CAPÍTULO 37
Después del disparo
Nuria Benavent ingresó en prisión provisional antes de que devolvieran el coche de Arturo al depósito.
Ferrer me esperaba en una sala vacía del archivo judicial. Habían marcado en el suelo, con cinta negra, la mesa de Topas, la puerta y el lugar donde encontraron la pistola. Robles sostenía el registro de accesos sin enseñármelo.
—Cuatro minutos —dije.
—Eso pone la tarjeta —respondió Ferrer—. Tú vas a decir qué ocurrió dentro.
Me quité la chaqueta y la dejé sobre una silla. La tela rozó la pared. El hombro ya no llevaba venda, pero la cicatriz tiró cuando extendí el brazo hacia la marca de la puerta.
—Quiero declarar antes de que habléis con Sergio.
Robles dejó la grabadora en el suelo, fuera del dibujo.
—Eso significa que no podrás adaptar el recuerdo a su versión.
—Por eso.
Ferrer cerró la sala y ordenó que nadie entrara. Había elegido concederme una declaración formal, no una reconstrucción privada. La cámara del techo encendió un punto rojo.
Robles me situó junto a la mesa. Según mi primera declaración, David estaba frente a mí cuando apareció el arma. Según la ampliación reciente, yo ya lo había empujado antes.
—Empieza donde dejaste de reconocer tus manos —dijo.
Apoyé las palmas sobre la cinta. La superficie no era madera, pero mis dedos buscaron una astilla que llevaba doce años debajo de la uña.
—David levantó la carpeta.
—¿Para protegerse?
—Para que leyera una hoja.
—¿Cuál?
—Una autorización con mi firma.
Ferrer colocó una copia boca abajo dentro del rectángulo. No me permitió verla.
David había dicho que la prueba falsa no entró sola. Yo respondí acercándome. Él retrocedió hasta la esquina y sujetó la carpeta contra el pecho.
Robles tocó mi codo.
—¿Dónde estaba la puerta?
Señalé detrás de mí.
—La estaba bloqueando.
La palabra no salió limpia. Ferrer la repitió para la grabación y me hizo moverme hasta ocupar el lugar exacto.
Decidí continuar sin pedir la hoja. Levanté el brazo como aquella noche y mi mano quedó a la altura del cuello de Robles. Ella no retrocedió.
—Lo agarré por la chaqueta.
—Antes de ver el arma —dijo.
—Sí.
David intentó apartarme. La mesa le golpeó detrás de las rodillas. Una esquina cayó al suelo y las hojas se abrieron entre nuestros zapatos.
El olor llegó antes que la imagen. Humedad en la pared. Sudor bajo el cuello. Después, metal.
—La pistola estaba entre los papeles —dije.
Ferrer se agachó junto a la marca del arma.
—¿Quién la cogió?
Cerré la mano. El pulgar encontró el borde de una empuñadura que no estaba allí.
—Los dos bajamos.
—Eso no responde.
—No puedo separar las manos.
Robles detuvo la grabación. Quitó la copia del suelo y la guardó sin darle la vuelta.
—Entonces no elijas una.
Ferrer salió para confirmar que Sergio seguía localizado en Valencia. Yo permanecí dentro del dibujo, con un pie sobre la línea de la puerta.
Cuando volvió, dejó su teléfono apagado junto a la cámara.
—No le hemos comunicado el registro.
—Bien.
—No es un regalo. Si cambias después, lo veremos.
Robles reanudó la grabación. Me pidió que no describiera el disparo, sino el segundo anterior.
David tenía una rodilla en el suelo. Su muñeca golpeó la mía. El cañón quedó entre ambos, demasiado cerca para apuntar.
—Dijo algo —murmuré.
—¿Qué?
—Mi nombre.
—¿Como una amenaza?
Negué. La cinta crujió bajo mi zapato.
—Como si quisiera que parara.
Ferrer hizo una señal para seguir.
El fogonazo me cerró el ojo derecho. El estampido no terminó; se quedó dentro de mi cabeza, convertido en un pitido que borraba el resto.
David cayó de lado. La carpeta quedó debajo de su hombro. Algo metálico golpeó el suelo cerca de mi pie.
Di un paso atrás. Después otro. La pared me detuvo.
Robles se acercó, pero levanté la mano.
—No me toques.
Ella obedeció.
En las fotografías judiciales yo aparecía arrodillado junto a David. Aquella postura pertenecía a un minuto posterior. Inmediatamente después del disparo seguía contra la pared.
Ferrer cogió la primera imagen y la sostuvo fuera de mi alcance.
—¿Cuándo te acercaste?
—No lo sé.
—¿Comprobaste si respiraba?
La garganta se cerró antes de la respuesta.
—No.
