Valencia, la noche vacía (Los casos de Julio Barral 6) CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

La puesta en escena

El coche de Arturo volvió al garaje sobre una plataforma.

Científica había retirado los asientos y protegido el suelo con plástico. El portón permanecía abierto; desde la calle entraba el ruido de los camiones y un olor breve a gasóleo.

Ferrer me entregó unos cubrezapatos.

—Hoy no interpretas documentos.

Me los puse sin responder. Robles esperaba junto al maletero con la fotografía recuperada del teléfono de Nuria. La bolsa gris aparecía detrás del triángulo de emergencia, cerrada y colocada de lado.

Un técnico abrió el vehículo con el mando intervenido. La cerradura emitió un pitido seco.

—La copia de Nuria funcionaba —dijo—. No hubo que forzar nada.

—¿Y el coche de Marcos?

—La misma llave abrió su puerta.

Ferrer indicó que trajeran el segundo vehículo. No quería otra conclusión construida sobre una fotografía. Quería repetir cada movimiento con los objetos ya documentados.

El coche de Marcos entró unos minutos después. La puerta del conductor conservaba una marca bajo la goma, demasiado fina para una palanca.

El técnico introdujo la copia del llavero. El cierre cedió.

—Se quedó con la llave cuando recogió el vehículo de empresa —dijo Robles.

—Pudo devolver una copia distinta —respondió Ferrer.

—O no devolver ninguna —dije.

Ferrer abrió el maletero de Arturo y pidió la bolsa de reproducción. Pesaba poco. Dentro solo habían colocado piezas equivalentes, sin valor probatorio.

Me la entregó.

—Muévela sin tocar el borde del coche.

La saqué inclinando la muñeca. La tela rozó el cierre y dejó una línea gris en la pintura interior.

Robles se agachó.

—La original tenía restos negros en esta costura.

El laboratorio ya había comparado esas partículas con el revestimiento del maletero. Coincidían. La bolsa había estado allí antes de aparecer en el coche de Marcos.

Ferrer decidió seguir el recorrido contrario. Colocó la reproducción en el maletero de Marcos y cerró.

—¿Cuándo pudo hacerlo?

El técnico señaló la pantalla portátil. A las nueve diecisiete, Marcos activó ME-4 desde su teléfono. Durante tres minutos, las puertas siguieron registrando aperturas, pero dejaron de asociarlas a una tarjeta.

—Nuria no creó la ventana —dije.

—La encontró abierta —respondió Robles.

A las nueve dieciocho constaban dos aperturas sin nombre: garaje interior y salida lateral. Marcos había reconocido la primera. Negaba la segunda.

Ferrer señaló la puerta lateral.

—Repetimos.

El técnico activó una simulación. Robles abrió desde dentro mientras yo esperaba en el pasillo. La hoja metálica tardó cuatro segundos en cerrarse y no dejaba a la vista el aparcamiento.

Desde allí se llegaba al coche de Marcos sin cruzar ninguna cámara activa. Veintisiete pasos.

Toqué la manilla con el guante.

—Nuria pudo traer la bolsa antes de reunirse con Arturo.

—Pudo —dijo Ferrer—. Todavía no significa que lo hiciera.

Una científica apareció con una tira adhesiva. Habían encontrado fibras del forro de la bolsa en la moqueta del maletero de Marcos, pero no sobre las herramientas.

—La bolsa estuvo cerrada cuando entró —explicó.

Robles señaló el audio de la amenaza, la llave de Arturo y el frasco.

—Entonces los objetos ya estaban dentro.

—O alguien los añadió después —dije.

Ferrer negó y mostró el precinto roto recuperado bajo la rueda de repuesto. Conservaba una fibra de la misma bolsa y una huella parcial de Nuria.

La yema no bastaba para identificarla por sí sola. La posición sí demostraba que había manipulado el cierre.

Ferrer ordenó incorporar el hallazgo y dejar de llamar “plantadas” a las pruebas hasta reconstruir cuándo se prepararon.

—Arturo pudo reunirlas —dijo—. Nuria pudo transportarlas. No regalamos la autoría de ningún paso.

El teléfono del técnico vibró. Habían recuperado una cámara de reparto situada frente a la salida lateral. Su reloj adelantaba siete minutos, pero el desfase ya estaba corregido.

La imagen mostró a Nuria caminando hacia el aparcamiento con una bolsa pegada al muslo. No se veía el color. Tampoco el rostro completo.

Robles detuvo el fotograma cuando ella abrió el coche de Marcos.

—Eso cierra el traslado.

—Cierra una puerta —corrigió Ferrer—. Falta saber quién llenó la bolsa.

El vídeo continuó. Nuria regresó sin nada cuarenta y ocho segundos después. A esa hora Arturo aún no había llegado a la empresa.

