Valencia, la noche vacía (Los casos de Julio Barral 6) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

La confesión equivocada

La orden de registrar el trastero de Marcos llegó con su confesión ya firmada.

Ferrer me dejó junto al coche. La autorización seguía retirada y el edificio pertenecía a otra comunidad. Robles entró con Marcos, su abogado y dos agentes.

La persiana metálica subió a tirones. El ruido despertó una luz en el piso superior.

—Desde aquí —dijo Ferrer.

—Ya conozco la frase.

—Entonces conserva la distancia.

Marcos llevaba las manos libres. Había aceptado señalar lo que robó a cambio de que su colaboración constara. No miró hacia mí al cruzar la acera.

Dentro había cajas de herramientas, una bicicleta sin ruedas y un armario gris. Marcos abrió la puerta con una llave que sacó de su zapato.

Robles retrocedió.

—Despacio.

Él levantó la mano vacía.

—Si quisiera correr, no habría traído a mi abogado.

Ferrer ordenó fotografiar la cerradura antes de abrir el armario. Después hizo que Marcos dejara la llave en una bolsa y explicara cada movimiento desde el principio.

—Entré por la oficina de carga —dijo—. La tarjeta de Marta todavía funcionaba.

—¿Se la dio ella? —preguntó Robles.

—La copié meses antes.

El abogado tocó su manga.

—Limítate al objeto.

—El objeto no entró solo.

Marcos señaló una caja de plástico en la balda inferior. Un agente la retiró con guantes y la dejó sobre una mesa plegable.

No había grabadores ni compartimentos. Solo un disco duro, una camiseta y un destornillador corto.

Ferrer levantó el disco.

—¿Esto robó?

—Eso y una carpeta.

—¿Dónde está?

Marcos miró el suelo.

—La quemé.

Robles cerró la libreta.

—Entonces su colaboración acaba de perder valor.

—El disco contiene una copia.

Ferrer decidió no conectarlo allí. Ordenó embalarlo, registrar el trastero completo y trasladar a Marcos para una reconstrucción del recorrido. Yo seguiría fuera.

—No necesito entrar para saber que miente —dije.

Marcos me oyó.

—Tú necesitas que todos mientan de la misma manera.

Ferrer cerró la persiana entre los dos.

El trayecto terminó en la parte trasera de Custodia Levante. Científica había marcado con números el acceso de carga y la puerta interior.

Marcos señaló el lector.

—Entré a las once cuarenta y nueve.

Robles mostró el registro.

—Su tarjeta no aparece.

—Porque usé la copia de Marta.

—Tampoco.

Marcos acercó el rostro al lector sin tocarlo.

—El módulo guardaba doce aperturas. Después sobrescribía la primera.

Ferrer miró al técnico.

—¿Es posible?

—Con ese modelo, sí.

—Entonces no es una prueba —dijo ella—. Continúe.

Marcos atravesó el pasillo acompañado. Yo observé desde el límite de la cinta. La puerta del despacho de Nuria quedaba a la izquierda. El garaje, al fondo.

—Oí una discusión —dijo.

—¿Voces? —preguntó Robles.

—Arturo y Nuria.

—¿Qué decían?

Marcos apretó los dedos.

—Ella quería que firmara. Él se reía.

Ferrer detuvo la reconstrucción.

—¿Vio a Arturo?

—Desde el pasillo. Estaba de pie junto a la mesa.

—¿Bebía?

—Tenía un vaso en la mano.

El aire del garaje olía todavía a detergente. El desagüe permanecía abierto bajo una rejilla levantada.

Marcos avanzó dos pasos.

—Yo no entré. Fui al servidor financiero.

—¿Por qué? —preguntó Robles.

—Porque Arturo guardaba allí las carpetas que utilizaba contra nosotros.

—Y quería destruir la suya.

—Quería saber cuánto había añadido.

Ferrer decidió separar la reconstrucción del robo de la escena del homicidio. Dos agentes acompañaron a Marcos por la ruta; otro quedó junto al garaje para impedir que cruzara.

El servidor financiero estaba vacío. Solo permanecían las marcas de los equipos retirados.

Marcos señaló una toma de red.

—Conecté mi portátil aquí.

—¿Cuánto tardó? —preguntó Ferrer.

—Cuatro minutos.

—El sistema registra once.

—Busqué mi carpeta y vi otras.

Robles abrió el informe técnico.

—Se conectó a las doce y nueve. Salió a las doce y veinte.

La hora golpeó bajo mi costilla.

Nuria había llamado a Pons a las doce y siete. Dos minutos después, Marcos estaba copiando archivos mientras Arturo seguía respirando.

—¿Oyó la caída? —pregunté desde la puerta.

Ferrer giró.

—No intervienes.

Marcos respondió antes.

—Oí un golpe. Después otro más pequeño.

—¿El vaso?

—No lo vi.

Robles acercó una fotografía del fragmento.

—¿Volvió al garaje?