Robles no escribió. Esperó hasta que bajé la mano.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
La palabra dejó el suelo más lejos. Me agaché, pero no llegué hasta la marca de David. Las rodillas se negaron a doblarse como debían.
Ferrer tomó una decisión. Apartó todas las fotografías y cubrió el registro de accesos. Ya no habría apoyos externos hasta que terminara lo que recordaba.
—Cierra los ojos —dijo.
—No.
—Entonces mira la puerta.
Lo hice.
Primero regresó el pitido. Debajo había una respiración rota, o el aire escapando de una tubería. Después sonó un roce junto a la mesa.
—David se movió.
Robles se inclinó.
—¿Lo viste?
—Vi cambiar la carpeta de sitio.
—Eso no demuestra que fuera él.
—No había nadie más.
Ferrer señaló la pistola marcada en el suelo.
—¿La tocaste después?
—No recuerdo agacharme.
—Tus huellas estaban en la empuñadura.
—También antes.
Ninguna respuesta me sacaba de la sala. Ferrer tampoco lo intentó.
El roce volvió. Dos golpes breves contra el suelo. Luego silencio.
Yo miraba la puerta. Esperaba que se abriera sin decidir si quería ayuda o tiempo para inventar una salida.
Robles apagó la grabadora.
—Llama a casa.
—No he terminado.
—Por eso.
Salí al pasillo y marqué a Clara. Contestó al segundo tono. Antes de hablar, oí a Martina discutir por un vaso y a Lucas cerrar una puerta.
—Valencia está resuelta —dije.
—Eso ya lo sé.
—Sergio entró en la sala cuatro minutos después del disparo.
Clara no preguntó cómo lo sabía.
—¿Lo recuerdas?
—Recuerdo una puerta.
—No es lo mismo.
—Voy a terminar la declaración.
Ella cubrió el teléfono y llamó a Lucas y Laura. No pidió permiso para poner el altavoz.
Lucas habló primero.
—¿Eso significa que no estabas solo?
—Después del disparo, no.
—Te he preguntado otra cosa.
Apoyé el hombro contra la pared fría.
—No sé quién disparó.
Laura tomó la palabra.
—¿Vas a utilizar esos cuatro minutos para decidir que todo lo anterior desaparece?
—He declarado que bloqueé la puerta y agredí a David.
—No te he preguntado qué has firmado.
La puerta de la sala se abrió. Robles esperaba con la grabadora en la mano.
—Sergio está de camino —dijo.
Lucas la oyó.
—¿Vas a enfrentarte a él?
—Voy a estar presente.
—Eso tampoco responde.
Miré mis dedos. No estaban cerrados.
—No voy a tocarlo.
Clara soltó el aire lejos del micrófono.
—No prometas lo que depende de que él se comporte.
—Entonces prometo salir si dejo de poder cumplirlo.
Laura guardó silencio. Esta vez no corrigió la frase.
Volví a la sala. Ferrer había colocado una silla fuera del dibujo para mí, pero la aparté.
—Termino de pie.
Robles encendió la grabadora.
—Continúa desde el movimiento junto a la mesa.
El pitido se había reducido. Oí mis dientes golpearse una vez. Después llegaron pasos por el pasillo.
No corrían.
Se detuvieron frente a la puerta. La tarjeta rozó el lector y el cierre cedió con un golpe eléctrico.
—¿Viste quién entraba? —preguntó Ferrer.
—Primero vi los zapatos.
Negros. Limpios. La puntera derecha tenía una marca clara junto al cordón. Sergio llevaba años intentando taparla con betún.
La puerta se abrió hasta tocar mi hombro. Me aparté sin mirarlo a la cara.
—¿Dijo tu nombre?
—Sí.
—¿Te preguntó si estabas herido?
—No.
Robles acercó la grabadora medio palmo.
—¿Fue hacia David?
Asentí.
Sergio pasó junto a la pistola sin tocarla. Se agachó al otro lado de la mesa y levantó una esquina de la carpeta.
Su mano fue al hombro de David, pero no buscó el pulso.
Tiró de la tela para descubrir las hojas atrapadas debajo.
David soltó un sonido bajo. Sergio se quedó quieto apenas un segundo.
Después miró la puerta abierta, el arma y mis manos.
Eligió el orden. Cerró la puerta con el talón antes de volver a tocar la carpeta caída.
David volvió a rozar el suelo.
—¿Sergio reaccionó? —preguntó Ferrer.
El tirador de la puerta se clavó en mi espalda. Ya no estaba en el archivo judicial. Tenía otra vez la pared húmeda detrás.
Sergio no preguntó quién había disparado.
Tampoco pidió una ambulancia.
Miró las hojas bajo el cuerpo de David.
Y dijo:
—Julio, ¿dónde está el resto de la carpeta?