antes de que Arturo muriera.
—Y antes de que Nuria supiera que necesitaba huir —dijo Robles.
La mujer del abanico no transportaba una prueba improvisada. Cumplía un recorrido diseñado para que el archivo desapareciera sin dejar de existir.
El técnico terminó la tercera copia. La luz del HVR-8 se apagó.
—¿Podemos localizar el módulo por el número?
—No transmite. Solo conserva.
Robles recogió las imágenes de Cuenca.
—Entonces necesitamos al receptor.
Mi teléfono vibró. Era Clara. Lo dejé sonar una vez antes de contestar.
—Estoy en el laboratorio.
—Lucas quiere saber si habéis encontrado el vídeo.
Miré la ranura vacía.
—Hemos encontrado que duraba cuarenta y siete minutos.
—No es lo mismo.
—No.
Lucas tomó el teléfono.
—¿Podremos verlo?
El técnico cerró la cubierta.
—Existe una copia —dije—. Pero no sé dónde está ni qué va a demostrar.
—¿Y Sergio?
—Ha admitido que David estaba vivo y que me eligió.
Lucas no respondió enseguida.
—Eso no dice quién disparó.
—Tampoco he dicho que lo diga.
Clara recuperó el móvil.
—¿Vuelves?
Ferrer recibió una llamada y levantó la mano. Orduña había pedido declarar desde la residencia.
—Sí —dije—. Antes de seguir.
Colgué.
Orduña apareció en la pantalla de videoconferencia con una manta sobre las piernas. Robles mostró el fotograma de Cuenca.
El anciano no fingió desconocerlo.
—Era un enlace.
—Nombre —dijo Ferrer.
—No lo guardé.
—Entonces no ha pedido declarar para ayudarnos.
Orduña acercó una carpeta marrón a la cámara.
—El nombre no está en mi memoria.
Sacó un resguardo doblado, amarillento en los bordes.
—Sigue escrito en papel.
Todavía podía leerse.