Valencia, la noche vacía (Los casos de Julio Barral 6) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

El vaso lavado

El vaso no podía haber matado a Arturo.

Robles dejó el informe sobre la mesa de la cafetería sin permitirme acercarlo. La hoja llevaba un sello rojo y una fotografía del borde astillado.

—La dosis lo habría dejado torpe, somnoliento y desorientado —dijo—. No muerto.

Ferrer removió un café que no bebía. Había elegido una mesa junto a la salida porque mi autorización seguía retirada.

—¿Cuánto tardó en actuar?

—Entre quince y veinte minutos.

Toqué la fotografía con una uña.

—Suficiente para que firmara primero.

Ferrer apartó el papel.

—Y para que ella decidiera qué hacer después.

El laboratorio había encontrado el mismo sedante en tres lugares: la sangre de Arturo, el fragmento de cristal recuperado bajo el elevador y un vaso lavado en el despacho de Nuria.

El borde del vaso tenía una muesca.

El fragmento encajaba.

—Lo llevó al garaje y después lo devolvió —dije.

—O alguien lo hizo por ella —respondió Robles.

Ferrer abrió otra fotografía. La base conservaba una huella de Arturo. En el exterior había marcas de limpieza, pero el sedante seguía atrapado dentro de la grieta.

—No fue un vaso abandonado —dijo—. Alguien recogió lo que quedó, lo lavó y lo colocó otra vez en su despacho.

—Cuando Arturo aún respiraba.

Robles señaló la hora de la llamada a Pons.

—Nuria dijo que se había caído. Pons afirmó que respiraba. La concentración en sangre coincide con que siguiera consciente durante varios minutos.

Ferrer tomó una decisión. Ordenó separar el posible homicidio de la administración inicial del sedante. Hasta saber cómo murió, nadie escribiría que la bebida fue una dosis mortal.

—No voy a regalarle una intención que todavía no puedo probar —dijo.

El borde de la mesa presionó mi cicatriz.

—Tampoco le regales una caída.

—No la estoy regalando.

—Pons oyó que respiraba y no llamó.

—Eso ya está en su declaración.

—Entonces alguien eligió esperar.

Ferrer dejó la cucharilla dentro de la taza.

—Y voy a demostrar quién.

Una técnica apareció en la puerta con una bolsa de documentos. No entró. Le entregó a Robles una copia del inventario del botiquín de Custodia Levante.

El sedante procedía de una caja retirada seis semanas antes.

La salida figuraba a nombre de Marcos Esteve.

—Ya estaba despedido —dije.

Robles giró la página.

—Desde hacía cuatro meses.

La firma de Marcos aparecía al pie. Era idéntica a la de su finiquito, incluso en una mancha donde el bolígrafo había fallado.

No habían imitado su firma.

La habían copiado.

Ferrer llamó a delitos informáticos y pidió la fecha real de creación del asiento. Después guardó el teléfono.

—Si se hizo antes del crimen, Arturo preparaba a Marcos.

—Y si se hizo después —dije—, Nuria continuó el trabajo.

La técnica volvió con la respuesta antes de que el café dejara de humear.

El registro se creó a las doce y dieciocho de la noche.

Después de que Nuria llamara a Pons.

Arturo todavía estaba vivo.

Robles puso ambas horas juntas.

—A las doce y siete pide ayuda sin pedirla. A las doce y dieciocho carga el sedante a nombre de Marcos.

—Once minutos —dije.

Ferrer cerró la carpeta.

—Once minutos para pasar de intentar obligar a su padre a preparar un culpable.

Robles extendió un plano del cuarto y señaló la mesa de acero.

—Pons desconecta la cámara. Arturo bebe. Firma el acuerdo. El sedante empieza a actuar y cae contra la mesa. El vaso golpea el suelo.

—Nuria recoge la parte grande —dije—. Deja el fragmento bajo el elevador y llama a Pons.

Ferrer pasó el dedo sobre la ruta hacia la puerta interior.

—Después entra en su despacho, lava el vaso y utiliza su ordenador.

—Mientras su padre sigue en el suelo.

—O mientras intenta levantarlo.

—Ya estaba preparando a Marcos.

Ferrer dobló el plano.

—Por eso no necesito que conviertas cada minuto en una confesión. Necesito residuos en el desagüe y una hora que no dependa de Pons.

Pidió registrar el sifón del lavabo del despacho antes de que volvieran a utilizar el agua.

Salí de la cafetería antes de que me lo ordenara. El pasillo olía a suelo recién fregado. Me detuve junto a una ventana cerrada y marqué el número de casa.

Martina contestó antes que Clara.

—¿Vienes hoy?

La voz me obligó a apoyar la frente contra el cristal.

—No.

