Valencia, la noche vacía (Los casos de Julio Barral 6) CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

El padre que elegía culpables

La fotografía de Sergio estaba dentro de una caja precintada cuando volvimos a Custodia Levante.

Ferrer la había guardado con las imágenes de Topas y la declaración de Nuria. Una cinta roja cruzaba la tapa. Sobre la mesa solo quedaban Arturo, sus empresas y seis nombres impresos.

—Lo de David espera —dijo.

La luz del amanecer entraba por las persianas a franjas. El despacho seguía oliendo al plástico de las carpetas requisadas.

—Nuria ha dicho que Sergio lo oyó pedir ayuda.

—Y seguirá habiéndolo oído cuando terminemos aquí.

Robles colocó los nombres en dos filas. Ana Beltrán. Marta Vidal. Eduardo Pons. Marcos Esteve. Nuria Benavent. El sexto era un contable muerto hacía cuatro años.

Cada uno tenía una denuncia, una firma comprometida y un documento preparado antes de que Arturo necesitara utilizarlo.

Ferrer señaló la caja precintada.

—Elige. Puedes perseguir esa frase o demostrar qué hizo Nuria con su padre.

Aparté la mano de la tapa.

—Terminemos con Arturo.

Robles abrió el historial de una carpeta recuperada del servidor. El archivo se llamaba RESPONSABLE EN CASO DE INVESTIGACIÓN. Arturo lo había creado siete años antes y duplicado once veces.

En cada copia cambiaban el nombre y las fechas. El resto permanecía igual: acceso no autorizado, beneficio personal, ocultación de información y actuación sin conocimiento de la dirección.

—No fabricaba delitos —dije.

—Fabricaba autores —respondió Ferrer.

La técnica informática conectó un disco y proyectó las versiones. El contable apareció primero. Después Beltrán. Marta ocupó su lugar durante seis meses. Pons figuró solo nueve días.

Robles tocó la última modificación.

—Marcos fue el responsable previsto hasta dos días antes del asesinato.

La pantalla cambió.

NURIA BENAVENT.

Debajo figuraban las sociedades, las transferencias y la denuncia que Arturo pensaba entregar antes de volar a Panamá.

Ferrer pidió separar los documentos escritos por Arturo de los alterados después de su caída. Ninguna conclusión entraría en el informe hasta conocer la hora real de cada cambio.

—Padre e hija utilizaron el mismo archivo —dijo—. Quiero saber quién movió primero el nombre.

La técnica inició la reconstrucción. El ventilador del equipo aumentó de velocidad.

Robles abrió las declaraciones de los antiguos empleados. Beltrán había firmado facturas falsas. Marta entregó una contraseña. El contable retiró dinero sin preguntar su destino.

—Todos habían hecho algo —dije.

—Lo suficiente para que la mentira agarrara —respondió Robles.

—Como conmigo.

Ferrer levantó la vista.

—No vuelvas a convertirlos en una versión de ti.

La frase me hizo retirar la silla medio palmo. Cogí la denuncia preparada contra Nuria y leí la primera acusación. Arturo no había inventado su firma. Había ordenado que firmara y después había separado la orden del documento.

Robles dejó junto a ella la amenaza recortada de Marcos.

—El método era siempre el mismo. Conservaba el error y eliminaba la instrucción.

—Después esperaba.

—Hasta necesitar un culpable.

Robles sacó una hoja doblada del expediente de Beltrán. Arturo había escrito con lápiz: «admitirá por miedo».

—No necesitaba que confesaran —dijo—. Solo que dudaran al responder.

Ferrer comparó las fechas. Primero aparecía una irregularidad real. Semanas después, Arturo reunía objetos, accesos y firmas alrededor de ella. Cuando llegaba la denuncia, el acusado ya llevaba meses ocultando otra cosa.

—Los escogía porque no podían defenderse sin confesarse culpables de algo —dije.

—Y porque nadie escucha bien a quien empieza mintiendo —añadió Robles.

Abrí el expediente de Pons. Su nombre había sido retirado después de que aceptara desconectar una cámara. A cambio, Arturo conservó el registro de acceso.

Ferrer me quitó la hoja antes de que pasara la página.

—No confundas ser utilizado con ser inocente.

—No lo hago.

—Lo haces cada vez que encuentras una cadena y dejas de mirar las manos.

Devolvió la hoja a su lugar.

—Arturo construía la salida. Cada uno decidía si le abría la puerta.

La técnica interrumpió. Había recuperado la ruta de acceso al archivo durante la noche del crimen. Arturo lo abrió a las once treinta y uno. Nuria entró siete minutos después desde su propio usuario.

Ferrer ordenó comprobar si trabajaron sobre la misma versión o sobre copias distintas.

—Si Arturo estaba sustituyendo a Marcos por Nuria, ella pudo verlo.

