Valencia, la noche vacía (Los casos de Julio Barral 6) CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

Nuria Benavent

La lluvia había secado cuando llevaron a Nuria al juzgado.

Esperaba en el garaje subterráneo, sentada en un banco sujeto a la pared. Las esposas unían sus muñecas por delante. Ya no llevaba vendas; dos dedos hinchados descansaban sobre el metal.

Ferrer cerró la puerta del coche policial.

—La jueza ha leído la reconstrucción.

El abogado de Nuria sostenía una declaración nueva. La había reducido a cuatro páginas después de que Ferrer rechazara la primera.

—Mi clienta quiere corregir un punto antes de comparecer.

Robles dejó una grabadora sobre el capó.

—Aquí no se corrigen puntos. Se amplían decisiones.

Nuria levantó la cabeza hacia mí.

—La bolsa era de mi padre.

No contesté. Ferrer activó la grabación y dijo la hora.

—Explíquelo sin mirar a Barral.

Nuria apoyó las esposas entre las rodillas.

—Arturo la había preparado contra Marcos. Guardó la herramienta, la copia de la llave y el frasco. Quería conservar una salida si Marcos entregaba los archivos.

—¿Por qué la fotografió? —preguntó Robles.

—Para demostrar que existía antes de que intentara culparme a mí.

El abogado rozó su hombro.

—Limítese a lo que hizo.

—Eso estoy haciendo.

Ferrer mostró la imagen del reflejo. La pulsera de Nuria seguía atrapada en el cristal del maletero.

—La encontró y decidió utilizarla.

—Decidí que no sería yo quien terminara dentro.

El aire del garaje empujó olor a caucho desde la rampa. Cerré la mano sobre la cicatriz.

—Así que elegiste a Marcos.

Nuria giró apenas.

—Ya había entrado a robar.

—Eso te facilitó mentir.

Ferrer se interpuso antes de que avanzara.

—Barral, un paso más y te vas.

Retrocedí. Robles pidió a Nuria que continuara desde la llegada de Arturo.

Había puesto el sedante en el agua con limón. No conocía la dosis necesaria para matarlo porque no pretendía hacerlo. Quería que perdiera fuerza, firmara y revelara dónde guardaba la denuncia.

—¿Y si no firmaba? —preguntó Ferrer.

Nuria tiró de la cadena.

—Esperaba que Pons lo convenciera.

—Pons desconectó la cámara.

—Mi padre se lo ordenó.

—Y usted aceptó entrar en una sala sin registro.

—Él también.

Robles cerró la carpeta del acuerdo.

—Uno de los dos llevó sedante.

Nuria bajó la vista.

Cuando Arturo cayó, ella llamó a Pons. Él oyó que respiraba y se negó a volver. Marcos seguía dentro del edificio, aprovechando los tres minutos creados por ME-4.

Nuria vio la ventana abierta en el registro. Bajó por la salida lateral, abrió el coche de Marcos con la copia del llavero y dejó la bolsa en el maletero.

—No movió a Arturo durante esos tres minutos —dijo Ferrer.

—No podía.

—Entonces ME-4 no ocultó el traslado.

—Ocultó la bolsa.

Ferrer pidió que constara expresamente. Marcos había creado la ventana para su robo. Nuria la utilizó para preparar su acusación, sin saber todavía que su padre moriría.

La distinción no le devolvió nada.

—Después creó el asiento falso del sedante —dijo Robles.

—Necesitaba que pareciera suyo.

—Todavía podía llamar a una ambulancia.

Nuria se levantó. El agente del fondo dio un paso y la cadena de sus esposas se tensó.

—Si llamaba, encontraban a Arturo en el suelo, la firma y a Marcos dentro.

—Encontraban a su padre vivo —respondió Ferrer.

El abogado intentó detenerla, pero Nuria volvió a sentarse por sí sola.

—Arturo despertó antes de que pudiera sacarlo.

—¿Habló?

—Me pidió el teléfono. Después intentó romper el acuerdo.

Nuria utilizó la plataforma de carga para llevarlo hasta el coche. Arturo colaboró al principio. Creía que ella lo trasladaba a un hospital.

La frase me endureció el cuello.

—Le dejaste creerlo.

—Necesitaba que entrara.

Robles hizo girar la grabadora.

—¿Cuándo decidió no llevarlo?

Nuria miró la rampa, donde una franja de luz cortaba el suelo.

—Cuando dijo que la denuncia no era la única copia.

No había una decisión única. Hubo una salida del garaje, un desvío, una gasolinera y otra carretera. Cada tramo le permitió seguir llamando provisional a lo que hacía.

Ferrer no aceptó el refugio.

—En la estación intentó salir. Usted lo devolvió al asiento.

—Se habría caído delante de un coche.

—Había una carretera y una cámara.

—No grababa el interior.

—Pero podía grabar a alguien pidiendo ayuda.