—Mamá dice que pronto.

—Mamá intenta que no tires mis libros.

—No los tiro. Los muevo.

Oí una caja arrastrarse.

—Volveré cuando termine aquí.

—¿Cuándo termina?

Miré a Ferrer al otro lado de la puerta. Discutía con un técnico y señalaba el inventario.

—Todavía no lo sé.

Martina guardó silencio. Después golpeó algo dos veces.

—Entonces no digas pronto.

—No lo diré.

Clara tomó el teléfono.

—Eso ha sido nuevo.

—No lo conviertas en una ceremonia.

—No pensaba felicitarte.

Robles abrió la puerta y levantó una mano.

—Tengo que dejarlo —dije.

—Lo sabemos —respondió Clara—. Esta vez también sabremos por qué.

Colgué.

Robles me entregó mi chaqueta, no la carpeta.

—Ferrer quiere comprobar el registro original en la empresa. Tú vuelves al alojamiento.

—Puedo esperar fuera.

—Eso es exactamente lo que harás.

El aparcamiento de Custodia Levante estaba vacío. Me quedé junto al coche policial mientras Ferrer y Robles entraban con delitos informáticos.

La persiana de la planta financiera subió veinte minutos después. Un técnico salió con una torre de ordenador y la colocó en el maletero.

Ferrer se acercó sin quitarse los guantes.

—El asiento se creó desde el usuario de Nuria.

—Eso ya lo sabíamos.

—No. Sabíamos que conocía las claves. Ahora sabemos que inició sesión después de llamar a Pons.

Robles salió detrás con una hoja impresa.

Robles señaló la bolsa que llevaba el técnico.

—También han desmontado el sifón.

Dentro quedaban pulpa de limón, cristales microscópicos y restos del sedante. El agua había arrastrado casi todo, pero no el borde de goma.

—Lavó el vaso allí —dije.

Ferrer guardó la bolsa en el maletero.

—Y lo hizo antes de sacar el coche. Ya no limpiaba una discusión. Estaba borrando la bebida y escribiendo el nombre de Marcos. Al mismo tiempo.

—Y cambió dos cosas más.

La primera era la retirada de una llave electrónica a nombre de Marcos.

La segunda, una orden para destruir bolsas y cinta del almacén por contaminación química.

Ambas se registraron antes de que el coche de Arturo abandonara el garaje.

—Todavía no había cadáver en la Marina —dije.

—Ni pruebas en el coche de Marcos —respondió Ferrer.

El papel vibró entre los dedos de Robles.

—Pero ya había una lista de objetos que podían aparecer allí.

Ferrer ordenó detener cualquier registro pendiente sobre Marcos y revisar de nuevo todas las pruebas que lo señalaban. También pidió localizar a Marta Vidal, la empleada que había comprado la cinta.

—Sin acusaciones —dijo—. Quiero saber quién recibió la orden.

Un golpe sonó dentro del maletero cuando el técnico acomodó la torre. La vibración recorrió el coche.

Miré la puerta del garaje.

—Nuria no sabía todavía que Arturo iba a morir.

—Sabía que podía quedar inconsciente —dijo Robles.

—Y preparó a Marcos antes de moverlo.

Ferrer se quitó un guante.

—Eso demuestra una puesta en escena. No demuestra cuándo dejó de intentar salvar a su padre.

—¿Salvarlo?

—La dosis no era mortal. Pudo creer que despertaría.

—Hasta que dejó de respirar.

Robles dobló la hoja.

—El médico ha revisado las lesiones del cinturón. Arturo se movió durante el trayecto.

El aire quedó detenido detrás de mis dientes.

—¿Cómo lo sabe?

—La marca cruza el pecho dos veces. Una se produjo al abrocharlo. La otra, cuando intentó incorporarse con el coche en marcha.

Ferrer abrió una fotografía del cadáver. Bajo la clavícula aparecía una línea roja, interrumpida y más reciente que la primera.

—Recuperó parcialmente la conciencia —dijo—. No podía mantenerse erguido, pero reaccionó.

—Nuria lo vio.

—La conductora lo vio.

—Era ella.

Ferrer guardó la imagen.

—Todavía necesito colocarla al volante.

Un coche dobló la esquina y frenó junto a nosotros. El abogado de Marcos bajó antes de que el motor se apagara.

Llevaba una grabadora en una mano.

—Mi cliente quiere ampliar su declaración.

Ferrer no se movió.

—¿Sobre qué?

El abogado miró la puerta del garaje.

—Sobre la noche de Arturo Benavent.

Robles abrió la carpeta.

—Marcos negó haber estado aquí.

—Ya no.

El hombre levantó la grabadora.

—Acaba de confesar que entró en Custodia Levante mientras Arturo seguía vivo.