CAPÍTULO 32
La deuda a su nombre
La estación de servicio llevaba años cerrada cuando Ferrer me hizo bajar del coche.
El cartel oxidado golpeaba con el viento. Junto al surtidor arrancado, una mancha oscura cortaba el polvo del arcén.
—Aquí se detuvo —dijo Robles.
Nuria había terminado de declarar cuarenta minutos antes. Voluntariamente. Con su abogado sentado a la derecha y la grabadora encendida desde la primera pregunta.
Yo no había escuchado una palabra.
Ferrer cerró el vehículo con el mando.
—Vas a ver únicamente lo que ya conoce el juzgado.
—Sigo sin autorización.
—Por eso no llevas la carpeta.
Robles señaló la entrada. Una cámara municipal cubría la carretera, pero no el interior de la estación. El coche de Arturo había permanecido allí nueve minutos.
Desde las dos y tres hasta las dos y doce.
—¿Qué dijo Nuria? —pregunté.
—Que oyó a su padre ahogarse y frenó.
—Eso ya lo sabemos.
—No sabíamos que bajó.
Ferrer decidió reconstruir el movimiento sin Nuria. Científica había marcado dos huellas junto a la puerta del acompañante y una rodilla apoyada en la grava.
Me agaché sin cruzar la cinta.
La tierra conservaba un surco corto, como si alguien hubiera arrastrado un zapato mientras sostenía peso.
—Intentó sacarlo.
—Eso afirma —dijo Robles.
—¿Y las marcas?
—Demuestran que abrió la puerta y apoyó una rodilla. No qué pretendía hacer.
Ferrer tocó el techo del coche policial.
—Nuria dice que desabrochó el cinturón, lo inclinó hacia ella y Arturo recuperó el aire durante unos segundos.
—Entonces sabía que podía salvarlo.
—Sabía que seguía vivo.
El viento movió una bolsa contra la valla. El plástico golpeó tres veces antes de quedar atrapado.
Robles abrió su libreta, no la declaración.
—Arturo agarró su muñeca.
—¿Para pedir ayuda?
—Según Nuria, para impedir que tocara el teléfono.
Solté una risa sin aire.
—Un hombre sedado, ahogándose y sin coordinación eligió proteger el secreto.
—Eso ha declarado.
—Y su abogado permitió que siguiera.
Ferrer caminó hasta la marca de la rodilla.
—No necesitamos creerla. Necesitamos encontrar el punto donde su versión se rompe.
Tomó una decisión. Ordenó revisar las llamadas de emergencia de aquella franja, los vehículos que pasaron y cualquier conductor que hubiera reducido la velocidad.
—Sin publicar su fotografía —añadió—. No quiero recuerdos fabricados.
Un técnico levantó la rejilla del desagüe. Debajo no había papeles ni objetos. Solo hojas húmedas y una moneda ennegrecida.
No apareció la segunda copia de la denuncia.
—Se la llevó —dije.
Robles guardó el bolígrafo.
—Nuria admite haberla encontrado dentro de la chaqueta de Arturo.
—¿Antes o después de inclinarlo?
—Después.
—Conveniente.
Ferrer se incorporó.
—Dice que Arturo la sujetó y pronunció su nombre. Después buscó dentro de la chaqueta, encontró el documento y entendió que pensaba denunciarla, aunque firmara.
—Ya lo sabía.
—Conocía las deudas. No que la denuncia estaba preparada para la mañana siguiente.
El papel ausente empezó a pesar más que la carretera.
Arturo no necesitaba sobrevivir para destruirla. Bastaba con que otra persona entregara la copia.
—¿Qué hizo con ella?
—No respondió —dijo Robles.
—Entonces la tiene.
—O la destruyó.
Ferrer ordenó registrar de nuevo el bolso intervenido, el domicilio y la ruta entre la estación y la Marina. No buscaba la grabación. Buscaba cuatro folios impresos a las once treinta y ocho.
El técnico cerró la rejilla.
—Hay algo en el borde.
Una fibra azul estaba enganchada en un tornillo. Científica la recogió y la comparó con la ropa de Nuria.
No coincidía con su abrigo.
Robles miró la fotografía de Arturo.
—La camisa que llevaba en el coche tenía hilo azul en el puño.
—La que le pusieron después —dije.
Ferrer negó.
—También había fibras azules en la original. Puede proceder de una manta, del cinturón o del asiento.
—O de la denuncia envuelta en algo.
—No conviertas una fibra en una historia.
El técnico encontró una segunda marca junto al surtidor. Una suela más grande que la de Nuria había pisado el polvo después de que el coche se detuviera.
La huella estaba incompleta.
Ferrer pidió compararla con Arturo, los agentes que inspeccionaron la zona y los operarios municipales.
—Si no pertenece a ellos, volvemos —dijo.
—¿Nuria habló de otra persona?
—No.
