Valencia, la noche vacía (Los casos de Julio Barral 6) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

La conductora

La huella grande pertenecía a Arturo.

La científica colocó la plantilla transparente sobre la suela del zapato. El dibujo coincidía en cuatro cortes y en el desgaste del talón. Faltaba media pisada, pero no otra persona.

Habían descartado a los dos operarios municipales, científica y Pons. Su bota era más ancha y el talón dejaba una hendidura cuadrada. La posibilidad de un segundo hombre había durado hasta el amanecer.

Robles dejó tres fotografías boca abajo.

—No vino nadie a ayudarla.

—Eso no significa que estuviera sola —dije.

Ferrer giró la imagen del zapato de Arturo.

—Sí en ese momento. La única persona que podía abrir la puerta estaba dentro del coche.

La goma de la bolsa se pegó al guante de la científica cuando la cerró. El chasquido fue breve, pero Nuria ya no podía esconderse detrás de aquella pisada.

—Apoyó el pie fuera —dije.

Ferrer retiró la fotografía antes de que acercara la mano.

—Apoyar no es salir.

La persiana del garaje vibró con una ráfaga. Robles sostuvo el zapato embolsado junto a la imagen de la gasolinera. La tierra aparecía hundida solo en la parte delantera.

—No cargó todo el peso —dijo—. Intentó levantarse y volvió a caer contra el asiento.

—O lo empujaron.

Ferrer miró el registro de la puerta. Abierta a las dos y nueve. Bloqueada tres segundos después. El documento firmado llevaba la hora anterior.

—Tres segundos no bastan para sacarlo —dijo.

—Bastan para impedir que salga.

La científica señaló una mancha en el lateral de la suela. Tierra compactada, no polvo. Arturo había arrastrado el pie antes de retirarlo.

Ferrer guardó la plantilla.

—Nuria vuelve a declarar antes de que la trasladen.

No pidió opinión. Llamó al agente de custodia y ordenó que conservaran la ropa de Arturo separada del resto de pruebas. Después señaló la puerta.

—Tú vienes porque ella ha pedido verte. Una interrupción y sales.

—No sabía que podía elegir invitados.

—No los elige. Se está quedando sin personas a las que culpar.

Nuria ya no llevaba la chaqueta gris. Le habían dado una sudadera sin cordones que le quedaba grande. Los dos dedos vendados descansaban sobre la mesa. Su abogado colocó una botella de agua delante de ella sin abrirla.

No la tocó.

Ferrer dejó la fotografía de la huella entre ambos.

—No había nadie más.

Nuria miró la imagen.

—Nunca dije que lo hubiera.

—Dijo que su padre no salió del coche —respondió Robles.

—No salió.

Me apoyé en el respaldo de la silla vacía. El plástico cedió bajo los dedos.

—Puso un pie fuera.

Nuria levantó la vista hacia mí.

—Y volvió a meterlo.

—Solo.

El abogado giró la botella. El plástico crujió.

—Mi clienta ya ha explicado que intentó evitar una caída.

Ferrer deslizó el registro de la puerta junto a la cesión firmada.

—Primero consiguió la firma. Después abrió. Luego cerró desde el mando.

—El orden no demuestra intención.

—Demuestra que tuvo tiempo.

Nuria retiró las manos de la mesa. Una mancha oscura atravesaba la venda del índice.

Robles acercó la fotografía del asiento. En el borde inferior había una línea de barro que antes quedaba oculta por la puerta.

—El zapato rozó aquí al volver dentro. Arturo no se limitó a asomar el pie. Usted tuvo que levantarlo.

El abogado apoyó la palma sobre la mesa.

—Eso es una interpretación.

—Entonces denos otra —dije.

Ferrer me miró. No hizo falta repetir la advertencia.

Nuria apretó los dedos vendados.

—Se inclinó hacia fuera. Intenté sujetarlo por la camisa. La tela se rompió y me agarró la mano.

—¿Por eso las vendas? —preguntó Robles.

—Me dobló dos dedos.

—Un hombre sin coordinación.

—Seguía teniendo fuerza cuando quería hacer daño.

