CAPÍTULO 40
La tercera puerta
Martina había ocupado mi silla con tres muñecas cuando entré en casa.
La maleta golpeó el marco. Clara levantó la vista desde la cocina, pero no vino a ayudarme. Laura cortaba pan junto al fregadero. Lucas permanecía sentado al fondo, con el teléfono boca abajo y los brazos pegados al cuerpo.
—Llegas antes de que se enfríe —dijo Clara.
Dejé la bolsa en el pasillo.
—He dicho que volvía.
—También has dicho muchas cosas desde una puerta.
Martina empujó una muñeca hacia el borde.
—Esta se sienta contigo.
Aparté solo una. Me senté entre las otras dos. El respaldo crujió bajo mi peso y el resguardo doblado se clavó contra el pecho dentro de la chaqueta.
Laura dejó el cuchillo.
—Primero cenas.
—Orduña identificó al receptor.
Lucas alzó la cabeza, pero Clara colocó una fuente sobre la mesa.
—Primero cenas —repitió.
Decidí no sacar el papel. Me quité la chaqueta y la colgué lejos de la silla. El resguardo quedó dentro, fuera de mis manos.
Martina golpeó el vaso con la cuchara.
—¿Has encontrado al malo?
—A una.
—¿Era una chica?
—Una mujer.
—Entonces no era un malo.
Clara retiró la cuchara antes de que volviera a golpear. Lucas miró el plato sin tocarlo.
—Nuria está en prisión provisional —dije—. Marcos queda fuera de la muerte. Sergio sigue detenido.
Laura partió el pan con las manos.
—Has dicho tres personas. Martina ha preguntado por una.
—La que mató a Arturo fue Nuria.
—¿Y la de David? —preguntó Lucas.
El tenedor se me quedó detenido sobre la mesa. Clara rozó mi muñeca con dos dedos y siguió sirviendo.
—Todavía no sé quién disparó.
Lucas empujó el plato un centímetro.
—Pero sabes quién lo dejó morir.
—Sé que Sergio lo encontró con pulso, retiró la carpeta y permitió que todo apuntara hacia mí.
—¿Lo ha admitido?
—Sí.
Laura dejó un trozo de pan junto a mi plato.
—Eso no ha sonado como esperabas.
—No esperaba nada.
—Entonces no habrías cruzado Valencia para oírlo.
Martina intentó sentar la muñeca dentro de mi plato. La aparté y le ofrecí una servilleta doblada. La muñeca se quedó allí, torcida.
Clara decidió cambiar el orden.
—Lucas, termina de cenar. Después hablamos de la grabación.
—Ya estamos hablando.
—No. Estamos intentando que tu padre no convierta la sopa en una declaración judicial.
Cogí la cuchara. El caldo estaba demasiado caliente y me quemó el labio. No hice ruido.
Lucas empezó a comer. Laura acercó la cesta. Nadie volvió a preguntarme durante varios minutos.
Martina explicó que una niña del colegio había mordido a otra. Clara le preguntó qué hizo ella. Respondió que se había escondido debajo de una mesa porque la sangre era “muy roja”.
Mis dedos apretaron la cuchara.
Laura me la quitó antes de que doblara el mango.
—No está hablando de ti.
—Ya lo sé.
—Entonces deja el cubierto.
Lo dejé.
Cuando terminaron, Clara recogió los platos. Me levanté para ayudar, pero señaló la silla.
—Tú tienes algo en el abrigo.
Lucas ya miraba hacia el pasillo.
Fui por el resguardo. El papel había perdido una esquina y olía a humedad. Lo coloqué sobre la mesa sin abrirlo.
—La copia completa de Topas duró cuarenta y siete minutos.
Martina tocó el borde amarillo.
—Parece un mapa.
—No lo es.
—Todavía no —dijo Laura.
Robles había conseguido una reproducción antes de que Orduña terminara la videoconferencia. El documento registraba un envío desde Cuenca a Bilbao, dos días después de la muerte de David.
Abrí el primer pliegue.
DESTINATARIO: TOMÁS URRUTIA ECHEVARRÍA.
Lucas leyó el nombre en voz alta.
—¿Policía?
—Inspector de Asuntos Internos. Retirado hace siete años.
Clara secó sus manos en un paño y se sentó.
—¿Sigue vivo?
Abrí el segundo pliegue.
—Oficialmente.
Laura tomó el informe añadido por Robles. Tomás Urrutia figuraba como testigo en un supuesto suicidio ocurrido seis días antes en Bilbao. La víctima era un antiguo técnico de mantenimiento penitenciario.
—¿Supuesto? —preguntó Lucas.
—Cayó desde un tercer piso. La puerta de la vivienda estaba cerrada por dentro.
—Eso ya lo has visto antes.
—Por eso no pienso asumir que significa lo mismo.
Clara apoyó la palma sobre el resguardo.
—¿Qué relación tenía con la copia?
—Urrutia firmó la recepción del paquete. El técnico muerto trabajó en el edificio donde vivía.
Laura levantó el informe.
—Y alguien consultó el expediente de Julio después de la caída.
—Desde una terminal de la Policía vasca —dije.
Martina intentó coger el documento. Clara lo apartó y le dio una hoja en blanco.
—Dibuja una puerta.
—¿Con gente?
—Con la gente que quieras dentro.
Martina se tumbó sobre el suelo. El rotulador raspó el papel.
Lucas señaló el nombre de Urrutia.
—¿Cuándo sales?
La pregunta llegó sin reproche. Por eso pesó más.
Saqué el teléfono. Tenía abierta la página de Renfe, pero no había comprado ningún billete. Lo dejé junto al resguardo.
—No he decidido ir.
Laura miró la pantalla.
