CAPÍTULO 38
Sergio llegó después
Laura estaba sentada detrás del cristal cuando trajeron a Sergio.
No pregunté cuándo había llegado a Valencia. Había dejado una bolsa pequeña junto a la silla y mantenía el abrigo puesto. En la sala contigua, Sergio hablaba con su abogado mientras un agente retiraba el cinturón y el reloj.
Robles colocó mi declaración sobre la mesa de observación.
—No entras hasta que confirme la tarjeta.
Ferrer ya la había confirmado. El registro secundario conservaba la apertura cuatro minutos después del disparo y la asociaba al número de Sergio. También mostraba que la puerta permaneció cerrada durante veintidós minutos.
Laura tocó el cristal con un nudillo.
—Lo importante empieza después de que entrara.
—David estaba vivo.
—Eso ya lo sabes.
La frase me obligó a apartarme del cristal. Ferrer apareció por la puerta lateral y dejó una autorización frente a mí. Podía asistir, no interrogar.
—Una pregunta sin permiso y sales —dijo.
—No necesito preguntar.
Laura se levantó.
—Entonces no necesitarás acercarte.
Entramos juntos. Sergio dejó de hablar al verla. Su abogado pidió que constara que una familiar de Barral no formaba parte de la investigación.
—Tampoco yo —dijo Laura—. Por eso puedo reconocer cuándo intenta convertir una respuesta en un favor.
Ferrer indicó dos sillas junto a la pared. Me senté. Laura permaneció de pie, entre Sergio y yo.
Robles encendió la grabadora y leyó el número de la tarjeta. Sergio miró la copia sin tocarla.
—La utilizaban varios mandos.
—Estaba asignada a usted —dijo Ferrer.
—Las asignaciones no impedían préstamos.
—Entonces diga a quién se la prestó.
Sergio apoyó las manos sobre la mesa.
—A nadie.
Robles retiró la salida más cómoda.
—Entró cuatro minutos después del disparo.
—Entré después de recibir un aviso.
—¿De quién?
—Del puesto de control.
—Nombre.
Sergio miró a su abogado. El hombre asintió una vez.
—Eduardo Pons.
Robles abrió la relación de personal del turno. Pons figuraba en control, pero su firma desaparecía veinte minutos antes del disparo.
—Abandonó el puesto —dije.
—Cambió de planta —respondió Sergio.
Ferrer deslizó una fotografía del corredor. Pons aparecía entrando en el ascensor con una carpeta vacía.
—Se marchó cuando ya sabía que David iba a enfrentarse a Julio.
—Sabía que iban a discutir.
—Y dejó la puerta sin vigilancia.
Sergio tocó el borde de la fotografía.
—Pons llevaba años obedeciendo órdenes que nadie escribía.
—Usted también —dijo Laura.
El abogado volvió la cabeza hacia ella.
—No está aquí para declarar.
—No. Estoy aquí para que no convierta la obediencia en una enfermedad que se contagia sola.
Sergio apartó la fotografía.
—Pons me llamó porque no podía volver sin aparecer en el registro.
Robles señaló la tarjeta.
—Y usted entró por él.
—Entré porque Julio no respondía.
—Pero no lo llamó desde el pasillo.
—No había tiempo.
Ferrer dejó el plano delante de Sergio.
—Tuvo veintidós minutos dentro. El tiempo dejó de ser una excusa cuando cerró la puerta.
La pata de mi silla raspó el suelo. Laura apoyó dos dedos en el respaldo antes de que me levantara.
Ferrer acercó la declaración de Pons. Él había negado llamar a Sergio aquella noche. El registro telefónico original ya no existía, pero una factura interna mostraba una extensión de Topas conectada con su móvil durante veintisiete segundos.
—Pons lo llamó mientras David seguía dentro —dijo Robles.
—Dijo que había un problema con Julio.
—No con David.
—Julio era el problema que Pons sabía nombrar.
Ferrer decidió separar la llamada de lo ocurrido después. Marcó la puerta, la carpeta y el arma sobre un plano.
—Cuando entró, ¿qué vio primero?
—A Julio contra la pared.
—En la declaración original afirmó que estaba arrodillado junto al cuerpo.
Sergio movió el pulgar sobre una mancha de la mesa.
—Se arrodilló después.
—¿Después de qué?
—De que yo le hablara.
Robles le mostró mi ampliación firmada. Sergio no leyó las páginas. Buscó mi nombre al final.
—Julio recuerda lo que necesita cuando alguien le coloca el marco.
Me levanté. Laura me sujetó la muñeca antes de que diera un paso.
—Siéntate.
—Está diciendo que lo invento.
—Y tú estás intentando ayudarlo a dejar de responder.
Solté el aire por la nariz y volví a la silla. Sergio observó la mano de Laura hasta que ella la retiró.
Ferrer golpeó el plano con la punta del bolígrafo.
—David emitió un sonido.
Sergio no negó.
—Estaba herido.