—Y decidió volver a poner a Marcos —dije.

—Todavía no.

Robles giró el portátil hacia mí. A las once cuarenta y tres, Nuria descargó cuatro expedientes antiguos. No la denuncia contra ella. Los casos de Beltrán, Marta, el contable y Marcos.

—Estudió el método —dije.

—O buscó cómo defenderse —respondió Ferrer.

—Descargando precisamente a quienes cargaron con él.

—Demuestra qué hizo después.

Salí al pasillo antes de tocar la caja roja. Laura respondió sin saludar. Detrás de ella sonó una puerta y la voz de Lucas preguntó quién llamaba.

—Arturo elegía a gente que ya había cometido errores.

—No parece un descubrimiento nuevo.

—Nuria encontró los archivos antes de reunirse con él.

Laura dejó algo sobre una superficie dura.

—¿Y quieres saber si eso la convierte en alumna o en víctima?

—En ambas.

—Entonces no le regales ninguna de las dos mitades.

Lucas tomó el teléfono.

—¿Vas a volver hoy?

Miré la puerta del despacho. Ferrer esperaba con los brazos cruzados.

—Cuando terminemos el asesinato.

—No has dicho pronto.

—Porque no lo sé.

Lucas guardó silencio. Después devolvió el aparato.

Laura bajó la voz.

—Que Arturo le enseñara dónde colocar la culpa no significa que le enseñara a conducir sin parar.

Colgué y entré. La caja de Topas seguía cerrada.

La técnica había recuperado dos archivos temporales. El primero conservaba el nombre de Nuria. El segundo estaba dañado, pero el encabezado mostraba MARCOS ESTEVE.

—Hora —dijo Ferrer.

—Doce dieciocho.

Arturo seguía vivo. Había caído contra la mesa, Nuria había llamado a Pons y el sedante todavía no había alcanzado su concentración máxima.

Robles colocó la hora junto a la fotografía del vaso roto.

—Once minutos después de pedir ayuda sin llamar al 112.

—No pidió ayuda —dije—. Pidió que Pons resolviera el problema.

Ferrer acercó la declaración de Pons.

—Y cuando él se negó, buscó a otra persona que pudiera ocupar el suelo.

La técnica abrió el archivo temporal. Nuria había copiado la firma de Marcos desde su finiquito y añadido la salida del sedante a su nombre.

No había imitado el trazo. Había reutilizado la firma completa, incluida una mancha del bolígrafo.

—Eso lo sabíamos —dije.

—Sabíamos que se creó a las doce dieciocho —respondió Robles—. No desde qué documento.

En la parte inferior aparecía el origen.

PLANTILLA_BELTRÁN_FINAL.

Ferrer extendió las denuncias de los antiguos empleados. La firma de Beltrán había sido copiada del mismo modo. También la de Marta.

Nuria no había improvisado una falsificación. Había abierto el archivo donde su padre guardaba la forma exacta de fabricar responsables.

La técnica encontró otra actividad anterior. A las ocho y catorce de la tarde, tres horas antes de la reunión, alguien había conectado una memoria al ordenador de Nuria.

—¿Contenido? —preguntó Ferrer.

—Eliminado.

—Recupérelo.

El progreso avanzó despacio. Robles retiró de la pared la fotografía de Marcos, pero no la guardó.

—Queda fuera del traslado y de la muerte —dijo—. No de la amenaza ni del robo.

—Ni de haber visto a Arturo en el suelo y marcharse.

—No necesitamos inocentes perfectos.

Ferrer colocó la imagen de Nuria en el centro.

—Necesitamos saber qué llevó preparado.

El ordenador emitió un pitido. La técnica abrió la memoria reconstruida. Contenía una copia de la llave del coche, el audio recortado de la amenaza y el formulario del botiquín con la firma de Marcos.

Los tres archivos habían sido creados antes de que Arturo bebiera.

Nadie habló.

Ferrer señaló la hora de la memoria y después la del sedante.

—Nuria no empezó a preparar un culpable cuando su padre cayó.

Robles abrió el último archivo. Era una fotografía del maletero de Arturo tomada aquella tarde. En el interior aparecía una bolsa gris con la herramienta, la llave y el frasco.

La misma bolsa encontrada después en el coche de Marcos.

Me acerqué a la pantalla.

—Arturo la preparó.

—O Nuria fotografió dónde estaba —dijo Ferrer.

La técnica amplió el reflejo del cristal trasero. Una figura sostenía el teléfono. Chaqueta clara. Pulsera ancha.

Nuria.

Robles acercó la hora.

—Diecinueve cuarenta y dos.

Ferrer arrancó de la pared la tarjeta donde habíamos escrito PÁNICO y la rompió por la mitad.

—No llegó con un cadáver.

Dejó la fotografía de Marcos frente a la de Nuria.

—Pero llegó con el culpable.