La frase salió rápida. Demasiado preparada.

Ferrer recogió la botella y la dejó fuera del alcance de Nuria.

—¿Qué quería hacerle?

Nuria miró el agua cerrada.

—No lo sé.

—Sí lo sabe —dije—. Por eso cerró.

El abogado se levantó.

—Terminamos.

Nuria no se movió.

—Siéntese —le dijo.

El hombre permaneció de pie. Ferrer pulsó la grabadora y dijo la hora. Nuria observó el piloto rojo.

—Me pidió el teléfono.

—¿Para llamar a emergencias? —preguntó Robles.

—No.

El vendaje de mi hombro se pegó a la camisa cuando me incliné.

—¿A quién?

Nuria hundió una uña bajo la venda. El abogado le sujetó la muñeca.

—No responda.

Ella retiró el brazo.

—A Sergio.

La sala se quedó pequeña. Ferrer mantuvo los ojos en Nuria.

—¿Sergio estaba en Valencia?

—Eso creyó mi padre.

—No le he preguntado qué creía.

Nuria empujó la cesión con dos dedos.

—Dijo que Sergio vendría si yo lo llamaba. Que todavía podía arreglarlo.

—¿Arreglar qué? —preguntó Robles.

—Lo que había firmado. La denuncia. Las empresas. Todo.

—Sergio no podía borrar una deuda privada.

—Mi padre no hablaba de la deuda.

El abogado cerró la carpeta con fuerza.

—Se acabó.

Ferrer puso una mano sobre la grabadora, pero no la apagó.

—Su clienta acaba de introducir a otra persona en los últimos minutos de Arturo. Puede explicarlo aquí o ante el juez.

—No estaba allí.

—Entonces no es otra persona en la gasolinera —dije—. Es la razón por la que Arturo quería seguir vivo.

Nuria me sostuvo la mirada. La venda del índice había oscurecido un poco más.

—Usted sigue pensando que todo era por la grabación.

—Ya no.

La respuesta le hizo parpadear.

Ferrer separó la fotografía de la huella del documento firmado.

—Volvamos al coche. Arturo pidió el teléfono. Usted se lo negó. Intentó salir. Usted lo colocó otra vez en el asiento y cerró.

—No podía dejarlo caminar hasta la carretera.

—Podía llamar al 112.

—Habrían encontrado la cesión.

—La encontró la Policía de todos modos.

Nuria pasó la lengua por el labio seco.

—No antes de que estuviera firmada.

Robles dejó de escribir.

—Eso acaba de admitirlo.

El abogado volvió a levantarse. Esta vez tiró de la silla de Nuria, pero ella apoyó los pies y no cedió.

—Necesitaba que la firma existiera —dijo—. No que él muriera.

—Y eligió seguir conduciendo —respondió Ferrer.

Nuria miró el piloto rojo.

—Pensé que aguantaría.

—¿Hasta la Marina?

—Hasta que dejara de resistirse.

La frase quedó suspendida. Noté el borde del respaldo clavado en la palma.

Ferrer llamó al agente de la puerta.

—Prepare la ampliación de la declaración y avise al juzgado. Que nadie la traslade todavía.

El abogado se inclinó sobre Nuria.

—No diga una palabra más.

Ella observó la fotografía de la huella. Arturo había llegado a tocar el suelo. No más.

—No cerré porque quisiera impedir que pidiera una ambulancia —dijo.

Ferrer detuvo al agente con un gesto.

—Entonces termine la frase.

Nuria giró hacia mí.

—Mi padre no me pidió que lo salvara.

El aire del conducto golpeó la venda de mi hombro. Frío. Puntual.

—¿Qué le pidió?

—Que le dijera algo a usted.

El abogado cerró los ojos.

Robles acercó la grabadora unos centímetros.

—Dígalo.

Nuria respiró por la nariz. Después apoyó los dos dedos heridos sobre la cesión de deuda.

—Dijo que Sergio había entrado cuando David todavía podía hablar.

La silla dejó de sostenerme.

Ferrer no apartó la vista de ella.

—¿Qué más?

Nuria bajó la voz.

—Que lo oyó pedir ayuda.