CAPÍTULO 27
La copia abierta
La puerta de servicio de la residencia seguía precintada cuando regresamos.
Una auxiliar esperaba junto al montacargas. Tenía el uniforme arrugado y una llave magnética entre los dedos. Ferrer le pidió que repitiera el recorrido sin adelantar nada.
Orduña avanzaba detrás, escoltado. Ya no llevaba chaqueta. Tampoco aquella seguridad de la habitación.
Yo seguía sin autorización temporal.
—Desde aquí observas —dijo Ferrer.
La auxiliar acercó la tarjeta al lector. La puerta se abrió hacia un patio estrecho. Un contenedor ocultaba la entrada desde la calle.
—Anoche bajé ropa sucia —explicó—. Cuando volví, el señor Orduña estaba aquí.
—¿Solo? —preguntó Robles.
La mujer miró al anciano.
—Con una señora.
Orduña apoyó la mano en el montacargas.
—Yo la dejé entrar.
Ferrer no necesitó preguntarle cómo había evitado el registro. La tarjeta de Orduña abría el ascensor interno y la puerta de servicio. Ningún sistema había sido burlado.
Él había abierto.
Robles pidió las imágenes del patio. La cámara exterior mostraba un coche detenido junto al contenedor. La mujer bajaba con el abanico dentro del bolso. No ocultaba el rostro.
Miró al objetivo antes de entrar.
—Dijiste que no aparecía —le recordé.
Orduña tocó el botón del ascensor.
—Dije que no aparecería donde estabais buscando.
Ferrer ordenó copiar la grabación, intervenir la tarjeta y comprobar quién había llamado al coche. Después le quitó a Orduña la mano del panel.
—Ahora sube cuando yo lo diga.
El vehículo había sido contratado por teléfono desde la residencia. La recepcionista reconoció la voz de Orduña en la grabación de la reserva.
No había una mujer invisible.
Había un hombre ayudándola.
La grabación mostraba también que la mujer no conocía el edificio.
Se detuvo ante dos puertas, consultó una nota y esperó a que Orduña bajara.
Él abrió desde dentro y le indicó el ascensor.
Nada en sus movimientos parecía preparado durante años.
Había llegado con una dirección, una fotografía y la seguridad de que alguien colaboraría.
Cuando salió, llevaba una carpeta rígida bajo el brazo.
El abanico permanecía guardado. Esta vez no necesitaba que la reconocieran todavía.
Subimos a la habitación. La maleta seguía abierta sobre la cama. Robles retiró el forro interior. No encontró dobles fondos ni documentos.
Orduña señaló una costura descosida.
—Ahí guardaba la dirección.
—¿De quién? —preguntó Ferrer.
—Del abogado que conservaba la caja.
Robles le entregó papel y bolígrafo.
—Escríbala.
Orduña no obedeció.
—La caja ya no está.
—La dirección sí.
—No servirá.
Ferrer cerró la maleta y ordenó trasladarlo a comisaría por la falsificación de su muerte y la ocultación de pruebas. La auxiliar retrocedió hacia la puerta.
Orduña cogió el bolígrafo.
—No maté al hombre que enterraron con mi nombre.
Robles no apartó la hoja.
—Entonces podrá explicar quién lo hizo.
La punta quedó suspendida.
—Murió en un incendio. Trabajaba sin contrato en una nave que yo investigaba. Nadie reclamó el cuerpo.
—Y usted lo reclamó como suyo —dije.
—Otros lo hicieron.
—Usted siguió vivo gracias a eso.
Orduña escribió una dirección del centro de Valencia. Debajo añadió un nombre y un piso.
El abogado custodio había trabajado en los juzgados antes de retirarse. Conservaba documentos ajenos a cambio de no conocer su contenido.
Ferrer decidió ir sin Orduña. Él golpeó la mesa con el bolígrafo.
—La caja se abre con mi presencia.
—Ya se abrió sin ella —respondió Robles.
El despacho ocupaba una primera planta sin placa. La persiana estaba a medio bajar. Dentro, una mujer mayor ordenaba expedientes en cajas de cartón.
No preguntó quiénes éramos.
—Llegan tarde.
Ferrer mostró la orden.
—¿Quién retiró el depósito de Julián Orduña?
La mujer dejó una carpeta sobre el mostrador.
—Una representante autorizada.
—Nombre.
—No dio ninguno.
—Entonces no estaba autorizada.
La mujer abrió la carpeta. Dentro había una fotografía de la mujer del abanico y una carta firmada por Orduña.
—La autorización la identificaba con esta imagen.
Robles tomó la hoja por los bordes.
—¿Cuándo recibió esto?
—Anteayer.
Dos días antes de la muerte de Arturo.
La carta no había salido de la residencia. Llevaba membrete de Custodia Levante y un número de registro interno.