—¿Comprobó si respiraba?
—Toqué su cuello.
Mi declaración no contenía eso. Tampoco mi recuerdo. Robles señaló el momento para que constara.
—¿Tenía pulso?
—Débil.
El zumbido de la ventilación cayó sobre la mesa. Laura cruzó los brazos sin apartarse.
—¿Pidió una ambulancia? —preguntó Ferrer.
—El puesto ya había solicitado asistencia.
—La llamada fue adelantada en la cronología.
—Eso ocurrió después.
—Lo hizo usted.
Sergio cerró la mano.
—Corregí una hora incompatible con el resto.
Robles colocó la primera cronología junto a la modificada. La petición real de ayuda quedaba diecinueve minutos más tarde.
—La movió para que pareciera que la ambulancia estaba avisada antes de su entrada.
—Para que no pareciera que nadie había hecho nada.
—Nadie había hecho nada —dije.
Ferrer giró hacia mí, pero Laura habló antes.
—Déjalo. Esa parte no necesita que la salves.
Sergio bajó los ojos. Robles pidió que continuara desde el pulso.
Él había visto la carpeta bajo David. Reconoció nombres relacionados con Topas, pagos a confidentes y autorizaciones firmadas por mandos policiales. Una hoja llevaba mi firma. Otra, la de Pons.
—¿Y la retiró? —preguntó Ferrer.
—Retiré lo que podía provocar otra muerte.
—David ya se estaba muriendo.
—Precisamente.
La palabra me empujó fuera de la silla. Laura se interpuso y recibió mi hombro contra el suyo. No retrocedió.
—Prometiste salir.
—Todavía puedo escucharlo.
—No desde ahí.
Señaló la puerta. Ferrer no intervino. Me obligaba a elegir sin expulsarme.
Di dos pasos hacia el pasillo. Me detuve con la mano sobre el picaporte.
—Que termine.
Laura volvió a la pared, pero permaneció entre nosotros.
Robles abrió una bolsa de evidencias vacía.
—¿Qué retiró exactamente?
—Una carpeta azul y tres hojas sueltas.
—¿Dónde las llevó?
—A mi despacho.
—Nunca aparecieron.
—Porque las entregué.
Ferrer dejó el bolígrafo.
—¿A quién?
Sergio se humedeció el labio.
—A Arturo Benavent.
La sala perdió el ruido durante un segundo. Arturo no había instalado la cámara clandestina, pero años después había leído y duplicado la grabación. Ahora también aparecía como receptor de las pruebas retiradas.
—¿Cuándo? —preguntó Robles.
—Dos días después.
—¿Por qué Benavent?
—Custodia Levante podía guardar documentación fuera del circuito policial.
—También podía utilizarla.
—Eso lo supe tarde.
Ferrer acercó la fotografía del coche de Arturo.
—Lo supo y siguió callando.
Sergio la apartó.
—Si esas hojas entraban en el sumario, caían funcionarios, mandos y dos confidentes protegidos. No habría investigación. Habría una limpieza.
—Y eligió a Julio para contenerla —dijo Laura.
El abogado protestó por su intervención. Sergio levantó una mano.
—Julio ya estaba allí. Había huellas, sangre, un arma y antecedentes disciplinarios.
La puerta se clavó en mi palma.
—Faltaba que David muriera.
Sergio miró hacia mí.
—Faltaba evitar que murieran más.
—No pronuncies eso como si fuera una cifra.
—Tú habías perdido el control antes de que yo llegara.
—Y tú lo encontraste vivo.
Ferrer se levantó. No para separarnos, sino para cerrar la puerta que yo mantenía abierta.
—Responda a lo esencial. ¿Permitió que la investigación señalara a Barral porque era la versión más fácil de sostener?
Sergio apoyó las manos planas.
—Era la única que el sistema aceptaría sin abrir todo lo demás.
—Eso no responde.
—Sí.
La palabra no produjo alivio. Se quedó junto al pulso de David, las hojas retiradas y los diecinueve minutos falsificados.
Robles pidió que constara la admisión. Después mostró una fotografía del suelo. La carpeta aparecía movida respecto a la primera imagen tomada por la patrulla.
—¿Arrastró a David para sacarla?
Sergio tardó demasiado.
Laura me miró, preparada.
—No —dijo él—. David se movió solo.
Ferrer acercó la grabadora.
—¿Hacia dónde?
Sergio observó la puerta.
—Hacia ella.
—¿Habló?
Su abogado tocó la mesa.
—Mi cliente no responderá sobre una percepción sin respaldo.
Robles sacó la etiqueta del HVR-8 de la caja fuerte de Arturo.
—El fabricante conserva registros de activación. Ha confirmado uno asociado a Topas.
Sergio dejó de mirar la puerta.
Ferrer acercó la etiqueta.
—¿Qué encontraremos?
El abogado le sujetó el antebrazo.
Sergio no lo apartó.
—Una cámara que siguió grabando después de que yo saliera.