CAPÍTULO 28
La firma de la hija
Las cuentas de Nuria estaban bloqueadas cuando volvimos a Custodia Levante.
Delitos económicos ocupaba la planta financiera. Habían retirado los teléfonos de las mesas y marcado cada ordenador con una cinta numerada. Detrás del cristal, dos empleados esperaban sin hablar.
Ferrer me dejó junto a la recepción.
—La autorización sigue retirada.
—No he preguntado.
—Tu cara sí.
Robles cruzó la puerta con una carpeta bajo el brazo. Antes de que se cerrara, dejó en el mostrador una relación del Registro Mercantil.
—Esto es público. Lo demás, desde fuera.
La primera sociedad se llamaba Levante Patrimonial. Nuria figuraba como administradora única. Debía cuatrocientos mil euros a una empresa de Arturo.
La segunda alquilaba equipos que no poseía.
La tercera había recibido pagos de tres prisiones.
En todas aparecía la firma de Nuria.
Un técnico financiero salió del despacho de Arturo con una caja. La dejó en el suelo y levantó una hoja.
—Hay seis sociedades. Las deudas terminan en ella. Los cobros salen hacia él.
Ferrer señaló la oficina acristalada.
—Reconstruid el orden. No quiero una cifra final. Quiero saber cuándo decidió dejarla sola.
El técnico volvió dentro.
Tomé la copia por los bordes. Las primeras firmas eran antiguas. Regulares. Las últimas se inclinaban hacia la derecha y terminaban con un trazo corto.
—No son todas iguales.
Robles acercó una regla transparente.
—Tres se hicieron con certificado digital.
—Arturo conocía sus claves.
—Y ella renovó dos certificados.
La impresora del fondo expulsó varias páginas. Ferrer las recogió antes de que tocaran la bandeja.
Eran reservas de vuelos.
Arturo había comprado un billete a Lisboa para la mañana posterior a su muerte. Desde allí enlazaba con Panamá. Solo ida.
Nuria no figuraba en la reserva.
Ferrer ordenó intervenir el pasaporte de Arturo, comprobar cuentas extranjeras y avisar al juzgado. Después colocó el itinerario sobre la mesa de reuniones.
—No preparaba una defensa. Preparaba una salida.
Robles abrió otra carpeta. Dentro había una renuncia de Arturo como administrador, fechada tres días después del vuelo. Su participación pasaba a una sociedad de Nuria.
—Le dejaba la empresa cuando ya estuviera fuera —dijo.
—Le dejaba las deudas —corregí.
Ferrer me miró desde el otro lado del cristal.
—Eso no la convierte en inocente.
—Tampoco la firma convierte todo en suyo.
Una agente encontró un sobre pegado bajo un cajón. No estaba oculto detrás de mecanismos. Solo sujeto con cinta.
Dentro había una copia del documento que Arturo quería que Nuria firmara en el garaje.
Reconocía operaciones irregulares, autorizaba transferencias y asumía la gestión efectiva de Custodia Levante durante los últimos cinco años.
La firma faltaba.
Robles colocó al lado el fotograma. Arturo tendía el bolígrafo. Nuria lo dejaba caer.
El papel no era una corrección contable.
Era una confesión preparada.
Ferrer decidió solicitar una nueva declaración de Nuria, pero no llevarle todavía el documento. Primero quería saber qué creía ella que habían encontrado.
—Nada de mostrarle el vuelo —ordenó—. Nada de la renuncia. Que elija su mentira sin nuestra ayuda.
El abogado de Nuria llegó antes que el coche policial. Atravesó la recepción y dejó una tarjeta sobre el mostrador.
—Mi representada no declarará mientras Barral siga en el edificio.
Ferrer empujó la tarjeta hacia él.
—Barral no participa.
—Está leyendo documentación intervenida.
Robles levantó la relación.
—Es información pública.
—Su responsabilidad no corrige la condena de ese hombre.
El hombro se tensó bajo la camisa.
Ferrer abrió la puerta de salida.
—Puede esperar fuera o acompañar a su cliente. No va a dirigir mi planta.
El abogado recogió la tarjeta.
—Cuando esto termine, alguien explicará por qué un condenado ha tenido acceso a una investigación.
—Cuando termine, empiece por quien le dio acceso a su despacho —respondió Ferrer.
El hombre no contestó.
Nuria llegó sin bolso. Llevaba la misma pulsera ancha, pero el cierre estaba cubierto por una tira de plástico de evidencias. Caminó entre dos agentes sin mirar las oficinas.
Se detuvo al ver las mesas vacías.
—Han cerrado la empresa.
—La empresa llevaba tiempo cerrándose sobre otros —dijo Robles.
Ferrer no la condujo a una sala. La llevó hasta su despacho y abrió la puerta.
Los archivadores estaban vacíos. Sobre la mesa solo quedaban tres carpetas, colocadas por colores.
