Valencia, la noche vacía (Los casos de Julio Barral 6) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

No murió por Topas

La nota ya tenía contexto cuando Ferrer me hizo entrar en la sala.

No era un mensaje aislado. Informática la había recuperado dentro de un borrador eliminado, titulado CRONOLOGÍA PARA PONS. Nuria escribió siete palabras y las borró cuarenta segundos después.

MARCOS NO ESTABA CUANDO DEJÓ DE RESPIRAR.

Robles cubrió la pantalla con una hoja.

—No la escribió para confesarse.

—La escribió porque sabía cuándo murió.

—Y porque estaba diciéndole a Pons dónde no debía colocar a Marcos —respondió Ferrer.

Sobre la pared había dos grupos de fotografías. A la izquierda, Topas. A la derecha, Arturo, el garaje y las sociedades. Una cinta negra separaba ambos lados.

Ferrer arrancó la imagen de la mujer del abanico.

—Hoy no trabajamos esto.

—La grabación llevó a Nuria hasta Arturo.

—La utilizó para presionarlo. No para matarlo.

Cogí la fotografía antes de que la guardara. El papel se dobló entre mis dedos.

—Arturo murió después de perder una copia.

—Arturo iba a Panamá después de dejar seis sociedades sobre su hija —dijo Robles—. Eso también ocurrió antes de morir.

Ferrer tomó una decisión. Guardó todas las imágenes de Topas dentro de una caja y la cerró con cinta de evidencias.

—Elige, Barral. Puedes marcharte detrás de esa caja o quedarte con el muerto de Valencia.

La cicatriz del hombro tiró cuando solté la fotografía.

—Me quedo.

—Entonces deja de buscarte en cada objeto.

Robles colocó tres tarjetas sobre la mesa. Vuelo. Denuncia. Acuerdo firmado.

—Arturo pensaba salir del país —dijo—. Después denunciaría a Nuria y entregaría el expediente de Marcos si necesitaba otro responsable.

—Preparó dos culpables.

—Preparó dos salidas —corrigió Ferrer—. Nuria convirtió una en asesinato.

Movió la tarjeta de Marcos fuera de la línea principal. El cartón raspó la mesa.

—Marcos robó. Mintió. Vio a Arturo en el suelo y se fue. Pero no trasladó el coche.

—Su teléfono permaneció en Benimaclet —añadió Robles—. Una cámara lo captó entrando en su edificio a las doce cuarenta. Otra lo mostró comprando tabaco a la una y treinta y siete. No regresó.

—Eso lo excluye del volante —dije.

—Lo excluye del traslado conocido. No de haber ayudado antes.

Ferrer no regalaba absoluciones. Ni siquiera cuando ya había retirado el nombre de la pared.

Salimos hacia Custodia Levante. La planta financiera permanecía vacía y el aire olía a plástico de carpetas. Ferrer abrió el despacho de Arturo, pero me dejó en el umbral.

—Desde ahí.

—Ya conozco la distancia.

—Todavía no conoces el motivo.

Robles colocó el acuerdo de Nuria sobre la mesa. Arturo había firmado el reconocimiento de deuda y añadido que la grabación entregada no era la original.

—¿Por qué lo escribió? —preguntó Ferrer.

—Para conservar poder.

—Sobre Nuria, no sobre Topas.

—Era la misma grabación.

Ferrer golpeó el documento con dos dedos.

—No era el mismo miedo.

La frase dejó un sabor metálico bajo mi lengua.

Robles abrió la reserva del vuelo. Después puso encima la denuncia prevista para la mañana siguiente.

—Si Nuria firmaba la confesión de Arturo, cargaba con cinco años de delitos. Si se negaba, él presentaba esto. Si intentaba utilizar la grabación, le recordaba que no tenía el original.

—La encerró antes de subir al avión.

—Y ella llegó al garaje con otra cerradura —dijo Ferrer.

Señaló el acuerdo firmado por Arturo. Nuria pretendía obligarlo a reconocer las deudas y entregarle el control de los archivos. Ambos acudieron con papeles destinados a convertir al otro en responsable.

Arturo bebió.

Firmó.

Añadió una frase para que su firma no bastara.

Después cayó.

Robles tocó la hora de la llamada a Pons.

—A las doce siete, Nuria todavía buscaba ayuda sin llamar a emergencias.

—Buscaba que Pons resolviera el problema.

—Y Pons decidió no entrar.

Ferrer retiró la tarjeta de Topas que había quedado pegada al borde de la carpeta.

—¿Qué parte de esto necesita que David exista?

No respondí.

El zumbido del fluorescente se clavó detrás de los ojos. Puse la mano sobre el marco de la puerta y la retiré cuando noté el polvo.

—La grabación era el arma de Nuria.

—Era una palanca —dijo Robles—. El motivo estaba en las deudas, el vuelo y la denuncia.