Nuria golpeó las esposas contra el banco.

—No podía hablar bien.

—Podía poner un pie en el suelo —dije.

Esta vez Ferrer no me apartó.

Nuria apretó los dedos hinchados.

—Me agarró. Tiré de la camisa y cerré. Pensé que aún tenía tiempo.

—¿Para qué?

—Para encontrar la otra copia.

Robles colocó sobre el capó el mapa de la ruta. Marcó la gasolinera y el punto donde el coche perdió cobertura.

—Volvió a detenerse aquí.

—No sé dónde fue exactamente.

—Pero recuerda por qué.

Nuria cerró los ojos. El abogado le tocó la rodilla y ella apartó la pierna.

—Dejó de hacer ruido.

El garaje quedó atravesado por el motor de un vehículo que bajaba la rampa. Nadie habló hasta que pasó.

—¿Comprobó el pulso? —preguntó Ferrer.

—Lo llamé.

—Eso no es comprobarlo.

—Le toqué el cuello.

—¿Respiraba?

Nuria levantó las esposas hasta la boca, pero no llegó a cubrirla.

—No lo noté.

—Entonces ¿qué hizo?

—Arranqué.

Ferrer se inclinó sobre ella.

—¿Hacia un hospital?

—Hacia la Marina.

El abogado recogió su declaración. Ya no intentaba suavizar nada.

Robles preguntó por qué eligió ese lugar.

—Mi padre dejaba allí el coche cuando se reunía con gente que no quería llevar a la empresa. Parecía un punto suyo, no mío.

—Y después arrojó el mando —dijo Ferrer.

—Sí.

—Lavó el vaso.

—Sí.

—Mantuvo la acusación contra Marcos.

Nuria tardó.

—Sí.

Ferrer apagó la grabadora. El clic sonó más fuerte que la cadena.

La jueza esperaba arriba. Antes de entregar a Nuria, Ferrer informó al abogado de que solicitarían prisión provisional por homicidio, falsedad, simulación de delito y coacciones.

Pons seguiría investigado por falso testimonio, encubrimiento y omisión del deber de socorro. Marcos quedaría fuera de la muerte, aunque respondería por el robo y la activación de ME-4.

Un funcionario bajó con dos documentos para que Ferrer los firmara. El primero anulaba la imputación de Marcos por la muerte. El segundo ordenaba conservar su pasaporte por el robo.

Marcos esperaba dentro de otro vehículo, separado por una mampara. Al ver a Nuria, golpeó una vez el cristal con los nudillos.

Ella no respondió.

—No sale limpio —dijo Ferrer—. Sale de un delito que no cometió.

El funcionario entregó otra hoja. Pons debía comparecer de nuevo aquella tarde. Su llamada con Nuria, la desconexión de la cámara y su negativa a regresar quedaban incorporadas como actos distintos.

—Él pudo entrar —dije.

—Y decidió no hacerlo —respondió Robles.

Nuria observó el documento desde el banco.

—Pons sabía cómo terminaban las cosas cuando mi padre pedía tiempo.

—Por eso sabía que no debía dárselo —dijo Ferrer.

El abogado pidió agua. Un agente acercó una botella, pero Nuria no logró abrirla con los dedos hinchados. La sostuvo entre las esposas hasta que el plástico se deformó.

Se la quité, rompí el precinto y la dejé a su lado.

—Eso no cambia nada —dijo.

—No pretendía hacerlo.

Bebió sin mirarme. Luego dejó la botella abierta bajo el banco. Despacio.

Nuria se puso de pie.

—Mi padre me había elegido primero.

La frase me alcanzó cuando el agente abrió la puerta.

—Y tú elegiste después.

Ella miró mis manos.

—A usted también lo eligieron.

—No antes de que yo empezara a facilitarles el trabajo.

El agente tiró con suavidad de su brazo. Nuria no se movió.

—No quería matarlo.

—Pero quisiste que nadie pudiera salvarlo hasta conseguir lo que necesitabas.

El abogado pidió terminar. Ferrer indicó al agente que continuara.

Nuria cruzó el garaje sin volver la cabeza. La puerta del ascensor se cerró sobre su reflejo y dejó el banco vacío.

Robles guardó la grabadora.

—Valencia está resuelta.

Miré el coche policial que la había traído.

—Arturo está muerto.

—Eso no impide saber quién decidió que siguiera así.

Ferrer abrió el maletero de su vehículo. Dentro esperaba la caja precintada con las fotografías de Topas.

La cinta roja cedió bajo sus guantes.

—Ahora puedes volver a buscarte —dijo—, pero esta vez no vas delante.

Sacó el registro antiguo de accesos y lo extendió sobre el capó. La hora del disparo aparecía marcada a lápiz. Cuatro minutos después, otra tarjeta había abierto la puerta.

Robles acercó la hoja a la luz.

El titular seguía activo en aquel turno.

Sergio Lanza.