Nuria tocó el respaldo de la silla.
—Mi abogado ha dicho que no declare.
—No le he hecho ninguna pregunta —respondió Ferrer.
Robles dejó un folio en blanco.
—Escriba las sociedades que controla.
El abogado entró detrás.
—No escriba nada.
Nuria miró la hoja.
—Seis.
Ferrer no movió un músculo.
—Su abogado acaba de aconsejarle que calle.
—No necesito hablar para saber cuántas son.
—Entonces escriba los nombres.
El hombre puso una mano sobre el papel.
—Se acabó.
Nuria apartó su mano.
Escribió cinco nombres. En el sexto dejó una línea vacía.
Robles dobló la hoja por la mitad.
—Falta Levante Patrimonial.
La punta del bolígrafo se hundió en la mesa.
—Esa era de mi padre.
—Usted figura como administradora.
—Porque me obligó.
Ferrer sacó la renuncia de Arturo y la dejó boca abajo.
—¿Cuándo descubrió que pensaba marcharse?
Nuria miró el reverso sin tocarlo.
—No pensaba marcharse.
—No le he dicho qué pensaba.
El abogado cerró los ojos un instante.
Robles se apoyó en el archivador.
—Fue al despacho donde guardaban la caja de Orduña. Autorizó que la mujer de la fotografía pudiera retirarla después de su reunión con Arturo.
—Quería una garantía.
—¿Contra quién?
Nuria apretó el bolígrafo.
—Contra mi padre.
La palabra salió sin volumen.
Ferrer tomó una decisión. Giró la renuncia.
Nuria leyó la fecha. Después vio el vuelo a Lisboa y la cesión de las participaciones. El bolígrafo se partió entre sus dedos.
La tinta azul le manchó la palma.
—No iba a volver —dijo.
—Eso parece —respondió Ferrer.
—Me dijo que el viaje duraba dos días.
—Y le dejó cinco años de delitos.
Nuria se limpió con un pañuelo del abogado. La tinta se extendió entre las líneas de la mano.
—Yo no sabía todo.
—Sabía lo suficiente para buscar la grabación.
—La grabación no era para la Policía.
—¿Para quién?
Nuria miró hacia el cristal. Yo permanecía al otro lado del pasillo, lejos de la puerta.
—Para Arturo.
Robles tocó la carpeta roja.
—Quería obligarlo a firmar.
—Quería que deshiciera las transferencias.
—¿Con una grabación de la noche de David?
—Con lo único que le daba miedo perder.
Ferrer colocó delante el documento sin firma.
—Él también llevaba algo para usted.
Nuria leyó la primera línea. Su cuerpo retrocedió antes que la silla.
—No.
—La esperaba con su confesión preparada.
—Eso no estaba en la carpeta.
—Pons lo vio.
—Pons salió antes.
Robles no la corrigió.
Nuria comprendió lo que acababa de admitir. El abogado le quitó el papel, pero ya era tarde.
—Usted vio la carpeta después de que Pons se marchara —dijo Ferrer.
—Mi padre la abrió.
—Y siguió respirando cuando llamó a Pons.
La tinta cayó del pañuelo sobre el suelo.
Nuria miró la mancha.
—Estaba vivo.
—¿Cuando abandonó el garaje?
—Yo no lo abandoné.
El abogado se volvió hacia ella.
—No responda.
Ferrer apartó el documento.
—Entonces explique por qué preparó la retirada de la caja dos días antes.
Nuria levantó la mano manchada.
—Porque sabía que Arturo intentaría quitármela después de firmar.
—¿Qué debía firmar él?
—Una declaración.
—¿Cuál?
Nuria señaló la carpeta azul. La única que Ferrer no había abierto.
Robles retiró la goma.
Dentro había un acuerdo de reconocimiento de deuda. Arturo asumía las operaciones cargadas a las sociedades de Nuria y ordenaba transferirle el control de los archivos.
Al final figuraban dos espacios.
Firma de Arturo Benavent.
Firma de Nuria Benavent.
El primero estaba cubierto de tinta negra.
El segundo seguía vacío.
Ferrer acercó la hoja a la luz.
—Arturo firmó.
Nuria cerró los dedos.
—Antes de caer.
—Entonces consiguió lo que quería.
—No.
Robles giró la última página.
Debajo de la firma, Arturo había añadido una frase a mano.
La grabación entregada no es la original.
Nuria se levantó y la silla chocó contra el cristal.
—Eso no estaba ahí.
Ferrer bloqueó la puerta.
—Siéntese.
—Él cambió el acuerdo.
—¿Después de firmarlo?
Nuria golpeó la mesa con la palma azul.
—Después de beber.
El silencio duró menos de un segundo.
Robles cerró la carpeta.
—¿Qué bebió, Nuria?
El abogado agarró a su cliente por el brazo.
Ella no lo miró.
La tinta le corría hacia la muñeca.
—Agua con limón.