—Me asomé.

—¿Qué encontró?

Marcos tragó saliva.

—Arturo estaba en el suelo. Nuria intentaba sentarlo contra la pared.

—¿Respiraba?

—Movía una mano.

El bolígrafo de Robles se detuvo.

—¿Pidió ayuda?

—Me vio y me dijo que me fuera.

—¿Y usted obedeció?

Marcos tocó el borde de la mesa.

—Yo tenía sus archivos en el portátil. Si llamaba a la Policía, me detenían allí.

Ferrer no elevó la voz.

—Así que dejó a un hombre en el suelo.

—Su hija estaba con él.

—Eso no responde.

Marcos apartó la mirada.

—Sí.

Ferrer ordenó incorporar la omisión a su declaración y avisar al juzgado de que el robo coincidió con los minutos en que Arturo aún estaba consciente.

Después abrió la caja del disco solo para leer la etiqueta exterior.

—¿Qué copió exactamente?

—Mi expediente. El de Marta. El de Pons. Y una carpeta sin nombre.

—¿Topas?

—No.

—¿La grabación de David?

Marcos negó.

—Contabilidad.

Robles apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Entonces, ¿por qué confesó ahora?

—Porque cuando vi las noticias entendí qué carpeta me llevé.

El técnico conectó el disco en una sala aislada. Ferrer me obligó a esperar al otro lado del cristal, sin sonido.

En la pantalla aparecieron directorios con nombres de empleados y fechas. El técnico abrió el archivo de Marcos. Dentro estaban la amenaza, la herramienta retirada y la falsa salida del sedante.

Todo se había preparado antes del asesinato.

Ferrer señaló otro directorio.

NURIA BENAVENT.

El técnico lo abrió. Deudas, sociedades, certificados y la confesión que Arturo quería que firmara llenaron la pantalla.

La última modificación era anterior a la reunión.

Robles salió de la sala.

—Marcos dice la verdad sobre la copia.

—Eso no lo limpia.

—No. Pero nos da su hora de salida.

Una cámara de reparto situada frente al acceso de carga había conservado imágenes durante treinta días. El sistema del comercio vecino grabó a Marcos saliendo a las doce veintidós, con el portátil bajo la chaqueta.

Después lo captó entrando en un autobús.

Ferrer pidió la tarjeta de transporte. El registro confirmó que viajó hasta Benimaclet y no regresó.

A la una y dieciséis, el coche de Arturo seguía dentro de Custodia Levante.

Marcos ya estaba a ocho kilómetros.

—No condujo el vehículo —dije.

—No pudo hacerlo —respondió Robles.

Ferrer volvió con el abogado.

—Su cliente queda fuera del homicidio por ahora. No del robo, la falsificación de acceso ni la omisión de auxilio.

Marcos soltó el aire.

—Dije que no lo maté.

—También dijo que nunca entró.

El abogado apoyó una mano en su espalda.

—No responderá más.

Marcos se apartó.

—Falta la carpeta sin nombre.

Ferrer giró hacia el monitor.

El técnico abrió el último directorio. No contenía cámaras de Topas ni nombres policiales.

Había facturas de hoteles, billetes a Lisboa, cuentas en Panamá y un borrador de denuncia contra Nuria fechado para la mañana posterior al vuelo.

Arturo pensaba presentar la denuncia después de abandonar España.

Robles pasó las páginas en silencio.

—No murió por la grabación —dijo.

Marcos señaló el último archivo.

—Abre ese.

El documento llevaba la fecha del asesinato. Arturo había calculado cuánto dinero necesitaba transferir antes de marcharse.

Debajo figuraba una condición escrita por él.

Si Nuria se niega a firmar, entregar a la Policía el expediente de Marcos.

Ferrer cerró el archivo.

—Preparó dos culpables.

—No —dije.

La pantalla reflejó mi cara sobre los nombres.

—Arturo preparó dos culpables. Y Nuria convirtió al segundo en asesino.

El técnico avisó desde el teclado.

—Hay un historial de impresión.

A las once treinta y ocho, Arturo imprimió dos copias del borrador de denuncia.

Una apareció en la carpeta roja.

La otra no estaba en la empresa.

Robles buscó la lista de objetos recogidos del coche.

No figuraba ningún documento.

Ferrer tomó las llaves.

—Registramos de nuevo el domicilio de Nuria.

El técnico levantó una mano.

—Espere.

Había una nota añadida al historial después de imprimir. No pertenecía a Arturo.

El teclado dejó de sonar. Ferrer pidió conservar la sesión, identificar la hora y bloquear cualquier acceso remoto. Robles acercó el rostro a la pantalla. La nota se había guardado a las tres y cuarenta y uno. Para entonces, el coche ya estaba fuera de Custodia Levante.

El usuario era el de Nuria.

El texto tenía siete palabras.

MARCOS NO ESTABA CUANDO DEJÓ DE RESPIRAR.