—Arturo podía haber muerto por negarse a entregar el original.

Ferrer salió del despacho y cerró la puerta entre nosotros.

—Sigues intentando que muera por ti.

El aire acondicionado dejó de sonar. Un técnico había cortado la corriente en la planta. El silencio me apretó el vendaje bajo la camisa.

—No he dicho eso.

—Has convertido su cadáver en un testigo de Topas desde que lo viste en el coche.

Robles sostuvo la caja cerrada con las fotografías.

—Si Arturo murió por la grabación, la muerte de David sigue gobernando todo. Si murió por lo que hizo a Nuria, este caso no te pertenece.

Di un paso hacia la caja.

Ferrer no se movió.

—Decide.

La mujer del abanico seguía dentro. También Sergio, David y los cuarenta y siete minutos. Bastaba romper la cinta para volver a ellos.

Aparté la mano.

—Que Robles continúe con Topas.

—¿Y tú?

Miré el despacho cerrado.

—Voy a terminar con Arturo.

Ferrer abrió de nuevo la puerta. No sonrió ni devolvió mi autorización.

—Entonces empieza por admitir que Nuria tenía un motivo antes de tener un cadáver.

Entramos. Robles dejó la caja de Topas fuera.

Sobre la mesa quedaba la hoja impresa a las once treinta y ocho. La segunda copia seguía desaparecida.

—Nuria se la llevó —dije.

—Probablemente.

—¿Para destruirla?

—O para saber exactamente qué iba a entregar Arturo contra ella.

Ferrer señaló el cajón donde habían encontrado la confesión preparada.

—No llegó al garaje para matarlo. Llegó para obtener una firma y una garantía. Cuando él cayó, todavía podía detenerse.

—No lo hizo.

—Eso es lo que investigamos. No lo que suponemos.

Robles rehízo la línea temporal con tarjetas nuevas. Ninguna llevaba el nombre de David.

A las doce siete, Nuria llamó a Pons.

A las doce dieciocho, creó el asiento falso del sedante.

A las doce veintidós, Marcos salió.

A la una dieciséis, el coche seguía en el garaje.

A la una veinte, salió con Arturo en el asiento del acompañante.

—Entre la llamada y el coche hay setenta y tres minutos —dijo Robles—. No son pánico continuo. Son decisiones.

Ferrer colocó una tarjeta vacía en medio.

—Aquí está el cambio.

—¿Cuál?

—El momento en que dejó de intentar controlar a su padre y empezó a controlar su muerte.

Toqué la tarjeta. No había código, firma ni nombre.

—Pons puede saberlo.

—Pons solo sabe cuándo decidió no volver —respondió Robles.

—Nuria lo sabe.

Ferrer recogió el acuerdo y la denuncia.

—Y declarará mañana. Voluntariamente, con su abogado y sin ti detrás del cristal.

La mandíbula se me endureció.

—Puedo escuchar después.

—Escucharás lo que autorice el juzgado.

Guardó los documentos. Esta vez no discutí.

Un agente apareció en la puerta con el teléfono de Ferrer. No traía carpetas.

—La forense.

Ferrer activó el altavoz.

La voz de la médica sonó cansada.

—Ya tengo la causa final. El sedante no lo mató.

—Eso lo sabíamos —dijo Ferrer.

—No sabíais qué ocurrió después.

Robles dejó las tarjetas.

—Dígalo.

—Arturo aspiró contenido gástrico mientras estaba sujeto por el cinturón. Recuperó reflejos, pero no coordinación suficiente para liberarse.

El borde de la mesa se hundió en mi palma.

—¿Podía salvarse?

La médica tardó un segundo.

—Si el coche se hubiera detenido y alguien lo hubiera colocado de lado, probablemente sí.

Ferrer miró la tarjeta vacía.

—¿Cuánto tiempo tuvo la conductora?

—No puedo dar minutos exactos. Pero no fue inmediato.

Robles acercó la tarjeta de la una veinte.

—Murió durante el trayecto.

—Murió porque el trayecto continuó —corrigió la médica.

Nadie tocó la caja de Topas.

Ferrer apagó el teléfono y escribió una sola palabra en la tarjeta vacía.

SEGUIR.

Después la colocó entre la salida del garaje y la Marina.

—Este es el momento que buscamos.

Robles abrió la puerta.

En el pasillo esperaba el abogado de Nuria. Llevaba una solicitud firmada.

—Mi clienta adelantará la declaración.

Ferrer tomó el documento.

—¿Por qué?

El hombre miró la tarjeta escrita a mano.

—Porque acaba de recordar cuándo su padre empezó a ahogarse.

No moví los pies.

La tarjeta con la palabra SEGUIR quedó entre nosotros, pequeña, blanca y más pesada que todas las carpetas cerradas de Topas.

El abogado bajó la voz.

—Y dónde detuvo el coche mientras todavía respiraba.