Me acerqué a la pantalla.

—Fue preparada antes de la reunión.

—Y antes del sedante —dijo Robles.

Ferrer guardó el vídeo y tomó una decisión. Nada de interrogar todavía a Nuria. Primero repetiríamos la noche desde que Arturo entró hasta que el coche salió.

Colocaron un maniquí del peso aproximado de Arturo junto a la mesa del garaje. La ropa rozó el plástico al caer.

Pons había desconectado la cámara para que padre e hija discutieran sin registro. Marcos abrió después su ventana de tres minutos para robar. Ninguna de las dos acciones movía por sí sola al cuerpo.

—Nuria tuvo setenta y tres minutos —dijo Robles.

—No todos con Arturo inconsciente —respondió Ferrer.

El sedante empezó a actuar después de la firma. Arturo cayó contra la mesa. Nuria llamó a Pons, lavó el vaso y creó el asiento falso a nombre de Marcos.

Repetimos el trayecto hasta el coche. El maniquí no podía llevarse erguido sin ayuda. Sin embargo, una plataforma de carga seguía guardada detrás del armario de mantenimiento.

El polvo tenía una franja limpia reciente.

Ferrer pidió levantarla. Debajo apareció una rueda pequeña con una fibra blanca enrollada en el eje.

La camisa de Arturo tenía un desgarro compatible.

—Lo movió con esto —dije.

Robles empujó la plataforma hasta el vehículo. Entraba bajo el marco del acompañante y permitía elevar el torso sin cargar todo el peso.

Ferrer hizo que la científica fotografiara el mecanismo antes de probarlo.

—Una persona podía colocarlo sola.

El maniquí quedó sentado. Para ajustar el cinturón había que inclinarlo hacia la puerta, sujetar la cabeza y tirar de la cinta desde abajo.

Nuria tenía lesiones en dos dedos. Arturo se los había doblado al intentar salir en la gasolinera, no durante el primer traslado.

—Aquí todavía no se resistía —dije.

—Aquí todavía confiaba en que ella pararía —respondió Robles.

La frase dejó el garaje sin aire. Ferrer cerró la puerta del acompañante y ordenó continuar la ruta con el vehículo policial.

Llegamos a la estación abandonada cuando el sol ya golpeaba el asfalto. La marca del neumático seguía protegida bajo una cubierta.

Robles reprodujo los nueve minutos: parada, puerta abierta, pie en tierra, cierre remoto.

Yo caminé desde el asiento hasta el arcén. Arturo habría necesitado seis pasos para alcanzar la carretera.

—No pretendía escapar —dije—. Quería que alguien lo viera.

Ferrer miró la cámara municipal, demasiado lejos para distinguir caras.

—O quería caer fuera del coche.

La científica colocó una camisa de prueba sobre el maniquí. Al tirar de ella desde el conductor, la costura se abrió igual que la prenda de Arturo.

Nuria no había intentado levantarlo con cuidado. Lo había arrastrado hacia dentro.

Ferrer ordenó buscar restos del tejido en la consola y bajo el freno de mano. Un técnico desmontó la pieza. Dentro había dos hilos blancos y una escama de piel seca.

Robles no sonrió.

—Ya no es una interpretación.

Ferrer llamó al juzgado desde el arcén y solicitó ampliar las medidas cautelares. No habló de asesinato premeditado. Enumeró coacción, falsedad, simulación y una muerte evitable durante el traslado.

Después guardó el teléfono.

—Volvemos.

—¿A detenerla? —pregunté.

—A escuchar qué versión sobrevive sin la palabra accidente.

La segunda parada no figuraba en ninguna cámara. Solo quedaban el kilometraje, una mota de yeso en el neumático y siete minutos sin cobertura entre la vía de servicio y la Marina. Ferrer había descartado buscarla porque la ruta admitía demasiados desvíos.

Robles extendió el mapa sobre el capó.

—Si paró otra vez, ya sabía exactamente lo que estaba ocurriendo.

Ferrer dobló el papel.

—Entonces no necesitamos encontrar el lugar. Necesitamos que explique por qué arrancó de nuevo.

En comisaría, el abogado de Nuria esperaba frente a la sala. Sostenía una declaración nueva, firmada solo en la última página.

Ferrer no la aceptó.

—Que la lea ella.

El hombre apretó el documento.

—Mi clienta admite haber trasladado la bolsa y conducido el coche.

—Eso ya lo podemos demostrar.

—También admite que Arturo dejó de respirar antes de llegar a la Marina.

Robles abrió la puerta.

—¿Cómo lo sabe?

El abogado miró hacia el interior.

Nuria estaba de pie, con las manos vendadas contra el cristal. No buscó a Ferrer.

Me miró a mí.

—Porque volví a detener el coche.