Ferrer llamó a delitos económicos y pidió conservar el despacho completo. Después señaló la firma.
—Orduña no redactó esto.
—La firma es suya —dijo la mujer.
—La firma no es el texto.
Yo permanecí junto a la entrada. El olor a papel húmedo se pegaba a la garganta.
Robles abrió el libro de depósitos. La caja había llegado seis meses después de Topas, no aquella misma noche. Arturo la entregó en persona.
Pons había dicho la verdad a medias.
El envío se preparó años después, cuando Arturo ya sabía qué contenía la grabación.
—¿La abrió aquí? —preguntó Ferrer.
La mujer negó.
—Llegó sin precinto. El señor Benavent pidió verla antes de dejarla.
—¿Venía con Pons?
—Solo.
—¿Y Orduña?
—Firmó la recepción una semana después.
Robles marcó ambas fechas. Entre ellas había siete días en los que Arturo conservó la copia y pudo reproducirla ante Pons.
La cámara clandestina no enviaba nada en directo a Custodia Levante. La empresa solo había servido, años después, para leer y duplicar el archivo.
Dos cámaras.
La oficial se apagó.
La otra grabó.
Ferrer abrió el registro de retirada.
—¿Qué se llevó la mujer?
—Una caja metálica y un sobre.
—¿Comprobó el contenido?
—No.
—¿Por qué?
La mujer señaló la autorización.
—Porque Orduña seguía vivo.
Robles la miró.
—Eso no responde.
—Era la condición del depósito. Solo él o la persona de la fotografía podían retirarlo.
Ferrer pidió la hoja original. Al levantarla apareció otra debajo.
Era una copia del primer contrato de custodia. En el margen, Arturo había anotado tres nombres.
Sergio Lanza.
David Mena.
Julio Barral.
Ninguno figuraba como propietario.
—¿Qué quería la mujer? —pregunté.
La encargada cerró el libro.
—No habló de ustedes.
—¿De qué habló?
—Preguntó si Benavent había venido solo la última vez.
Robles abrió la fotografía del hotel.
—¿La reconoció?
—Sí.
—¿Y no llamó a la Policía?
La mujer tocó la firma de Orduña.
—He pasado treinta años viendo documentos verdaderos utilizados para mentir. Dejé de llamar cuando solo tenía papeles.
Ferrer decidió llevarla a declarar y precintar el despacho. Antes de salir, Robles encontró una hoja doblada dentro de la funda de la autorización.
No era otra copia.
Era una nota de entrega.
Arturo había descrito el origen de la grabación en cuatro líneas. Una mujer contrató a un electricista durante unas obras. El trabajo se presentó como reparación del cableado. David había pedido registrar su encuentro con Sergio por miedo a que negara la conversación.
Julio no aparecía en el plan.
Mi nombre estaba añadido después, con tinta distinta.
—David sabía que iban a reunirse —dijo Robles.
—Con Sergio.
—Y te llamó a ti sin avisar a los demás.
El papel raspó mis dedos cuando lo sostuvo frente a mí.
—¿Cómo descubrió Arturo la grabación? —preguntó Ferrer.
La encargada señaló el último párrafo.
Años después, una auditoría interna encontró el pago irregular al electricista. Arturo localizó a Orduña. Orduña reconoció que existía una cinta y negoció su entrega a cambio de desaparecer de los archivos de Custodia Levante.
No había otra instalación.
Solo una copia comprada con silencio.
Robles guardó la nota.
—La mujer conservó el original.
—Y ahora también tiene la copia de Arturo —dije.
Ferrer negó.
—Eso es lo que Orduña quiere que creamos.
La encargada abrió un cajón y sacó el resguardo de retirada. La mujer del abanico había firmado con una línea horizontal.
Debajo constaba quién autorizaba la entrega.
NURIA BENAVENT.
Ferrer acercó el documento a la luz.
—Nuria estaba detenida cuando retiraron la caja.
Robles señaló la fecha de autorización.
Dos días antes del asesinato.
La firma coincidía con la utilizada en las transferencias de Custodia Levante.
—Arturo conocía sus claves y firmaba por ella —dije.
—O Nuria encontró la caja antes de matarlo —respondió Ferrer.
La encargada cerró el cajón.
—No enviaron esa autorización.
Ferrer levantó la vista.
—¿Quién la trajo?
—La señora Benavent.
El papel dejó de moverse entre los dedos de Robles.
—¿Nuria estuvo aquí?
—Vino dos días antes. Enseñó su documento y firmó aquí.
—¿Dijo para qué quería la caja?
La mujer buscó una anotación en el libro.
—Preguntó si podía retirarse después de una reunión, aunque el señor Benavent no volviera a confirmarlo.
Ferrer giró el resguardo.
—¿Qué reunión?
La encargada señaló la carpeta roja.
—La que iba a obligar a su padre a firmar.