—Has buscado horarios.
—No he decidido ir solo.
Clara dobló el paño y lo colocó encima del móvil.
—Eso es diferente.
—No sé si mejor.
—Lo sabremos cuando no tengas una maleta preparada.
Fui al pasillo, abrí la bolsa y saqué la ropa. La camisa usada cayó al suelo. Martina apareció detrás con el dibujo.
—Falta uno.
Había dibujado una casa con tres puertas. Detrás de la primera estaba ella. En la segunda, Lucas y Clara. La tercera permanecía vacía.
—¿Quién va ahí? —pregunté.
—El que llega tarde.
Laura recogió la camisa antes de que Martina la pisara.
—No le des ideas.
Volvimos a la mesa. Clara retiró el paño del teléfono, pero no me lo devolvió.
—¿Qué necesita la Policía?
—Confirmar que Urrutia conserva el módulo o sabe dónde terminó. Robles puede viajar mañana.
—¿Sin ti? —preguntó Lucas.
—Sí.
La palabra salió antes de que pudiera corregirla.
Laura se apoyó en el respaldo.
—¿Y puedes quedarte?
Miré el resguardo. La firma de Urrutia atravesaba la última línea. Debajo, alguien había añadido una anotación a mano.
NO ENTREGAR A BARRAL.
—Puedo esperar hasta que sepamos por qué escribió eso.
Clara dejó el teléfono frente a mí.
—Entonces llama a Robles.
Marqué. Contestó con ruido de tráfico.
—Dime que no has comprado nada.
—No he comprado nada.
—Eso sí es nuevo.
—Ve tú a Bilbao.
Robles guardó silencio.
—¿Y cuando encuentre a Urrutia?
Miré a Lucas. Él no apartó los ojos.
—Nos llamas antes de abrir ninguna puerta.
—¿Nos?
—A todos.
Robles preguntó quién estaba allí. Los nombré. Cuando dije Martina, Clara apartó el teléfono del dibujo.
—Ella no decide operaciones.
—Yo tampoco decido solo —dije.
Lucas frotó el resguardo.
—Quiero ir.
—No —respondió Clara.
—Ni siquiera has—
—No.
Laura empujó la silla y se colocó a su lado.
—Acompañar a tu padre no es lo mismo que impedir que desaparezca.
Lucas me miró. Podía suavizar la negativa. En lugar de hacerlo, doblé una copia del informe y se la entregué.
—Tú te quedas con esto. Cuando Robles encuentre algo, lo oyes conmigo.
—¿Y si te marchas antes?
—Te doy las llaves del coche.
Clara extendió la mano.
—Dáselas ahora.
Saqué el llavero del bolsillo. El metal golpeó la mesa. Martina levantó la cabeza.
Laura deslizó las llaves hacia Clara.
—Eso no es una garantía.
—No —dije—. Es un obstáculo.
Lucas conservó el informe. No me dio las gracias.
Robles seguía al teléfono.
—Puedo solicitar la orden esta noche —dijo—. Pero Urrutia puede negarse a abrir.
—No fuerces la cerradura hasta saber quién está dentro.
—Has cambiado de profesión deprisa.
—He cambiado el orden.
Clara tocó la anotación.
—Primero la puerta. Luego la persona. Después la explicación.
—¿Y si alguien corre? —preguntó Robles.
Miré la maleta abierta.
—Tú lo sigues. Yo me quedo.
La frase dejó a Lucas quieto. Clara cerró los dedos sobre las llaves y las guardó sin mirarme.
Laura se inclinó hacia el altavoz.
—No conviertas esto en una ceremonia.
—No pensaba felicitarlo —respondió Robles.
Clara cogió el resguardo.
—Hay una anotación.
Se la leí.
Robles dejó de caminar.
—Urrutia no pudo escribirla.
—¿Por qué?
—Porque lleva dos días inconsciente en una UCI.
Lucas acercó el papel a la luz. La tinta era reciente. Había atravesado el doblez antiguo sin desgastarse.
Alguien había abierto el envío después de que Orduña lo guardara.
Y sabía que terminaría sobre nuestra mesa.
Martina levantó el dibujo.
En la tercera puerta había añadido una figura.
No era yo.
Llevaba un abanico abierto.
PRÓXIMAMENTE
LIbrO 7 — BILBAO
La tercera puerta
Un antiguo policía aparece ahorcado en una vivienda de Bilbao.
La puerta estaba cerrada desde dentro. No hay señales de lucha. No existe ninguna nota de despedida.
Para todos, es un suicidio.
Para Julio Barral, algo no encaja.
La posición del cuerpo. Una marca casi invisible. Un detalle que nadie consideró importante porque aceptar la versión oficial resulta mucho más cómodo que investigar a un muerto con demasiados secretos.
Julio empieza a reconstruir sus últimos días y descubre que el expolicía seguía buscando respuestas sobre un caso enterrado años atrás.
Un caso que conecta comisarías, juzgados, prisiones y despachos de la Administración.
Expedientes que desaparecieron. Informes modificados.
Funcionarios que firmaron sin preguntar y jueces que prefirieron no mirar.
Pero esta vez no hay una organización controlándolo todo.
No existe un cerebro detrás de la trama.
Solo personas protegiéndose unas a otras. Policías que cubrieron a compañeros. Funcionarios que ocultaron sus errores. Jueces que evitaron un escándalo. Pequeñas decisiones tomadas durante años hasta formar una red imposible de desmontar sin destruir a todos los que participaron en ella.
Y en el centro de esa red hay un vídeo.
La grabación original desapareció hace mucho tiempo.
Aunque alguien conservó una copia.
Una copia incompleta.
Una copia que nunca debió llegar a manos de Julio Barral.