—Entonces miente.
Robles cerró la libreta.
—O la huella es anterior. Todavía no has aprendido a esperar a que una marca tenga fecha.
Regresamos al coche. Ferrer no arrancó.
—Hay otra parte de la declaración que debes conocer.
—¿Sobre la parada?
—Sobre el motivo.
Me entregó una sola hoja autorizada por el juzgado. No era un documento nuevo. Era la transcripción de una respuesta.
Nuria había descubierto seis días antes que Arturo pensaba marcharse. Encontró la reserva abierta en una tableta y comprobó las sociedades vinculadas a su nombre.
Después buscó la caja de Orduña.
—Quería la grabación como garantía —dije.
—Quería que Arturo firmara antes de huir —respondió Robles.
—Y cuando firmó, lo sedó.
—El sedante estaba en el agua antes de la firma.
Leí la pregunta siguiente.
Ferrer había preguntado por qué preparó la retirada de la caja dos días antes.
La respuesta ocupaba tres líneas.
Porque si Arturo firmaba, intentaría recuperar el documento. Si no firmaba, ella necesitaba algo que impidiera la denuncia.
—No fue una improvisación —dije.
—La coacción no —respondió Ferrer—. La muerte todavía no sabemos.
La hoja tembló entre mis dedos. La doblé por la marca central y se la devolví.
—Dice que solo quería detenerlo.
—Todo el mundo quiere detener algo cuando ya ha empezado —dijo Robles.
Ferrer arrancó.
Volvimos a comisaría sin la fibra identificada. El pasillo estaba vacío y olía a café recalentado. Nuria esperaba con su abogado frente a la sala de declaraciones.
No debía estar allí.
Ferrer frenó al verla.
—Su declaración ha terminado.
El abogado levantó una bolsa transparente.
—Mi clienta quiere entregar esto.
Dentro había cuatro hojas dobladas. La segunda copia de la denuncia.
El borde inferior estaba húmedo y manchado de tierra.
—¿Dónde estaba? —preguntó Robles.
Nuria miró hacia mí, pero habló a Ferrer.
—Debajo del asiento del conductor.
—El coche fue registrado dos veces.
—No en mi coche.
Ferrer tomó la bolsa.
—¿Qué coche?
—El mío. Mi padre lo utilizó antes de recoger el suyo del taller.
El abogado le tocó el codo.
—Hasta ahí.
Nuria retiró el brazo.
—Encontré la denuncia seis días antes. Por eso supe que iba a marcharse.
Ferrer no abrió la bolsa.
—En la estación declaró que la encontró en la chaqueta de Arturo.
—Encontré otra copia.
Robles dio un paso.
—Había tres.
Nuria bajó la mirada hacia las hojas.
—Arturo imprimía siempre una para firmar, otra para entregar y otra para conservar.
—El historial solo registra dos —dije.
El abogado se giró.
—Barral no participa.
—Tiene razón —dijo Ferrer—. Barral se marcha.
No me moví.
Robles abrió la puerta del pasillo.
—Ahora.
La cerradura raspó al cerrarse detrás de mí.
Esperé junto a la máquina de bebidas. No podía oír la declaración, pero vi a un técnico correr hacia delitos informáticos con la bolsa.
Pasaron veintisiete minutos.
Ferrer salió sola.
—La tercera copia no salió de esa impresora.
—Entonces Nuria miente.
—La hoja tiene la firma original de Arturo.
—Puede haberla tomado antes.
Ferrer pulsó el botón de café y dejó caer el vaso sin recogerlo.
—No es una copia de la denuncia.
—¿Qué es?
—Una cesión de deuda.
El líquido empezó a derramarse por la bandeja.
Robles apareció detrás con la primera página dentro de otra bolsa. Arturo reconocía que todas las obligaciones cargadas a Nuria le pertenecían.
Abajo figuraba una hora.
Dos y ocho de la madrugada.
Cuatro minutos antes de que el coche abandonara la estación.
—Arturo firmó aquí —dijo Robles.
—No podía sostenerse.
—La firma está deformada, pero es suya.
Ferrer levantó el documento.
—Nuria no paró solo para salvarlo.
La puerta de la sala se abrió. El abogado salió sin mirar a nadie.
Nuria permaneció sentada dentro.
Robles bajó la voz.
—Paró para conseguir una última firma mientras su padre se ahogaba.
Ferrer abrió la puerta. Nuria levantó la mano. Tenía dos dedos vendados.
Un técnico apareció con el registro del cierre. A las dos y nueve, la puerta del acompañante se abrió. Tres segundos después, se bloqueó desde el mando.
Robles acercó la hora al documento.
—Firmó y trató de salir.
Nuria negó una vez.
—Se habría caído.
Ferrer dejó la bolsa ante ella.
—No cerró para protegerlo.
Nuria bajó la voz.
—Cerré porque pidió ayuda.